De belleza, literatura y pintura en la época del barroco

«Ya os hablé de la pasión que muchas ponen en mascar esta tierra; suelen quedar opiladas: el estómago y el vientre se les hinchan y endurecen, y la piel se les pone amarilla como un membrillo». Madame d´Aulnoy

Niña de color quebrado
o tienes amor o comes barro.
Niña que al salir el alba
dorando los verdes prados
esmaltan el de Madrid
de jazmines tus pies blancos,
tú que vives sin color
y no vives sin cuidado
o tienes amor o comes barro.

Luis de Góngora

De la más cruda realidad surgen siempre las historias más increíbles. De no ser porque queda constancia en escritos de la época, podría parecer que el tema que se va a tratar es un puro invento.

Pero resulta que existe más de un poema, como este de Góngora que encabeza el escrito, alguno de Lope de Vega o este soneto de Quevedo, el cual dice:

Amarili, en tu boca soberana

Su tez el barro de carmín colora;

Ya de coral mentido se mejora,

Ya aprende de tus labios a ser grana.

Apenas el clavel, que a la mañana,

Guarda en rubí las lágrimas que llora,

Se atreverá con él, cuando atesora

La sangre en sí de Venus y Diana.

Para engarzar tu púrpura rompida

El sol quisiera repartir en lazos

Tierra por portuguesa enternecida.

Tú de sus labios mereciste abrazos:

Presume ya de Aurora, el barro olvida,

Pues se muere, mi bien, por tus pedazos.

El elemento que se repite en ambos, y que de insignificancia alguna da la apariencia, es la palabra barro, justo, de lo que va a tratar este artículo.

Pero, ¿qué tanto puede aportar a nuestra literatura la figura de un cuenco realizado en barro? Y lo qué es más, ¿qué importancia podría tener en esa época, como para que fuese el punto de atención en un óleo de tanta relevancia como el cuadro de “Las Meninas”?

Las meninas, (1656). 318 x 276 cm. Este complejo lienzo es la cima de su pintura. La maestría de su luz hace sentir como verdadero el aire de la habitación.

Iremos paso a paso para no dejarnos detrás ningún detalle, porque el tema tiene muchos matices y mucho de lo que hablar… y alucinar.

Aparte de que la obra de Velázquez, maestro entre los maestros por su adelantada visión y técnica en cuanto a la época en la que vivió, esta obra en particular es un fiel testigo de la sociedad, de sus costumbres, sus conocimientos, sus creencias y sus hábitos, sobre todo eso, sus hábitos.

El cuadro en sí ha sido para los críticos de arte un constante enigma, pues en su aparente “normalidad”, existen muchos misterios que aumentan mientras más se analiza.

Si observamos la escena, lo primero que choca es que el pintor se encuentra detrás del motivo que se desea plasmar en el lienzo, o sea, de la Infanta Margarita y de su séquito o damas de compañía.

¿Cómo podría pintarlas si las veía desde atrás? Ilógico, ¿no?

La disposición espacial de los personajes es atípica, al menos a primera vista. Este dato ya nos da que pensar y nos transmite información sobre el pintor, quien parece estar jugando al despiste con el espectador o quizás intentado mandarnos un mensaje explícito que no queda exento de ambigüedad.

Lo que sí parece quedar claro son varios detalles. El primero es que Velázquez se asegura la autenticidad del lienzo al hacer su propio autorretrato paleta en mano. En segundo lugar que los reyes, Felipe IV y su segunda esposa, la reina Mariana de Austria, aparecen o bien reflejados en un espejo o pintados en un cuadro, pues no queda claro, pero justo al fondo de la escena, que dependiendo si es reflejo o pintura estarían presentes físicamente o no. De todas maneras, no son personajes principales en la escena, pero sí aportan su impronta como los soberanos que eran. En tercer lugar está la Infanta y las Meninas que la atienden. Ellas miran al frente, despreocupadas de la labor del pintor y atentas al movimiento, de dar por parte de M.ª Agustina Sarmiento de Sotomayor y de recibir por la Infanta, de un pequeño búcaro o vasija de barro.

Pero, ¿qué puede ser tan importante para centrar la atención en esa vasija?

Repito, la realidad siempre superará la ficción.

A resultas de un hábito muy común en esa época, Diego Velázquez estaba denunciando, propiamente dicho, como cronista de la época, un hábito dañino que abarcaba a toda la población femenina, sobre todo a la de alta clase.

Existen muchos documentos en los que se recoge la tendencia o moda de las mujeres del barroco en consumir agua en estas vasijas, que tenían la particularidad, además de refrescar el contenido, de aromatizarla, por lo que resultaba muy agradable tomar agua en ellas antes que en cualquier otro recipiente. Pero no quedaba ahí la cosa, quizás hubiese bastado para preferirlas, pero es que después de consumida el agua, la vasija o búcaro era ingerido. Sí, se lo comían, comían barro, arcilla, bien a mordiscos o deshaciéndolos en polvillo.

¿En serio? Sí. Se dice que esa costumbre fue heredada de la población morisca que todavía quedaba en España, como reminiscencia de los ocho siglos de existencia de la cultura Al-Ándalus.

Pero, ¿qué podría tener de particular o extraordinario ese barro para consumirlo?

Justo es remarcar que el barro con el que se fabricaban provenía de algunos enclaves en particular, no era cualquier arcilla. Se utilizaba arcilla de una localidad llamada Estremoz, en Portugal; de la comarca de Tierra de Barros, en Badajoz y también de Jalisco y Chihuahua, en Méjico (lo que en aquella época se daba a conocer como la Nueva España). Sus propiedades eran varias, además de ser una arcilla más fina que otras y mucho más apta para ingerirla, contaba con la cualidad de ser un eficiente anticonceptivo y además un tratamiento de belleza. Nada mejor que mostraros el testimonio de la Baronesa de D´Aulnoy, miembro de la aristocracia francesa, que recoge en su obra Relato del viaje a España y que nos desvela una de las modas del momento de las aristócratas españolas.

Cita explícitamente: 

“Ya os hablé de la pasión que muchas ponen en mascar esta tierra; suelen quedar opiladas: el estómago y el vientre se les hinchan y endurecen, y la piel se les pone amarilla como un membrillo. Quise probar esa golosina tan estimada y tan poco estimable, y aseguro que preferiría comer asperón que tierra sigilada; pero si se pretende ser agradable a estas damas, es preciso regalarles algunos búcaros, que ellas nombran barros, y frecuentemente los confesores no les imponen otra penitencia que la privación de pasar un día sin probar aquella tierra, que, a juicio de muchas, tan excelentes y numerosas cualidades reúne; cura ciertas enfermedades, y en vaso de tierra sigilada se descubre cualquier bebida venenosa”.

Madame d´Aulnoy

El “extraordinario milagro” que para ellas suponía el barro, era principalmente el adquirir un tono de piel blanquecina, de difunto de dos días, que las hacia verse muy seductoras, que según se cuenta porque eso les acercaba más a la vida espiritual y de paso distinguía con contundencia la diferencia de clase entre la nobleza y la plebe que solía tener un marcado tono bronceado de tanto trabajar los campos al sol. Acción un tanto absurda y fuera de lugar la de querer diferenciarse por el tono de la piel, porque la mujer de pueblo ni en sueños podría verse envuelta en las ropas y las joyas que la de clase alta. ¡¿Qué mayor distinción que la indumentaria?!

Este aspecto enfermizo, sin embargo, que a ellos les resultaba tan sexy, no se alcanzaba sin sacrificar su salud y tal y como la Baronesa indica en su relato, se desencadenaban una serie de consecuencias a nivel de salud que no favorecían nada a la consumidora del barro “milagroso”. La ingesta de la susodicha arcilla provocaba disminución de leucocitos, lo que provocaba daño en el hígado (de ahí el mal color), esto se traducía en anemia, de ahí la desaparición de la menstruación que ellas agradecían para evitar los embarazos, o sea, se descubre una especie de píldora anticonceptiva que como paradoja se creía que retenía todos los óvulos por lo cual se pensaba que aumentaba la fertilidad. Amén de todos estos efectos, la ausencia de regla y el aumento de volumen del abdomen, era utilizado, según se cuenta, para aparentar un embarazo y así poder casarse con el presunto padre del inexistente crío. Todo un despropósito y una locura sin pies ni cabeza. Como colofón, la arcilla contenía entre sus componentes cierta cantidad de mercurio y arsénico que les provocaba alucinaciones, además de ser altamente adictivo.

¡En fin! ¡Cuántas locuras propicia la ignorancia!

Lo peor de todo, es que las modas marcan pautas ayer y hoy y lo peligroso de esto es seguirlas sin estar informados o dejarse llevar por la corriente, por pertenecer a la gran masa o bien por no querer destacar, o por lo que me resulta mucho más triste, por querer ser aceptado como uno más del redil.

Como resultado de esta “anécdota” de la mujer del barroco, se extrae un maravilloso lienzo cargado de conjeturas y posibilidades que les dará a los críticos de arte para muchos años más, pues don Diego Velázquez supo crearnos una escena con mucho análisis y muchas interrogantes.

La literatura también se percató del detalle de los búcaros, por lo que nació el concepto de bucarofagia, o sea, costumbre de consumir recipientes de barro. Por añadidura, resulta curioso que entre las propiedades del barro dichoso y sus efectos colaterales se le da a conocer según el diccionario clásico de Covarrubias como la “golosina viciosa”, un vicio de mujer al que los curas como penitencia les imponían la abstinencia, tal era su adicción.

Como colofón y para cerrar con versos tal cual se inició este escrito, os dejo un entremés anónimo del s. XVIII, titulado Los gustos de las mujeres:

Yo señor, gusto del barro

que me agrada ver que suena mascadito,

poco a poco, en los dientes y en las muelas.

Isamar Cabeza

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