Mary Somerville, “la reina de las ciencias del siglo XIX”

Mujer de voluntad férrea y una gran pasión, cualidades que le llevaron a romper con todos los límites impuestos a la mujer de su época, formándose a sí misma a su propio gusto.

Matemática, astrónoma y científica escocesa autodidacta, mentora y tutora de Ada Loveplace, considerada como la primera programadora de ordenadores.

Cuando uno descubre su verdadera pasión, el propósito de su vida, nada ni nadie ya es capaz de desviarle de su camino. Eso fue lo que le pasó a Mary Fairfax Greig Somerville, hija del oficial naval William George Fairfax y de Margaret Chanters que nació en Escocia en 1870.

Sus padres apostaron por dar una buena educación a sus hijos varones, mientras a las hijas apenas les dieron la posibilidad de aprender a leer. Como era costumbre en la época, la educación femenina se basó en recibir clases de costura, piano o pintura, suficientes para hacer de ellas buenas esposas y madres que era a lo que la mujer venía destinada a hacer. Entre sus actividades la joven Mary recibía clases de pintura y fue precisamente en una de ellas en la que la chica dejó aflorar su pasión por las matemáticas. El salto del arte a las ciencias vino dado por una explicación que su profesor le dio con respecto a un problema de perspectiva mediante los elementos de Euclides. Su posible interés por la pintura quedó sepultado tras lo interesante del universo científico para la chica.

Pese a la negativa de sus padres a que estudiara, la chica contó con el apoyo de uno de sus tíos que la animó a estudiar latín y por lo que acudió también durante un año a un colegio. Mary estudia con la condición impuesta por sus padres de que no descuidara sus obligaciones sociales, lo cual derivaba en la necesidad de encontrar un buen marido. Inmersa pues en sus estudios, devora con verdadero interés los libros de algebra que el tutor de su hermano le facilitaba.

A los veinticuatro años Mary se casa con Samuel Greig, con quien tiene dos hijos y de quien enviuda a los tres años de matrimonio. Abandona Londres para regresar a Escocia donde conoce al matemático William Wlllace, con quien colaboró en la resolución de algunos problemas y por lo que fue galardonada con una medalla de platacomo mención conmemorativa.

En 1812 se casa en segundas nupcias con William Somerville, un inspector de hospitales que supo comprender y apoyar el interés de su mujer por las ciencias. El matrimonio estableció su residencia en Edimburgo, ciudad donde entraría en contacto con científicos de la universidad y lo que haría que su interés por nuevas disciplinadas despertase, tales como el griego, la botánica o la geología. El fallecimiento de dos de sus hijos fue un duro revés para Mary, quien se traslada de nuevo con su familia a Londres en 1816 tras ser nombrado s marido inspector de la Junta Médica del Ejército. En la capital londinense su marido ingresa como miembro en la Royal Society (sociedad científica más antigua del Reino Unido y una de las más antiguas de Europa) , donde la pareja se codea con los más destacados científicos europeos, como Jean Baptiste Biot, François Arago, Pierre-Simon Laplace, Siméon Denis Poisson, Louis Poinsot o Émile Mathieu.

En 1869 fue galardonada con la Medalla de Oro de la Royal Geographical Society (conocida como «Medalla Victoria»)

En sus aportaciones al mundo de la ciencia cabe destacar la traducción que Mary hizo del francés al inglés en La Mecánica Celeste, en 1872. En esta obra da una completa explicación de las bases de las matemáticas utilizadas por Laplace, convirtiéndose en todo un éxito. Con su libro «The connection of the physical sciences” señaló el camino que llevaría al descubrimiento de Neptunopor el astrónomo John Couch Adams mediante el análisis que ella hizo sobre las perturbaciones de la órbita de Urano. Editó su “Physical geography», tratado que permaneció vigente hasta el siglo XX y fue mentora, además de tutora, de Ada Lovelace (considerada la primera programadora de ordenadores)


Billete de 10 pounds con la imagen de la científica

Mary Somerville supo abrirse un hueco en el mundo de la ciencia y quedar inmortalizada en cada una de sus obras. Fue condecorada como miembro destacado de varias instituciones y sociedades. Su rostro quedó grabado en medallas conmemorativas, una de oro y otra de plata y, como Meitner, existe un cráter lunar y un asteroide que llevan el apellido de su segundo marido en su honor.

Falleció pasado ya los noventa años de edad, con una memoria prodigiosa para la ciencia aunque según ella decía, nula para recordar acontecimientos diarios. Una voluntad impresionante y una pasión inmensa que le llevó a romper todos los límites educativos impuestos a la mujer de su época, formándose a sí misma a su propio gusto. 

Isamar Cabeza

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