Marie Antoinette, el primer icono de la moda

¿Cómo llegó a convertirse una extranjera a la que llamaban despectivamente “la austriaca” en el primer y más famoso icono de la moda?

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Es una realidad que un velo de misterio, frivolidad y animadversión ha envuelto la inmortal figura de la Reina consorte de Francia, Marie Antoinette, a lo largo de la historia universal. Las presuposiciones y los prejuicios que imaginamos al escuchar su nombre son en gran parte resultado de un antiguo legado de odio y rencor. Cuando pensamos en ella las descripciones que brotan en nuestra mente varían entre soberbia, frágil, extravagante, delicada, sensacional, consentida, calavera, dilapidadora, negligente, perezosa… Sin embargo, esta reina no es la misma mujer que aquella muchacha que llegó con tan solo catorce años ante las colosales puertas de Versalles, para actuar como peón de otros planes considerados más importantes y unirse en matrimonio con el futuro rey de Francia, un muchacho que no conocía de nada. Es decir, simbolizando las verdaderas nupcias entre las potencias de Austria y Francia.

En defensa de la joven, recordaré que el papel de una Reina Consorte giraba en torno a la sumisión y el aburrimiento, puesto que la acción y la toma de decisiones eran siempre ejecutadas por los reyes y las reinas legítimos. Por lo que siendo simplemente esposa, la mejor opción que existía para matar el tiempo era pasearse una y otra vez, diseñando los románticos jardines de palacio.

Pero, ¿cómo llegó a convertirse una extranjera a la que llamaban despectivamente “la austriaca” en el primer y más famoso icono de la moda?

Sí algo sabemos respecto a la residencia real, es que Versalles no tenía nada que envidiar a ningún otro palacete sobre la faz de la tierra, pues no existe ninguno que pueda hacerle competencia. Luis XIV alzó su gran obra con el propósito de demostrar al mundo; el arte, las riquezas, la elegancia, la superioridad y la pulcra etiqueta del reino de Francia. Esta última, Marie Antoniette se la saltó. Y ahora que nos encontramos en situación, seremos capaces de comprender y ver lo que vieron los ojos de la adolescente al entrar en las barrocas habitaciones del que iba a ser su nuevo hogar.

La novedad, el gusto, el destacar son elementos que han apasionado a la humanidad de todas las épocas, y en la rocambolesca corte del sol del siglo XVIII, lo original e innovador estaba siendo manifestado a partir de exagerados vestidos, adornos, complementos y joyas. Una tendencia a la cual la monarca se sumó con toda su creatividad y haciendo de ella su sello personal. La moda le concedió la oportunidad de retratarse por sí misma y de decretar cómo quería ser percibida. Le otorgó la estrategia para no pasar desapercibida, para ser el centro de atención en una esfera en la que no tenía voz, brillando de otro modo con su sola presencia.

Su gran invención fue el POUF. Os daré cinco segundos para que penséis queridos lectores, en el ornamento que con mayor exactitud representa a la soberana. Exacto, se trata de ese descomunal peinado compuesto por numerosas pelucas superpuestas, moldeadas, cardadas y estiradas que confeccionaran la alargada forma de la que se prenderían flores, sombreros, diamantes, plumas, lazos… cualquier objeto que aguantara el reto. Un peinado que resistía en su sitio gracias a que era espolvoreado en reiteradas ocasiones con harina, escenificando el derroche de alimento que sus súbditos no se llevaban a la boca y por el que morían de hambre. Un hecho que años más tarde se volvería en su contra con la famosa pero incierta frase “¡Que coman pasteles!”. Como curioso dato, Marie Antoinette atendió una opera con una réplica de una fragata de guerra posicionada en lo alto de su tocado, demostrando al pueblo su conformidad y apoyo para con las resoluciones del consejo de estado. Además de tener que viajar de rodillas en los carruajes y con la cabeza asomando por la ventana, debido a que no cabían ella y su cabellera.

Y es que fue la primera Reina Consorte en establecer un paradigma de estilo y vestimenta, puesto que esa costumbre era propia de actrices, prostitutas y amantes. Nunca antes una personalidad de la realeza se había ganado el título de canon de belleza, con su pálida piel, aparatosos vestidos y gigantescos peinados. Sin duda causaba sensación allí por donde pasaba y la moda fue la espada que la hizo protagonista, acaparando todas las atónitas y fascinadas miradas.

Laura Martínez Gimeno

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