El silencio de la lengua, de lo minúsculo al infinito

En el patio desolado,
la lluvia vuelca su desdén
en el clamor de las alcantarillas
añadiendo oscuridad
a la solidez de la espesura.

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Un poeta es “un laberinto de cristal”, así lo expresa el autor de este poemario, Luis Melero Marcos, el último editado por Editorial Amarante, “El silencio de la lengua”.

Delicada definición para un oficio tan duro, acertada al máximo pues de vericuetos inaccesibles se torna el alma, el espíritu o la esencia misma del que hace de este oficio su prioridad y su filosofía de vida.

Con pocas palabras, escuetas pero concisas, el poeta nos deja ver, nos permite bucear en su pasado más remoto, en su infancia y descubrir qué huella del pasado ha seguido arrastrando y cuál ha sido su evolución. Parece que la sensibilidad es cualidad vetada al género masculino (como la fortaleza a la mujer), al menos así nos lo deja ver el poeta en su prólogo, cuando de niño se llegó a sentir aislado o diferente del resto por elegir la poseía al fútbol, por poner un claro ejemplo.

Lo paradójico de este recuerdo, de este perjuicio que afecta aún hoy a toda la población de una manera o de otra, según al género con el que se le etiquete, es la oscilación o el cambio tan brutal que se establece entre el niño al que le gusta la poesía y se le ve como bicho raro y el poeta ya adulto que hace de su vocación su profesión, llegando a ser admirado y respetado. Y es que, las emociones también están divididas por género y si de sensibilidad hablamos, ésta parece que se les otorgó a nosotras, las féminas, pero solo en el ámbito doméstico, porque en el profesional aún tiene techo de cristal.

Luis Melero nos invita a pasear por sus parajes internos, por sus lugares intransitables, su mirada doliente, sus voces maduras, sus íntimos secretos…

“El silencio de la lengua” es un poemario quebrado por el dolor que la injusticia provoca, desvelado por la duda existencial, intrigado por la incógnita que engloba al vacío más individual, a la desolación del dolor mundano, a la traición y el sinsentido de la vida.

Un poemario cargado de reflexiones, un vacío catártico, una mirada intensa y reservada expresada en un silencio poético bello, constructivo y misterioso.  

Isamar Cabeza

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