Belén Blesa Aledo
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Lo que puede un cuerpo

Jugando con el cuerpo, Belén Blesa nos invita en cambio a despojarnos tanto de sus registros como de los nuestros, a vagar por las páginas con nuestra propia brújula.

LO QUE PUEDE UN CUERPO
(Sobre Conatus, de Belén Blesa Aledo)
Por Jorge L. Penabade

Hacer la lectura crítica de un libro es un poco como establecer su genealogía. La de este Conatus es muy explícita: Spinoza, Deleuze, Maslow… Tratándose de un libro que se mueve en un registro más poético que filosófico uno pensaría en otros referentes inmediatos, pero uno de los rasgos de la escritura de Belén Blesa es precisamente la superación de los géneros, de las barreras mentales que crean las clasificaciones. En lugar de eso a ella le gusta vagar (palabra predilecta de la autora) por sus fronteras naturales, y en ese sentido, ninguna frontera más natural que la que hay –tan transitable ella, tan lábil– entre filosofía y poesía.

El conatus, decía Spinoza en su Ética, es esa potencia del ser que persevera en su conservación, y es también el impulso que lleva a la autora de este hermoso libro más allá de sí misma, y lo hace a través del cuerpo, que es el vector que «ilumina la trayectoria del deseo, la tensión, la vida y su ausencia». En ese sentido, Belén construye una poética del conatus en la que el conocimiento, como proponía el filósofo neerlandés, se da en función de la vida.

Si un libro fuera sólo eso, su genealogía, probablemente nos expulsaría de su experiencia inmediata al no ser ésta compartida. Jugando con el cuerpo, Belén Blesa nos invita en cambio a despojarnos tanto de sus registros como de los nuestros, a vagar por las páginas con nuestra propia brújula. Y con la suya, que no es sólo esa capacidad para encarnar, sino que comprende también a los objetos, su presencia extraña, inmediata y totémica. Podemos pensar, pues, que para el lector felizmente desnortado, Deleuze, Spinoza o Maslow son una bicicleta, una hilera de escarabajos, un brote de bambú, una mancha de humedad en la pared, un paisaje nocturno con gatos, el tacto de una telaraña… Algo impersonal: la lluvia, un objeto solitario. Y algo anónimamente humano: la aproximación de un desconocido, el olor de un cuerpo extraño…

En su experiencia poética, el cuerpo se mueve en insondables tropismos que siguen a un diente de león; en osadas sinestesias, como esa mano que olisquea la humedad en un cuerpo limpio; en paradojas como la que convierte la música que suena para sí misma en una existencia no percibida. Y el amor, finalmente, que es una forma de alteridad acogedora, y que a menudo aparece velado, en sombras, para crear una curiosidad, un deseo del Otro, un apetito (Spinoza otra vez) consciente como deseo.

Hay una última dimensión del cuerpo en este Conatus que tiene que ver con las fotografías que acompañan los textos. En esas imágenes, tomadas por la propia autora, está la materialidad de lo poético, una textura que casi podemos palpar, un lenguaje surgido de la insignificancia, un repliegue y a la vez una proyección del ser cuyo perseverar, como pretende su autora, le permite devenir infancia del mundo.

Jorge L. Penabade

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