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Tiempo de introspección en Las mujeres del César, de Carlos de Tomás

Hay momentos en la vida en los que es necesario hacer un alto. Hay momentos en la vida en los que es necesario desempolvar nuestros recuerdos y revelarlos en pos de una serenidad y una paz que solo conseguiremos si nos desprendemos de ellos. Vaciar para volver a llenar, darles luz para escapar de sus sombras. Isamar Cabeza

Tener en nuestras manos cualquier obra firmada por Carlos de Tomás, garantiza viajar a su propio universo desdeñando, durante su lectura, el nuestro propio. Internarse en los pasajes que describe, sentir lo que sus letras emanan, no son más que algunas de las percepciones que instintivamente nosotros, como lectores, obtenemos al leerlo.

Da igual que sea prosa o poesía, su estilo atrapa, envuelve, cautiva…

Las mujeres del César viene a confirmarme una vez más lo que anticipo.

No escapa su prosa de su pluma sensible, no queda exenta de esas pinceladas poéticas que matizan y enriquecen el lienzo con una majestuosidad latente. Es su prosa concisa, directa, sencilla o simple, pero a la vez grandiosa, como cualquier poema de Machado, de nuestro gran Antonio Machado.

Las mujeres del César nos transporta a un mundo que oscila entre situaciones verídicas y otras inventadas, jugando con nosotros al desconcierto, a la interrogante constante de si será verdad o no lo que nos narra en ese momento. Un paseo por la ruta de sus recuerdos que nos hace descubrir pasajes que sus letras bordan con una maestría tal que nos atrapa. Pasamos a ser parte del bordado, somos hilo y aguja, lector y personaje de un argumento hecho de retazos que combinados entre sí crean una hermosa colcha de patchwork. Gusta, deleita en su creación. Atrapa y te ensimismas queriendo apreciarlo todo, cada porción, cada recuerdo (real o tintado con la creatividad ficticia más absoluta) que la novela ofrece.

El tiempo no importa, la sucesión de los capítulos no responde a un tiempo lineal. Llega a dar la sensación de que los recuerdos se rebelan, aparecen, se aglutinan pidiendo paso para salir y se colocan donde quieren sin tener en cuenta un orden cronológico. Son asaltantes, intrusos que abordan la mente del autor en un momento de quietud en el que él mismo permite ese asalto, quizás movido por la necesidad de recolectar todos esos momentos vividos que hasta ese momento había evitado prestar atención… o no.

Las mujeres del César nos ofrece a ratos una visión en blanco y negro, o quizás en sepia, por eso de que los recuerdos también envejecen y ganan el toque de color del paso del tiempo que los hace trascendentales e importantes, quizás magnificados por la sensación que da perder la vida segundo a segundo.

Carlos de Tomás nos invita de su mano a recorrer su transcurrir vital en este plano terrenal, un itinerario verídico con toques ficticios o quizás uno inventado salpicado de vivencias reales, eso al fin y al cabo no es relevante, pero sí cómo lo narra y cómo es capaz de mantenernos en suspense de un capítulo a otro.

Cada uno de ellos deja ver un momento trascendental, un apunte necesario que da forma a un todo que se presenta desordenado dentro de un caos plenamente organizado.

Isamar Cabeza

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