La soledad es un periodo de amor a nosotros mismos

El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma.
Epicuro

La soledad es una etapa positiva.

Lo confirmo, no por haber leído acerca de ello, sino porque lo he podido comprobar. A veces, las cosas buenas vienen disfrazadas de malas y viceversa, es decir, no todo lo que duele tiene por qué ser negativo ni aquello que nos hace disfrutar nos garantiza que sea beneficioso para nosotros.

Siempre pensé que la filosofía debe ser leída, pero no seguida. Cada filósofo tiene su propia teoría, su propio punto de vista. Así, de igual manera, nosotros también, todo el mundo y sin excepción, hasta aquellos y aquellas que piensan que no la tienen. El simple hecho de creer o no en la existencia de Dios ya hace que se posicionen e incluso, tan arraigada y férrea es su postura que, discutirá con quien le contradiga.

La palabra soledad es una de esas palabras que en apariencia encierran un mal y que si se la descubre, nos damos cuenta de que es eso, solo falsa apariencia. Descubrir la soledad o atravesar un periodo de soledad es como sanar una herida, hay que desinfectarla, curarla a diario y eso duele. Incluso en ocasiones hay que abrir más la herida para sanar en profundidad, porque si cicatriza mal curada nos traerá pésimas consecuencias y a la larga tendremos que volver a abrirla.

Esta reflexión enlaza inevitablemente con la figura de Epicuro, el filósofo griego, fundador del epicureísmo y es que, fue el gran maestro helenístico capaz de mostrarnos la vida con una determinación que fue mal entendida, también mal interpretada y que de conocerla en su esencia es magistral. Conceptos como felicidad, dolor, adicción, se entrecruzan y juegan al desconcierto y Epicuro nos lo demuestra.

¿Y qué es la felicidad? ¿Alguien sabría definirla? ¿No es quizás la ausencia de dolor?

Nadie se da cuenta de que tienes dedos en los pies hasta que no tropieza con un mueble, se da un golpe en la nariz, se fractura un brazo o se hace un corte en algún dedo y se ve imposibilitado para hacer las tareas diarias. Y ese dolor físico, en su ausencia, ¿no es quizás felicidad?

Eso defendía Epicuro, pero decía más. El cuerpo nos duele a nivel físico, pero, ¿qué hay del dolor emocional? ¿Qué ocurre cuando nos duele el alma? Epicuro afirmaba que en la ausencia del dolor en los dos niveles se manifestaba la felicidad, ausencia de dolor físico y ausencia de perturbación emocional.

La representación de la teoría del maestro griego quedaría representada gráficamente como una línea con dos extremos contrarios, en uno de ellos estaría evitar cualquier movimiento que nos pueda causar dolor y en el otro la búsqueda del placer, cualquier tipo de placer.

El bien y el mal, el lobo disfrazado de cordero y el bien vistiendo ropas de tirano. La soledad es un bien disfrazado, solo hay que darle una oportunidad a que se desvele en toda su magnitud. En ese silencio, en esa oportunidad que se nos ofrece para descubrirnos, para mantener ese diálogo con nosotros mismos, tan importante, la verdad aflora, la identidad se reafirma, las heridas sanan, el espacio individual se reconquista, la libertad se recupera y los sueños vuelven a ocupar su lugar.

Intentar buscar soluciones rápidas no nos va a llevar siempre a conseguir buenos resultados, intentar buscar placeres para satisfacer nuestro vacío existencial, puede ser tan peligroso como deprimente.

Cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y crápulas, como afirman algunos que desconocen nuestra doctrina o no están de acuerdo con ella o la interpretan mal, sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni los banquetes ni los festejos continuados, ni el gozar con jovencitos y mujeres, ni los pescados ni otros manjares que ofrecen las mesas bien servidas nos hacen la vida agradable, sino el juicio certero que examina las causas de cada acto de elección y aversión y sabe guiar nuestras opiniones lejos de aquellas que llenan el alma de inquietud.

El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio -de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin ser feliz. Pues las virtudes son connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente se acompaña siempre de virtud.

Carta de Epicuro a Meneceo

Parece inevitable pensar que la doctrina de Epicuro nos lleva a querer alcanzar un estado de virtud impecable comparado con el nirvana. Pero, y si siguiéramos su doctrina, ¿dónde quedaría el amor de pareja? ¿No puede existir un punto medio en el cual exista ese estado de virtud compartido con alguien más?

En el equilibrio está la armonía, “ni calvo ni con peluca”. Justo el punto medio, aquel en el que nos sintamos satisfechos con nosotros mismos siendo capaces de compartir sin renunciar a nuestra individualidad.

La soledad nos hace evolucionar, ¡qué duda cabe! Es un periodo de sanación que elimina toxicidades y que hace rebrotar nuestra esencia más pura.

La carrera es con nosotros mismos en la búsqueda de nuestra mejor versión, aunque duela y aunque a priori parezca la peor opción no es así, es una bendición disfrazada de castigo que a la larga agradeceremos de todo corazón.

Isamar Cabeza

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