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La importancia de las comunidades femeninas en la literatura

¿Qué hay de malo en formar parte de una comunidad femenina que nos hace sentir cómodas y libres, en definitiva, iguales como hermanas? ¿Por qué sienten que deben escoger entre una u otra vida?, ¿No podemos ser amigas?

La tradición de las comunidades de mujeres en la literatura es mucho anterior de lo que los lectores del siglo XXI imaginamos. Para plasmar y expresar su génesis, naturaleza e importancia recurriré, en especial, a la sensacional historia de una huérfana pero entrañable muchacha pelirroja, muy menuda y aún más “pecosa” de soñadores ojos verdes, Ana la de Tejas Verdes (1908) de la escritora canadiense, Lucy Maud Montgomery.

Lucy Maud Montgomery (1874 – 1942)

El origen de la comunidad femenina es rastreable a dos moradoras, las tres Gracias griegas y las Amazonas. Ambos pueblos míticos son comprendidos como asociales e indeseables, es decir, que no se integran en la sociedad o no siguen las normas y convenciones de esta, puesto que viven apartadas de cualquier tipo de “civilización”, acompañándose mutuamente en sus alegrías e infortunios bajo la cúpula de una hermandad repudiada por la otra mitad de la humanidad. Una hermandad que a pesar de no resultar usual para los ojos de su contemporaneidad, tiene mucho de social. Veremos cómo entre todas levantaron los pilares de fuertes y arraigadas comunidades.

Una de las aptitudes que todas las integrantes comparten es su apasionado interés por el arte, como Ana Shirley y Jo March de Mujercitas (1868) hacia la escritura, Catherine Morland de La Abadía de Northanger (1817) a la lectura, la institutriz Jane Eyre de Charlotte Brontë (1847)y Amy March hacia la pintura o como Kitty Bennet de Orgullo y Prejuicio (1813) y Beth March a la música, simbolizando los deseos de una independencia y una validez social para con su intelecto y poder de juicio que reafirman gracias al respeto y la unidad. Tanto las tres Gracias griegas como las Amazonas son el componente inicial de la mujer solterona, tradicionalmente conocida como spinster, identidades analizadas como personalidades marginadas e incompletas debido a su supuesta falta de feminidad. Es decir, al ser mujeres/muchachas que deciden por voluntad propia vivir alejadas y en armoniosa comunidad, son por consiguientes imperfectas. Es más, son imperfectas debido a que no son deseadas por los hombres, por lo que tampoco serían buenas madres, hijas o esposas, olvidémonos de su inteligencia o lo que tengan que aportar al mundo y a la época en la que respiran. La conjetura expone que se aíslan a raíz de no encajar en el molde de la sociedad. Es una verdadera lástima que ni por un instante se parasen a pensar en que tal vez se marcharan porque no querían pertenecer a esa misma sociedad opresiva, dominante y materialista. Prefiriendo crear y asentar las suyas propias sobre las bases de igualdad, libertad y “comunidad”.

Las tres Gracias, de Botticelli (1477 – 1478)

El corazón de Ana la de Tejas Verdes reside en la amistad. Esta primera curiosidad que acaba tornándose en fortaleza es la que empuja a los personajes de Ana Shirley y Diana Barry a actuar inconscientemente y de acuerdo a los impulsos e instintos que pertenecen al espíritu de dos muchachas imaginativas, indomables y libres. El vínculo se forja casi del mismo modo que sucede con un amor a primera vista, dicho cariño se torna indestructible, ya que surge de la pureza y la honestidad. Nace en la inmortal etapa de la infancia, donde el tiempo se detiene y únicamente existe el ahora, los cuentos y el bosque, no obstante, tal lazo entre almas acabará por sentir la necesidad de abrirse al mundo y de extender sus alas hacia la reivindicación, creando y afianzando los cimientos de una sólida y verdadera comunidad femenina.

Otras de las disposiciones que se le han atribuido a la comunidad de mujeres y que podemos ver perfectamente reflejadas en el personaje principal de nuestra novela a tratar es el talante salvaje y barbárico con el cual se las acusa de indisciplinadas. Recordemos cómo la señora Rachel Lynde, representante en la novela de la autoridad victoriana, denuncia la falta de feminidad de Ana, o también la reacción de la muchacha al llegar a Tejas Verdes, ¡No me quieren! – gritó – ¡No me quieren porque no soy un chico! Este breve enfrentamiento que tiene Ana Shirley, más consigo misma que con Marilla y Mathew Cuthbert, resultará en un futuro conflicto interior respecto a su orfandad y la necesaria búsqueda identitaria. Considero conveniente reiterar que todas las participantes a dichos grupos se sienten de una manera u otra, huérfanas, ya sea por la falta de maternidad o por el anhelo de encontrar una voz propia, convirtiéndose estos en motivos claves para su tan férrea complicidad.

Fotograma, Ana de las Tejas Verdes (1985)

Curiosamente, se respeta el número de mujeres en las comunidades. En Ana la de Tejas Verdes, la joven soñadora establece a lo largo de su historia dos grupos de amigas del alma. Sus primeras amistades las conoce en la escuela, pero no será hasta que voluntariamente recluidas del mundanal ruido se les ocurra la aventura de componer cuentos en las profundidades del bosque, que se consolide la comunidad de Ana Shirley, Diana Barry, Jane Andrews y Ruby Gillis. La segunda comunidad brota de forma más madura y espontánea en la universidad junto a Priscilla, Stella y Philippa, período en el que descubrirá su vocación por la escritura. Lo mismo ocurre en Mujercitas con las cuatro hermanas March; Meg, Jo, Beth y Amy. Se repite el esquema con Elizabeth, Jane, Lydia y Kitty Bennet en Orgullo y Prejuicio, excluyendo la limitada actividad de Mary Bennet. Y también lo hallamos en otra novela más apartada del paradigma de “literatura escrita por mujeres” pero igualmente genial, Tess, la de los d’Urbeville (1891) de Thomas Hardy, con Tess, Marian, Izz y Retty, quienes trabajan juntas en una vaquería. Es igualmente evidente que en cada comunidad femenina una de ellas actúa como portavoz, por lo que desentrañamos un palpitante orden jerárquico – social que normalmente viene modulado por la figura de la matriarca (la primera comunidad femenina). Esto quiere decir que son familias en las cuales el peso de su estabilidad recae sobre los hombros y el esfuerzo diario de la madre, que organiza como cree conveniente y justo el espacio del pensamiento y los deberes del hogar. Son entonces, ambientes matriarcales en los cuales las muchachas se crían sin el peso de las restricciones constantes de los hermanos, ni tampoco bajo los roles, compromisos y exigencias de los padres. Estas madres son Marilla Cuthbert y Mrs Rachel Lynde, personaje que conocemos por su nombre de pila, mientras que a su marido se le reconoce por estar casado con ella, Mr Lynde, y no a la inversa. Algunos ejemplos de este último aspecto serían las siempre presentes Mrs Bennet y Mrs March, Mrs Durbeyfield, la manifiesta e incuestionable voz femenina del Monstruo de Mary Shelley en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) Mrs Dashwood en Sentido y Sensibilidad (1811) Mrs Thornton en Norte y Sur (1854) por Elizabeth Gaskell y la criada Ellen Dean de Cumbres Borrascosas (1847), que es quien cuida de los hermanos Catherine Earnshaw y Heatchliff tras la muerte de su padre. Como podemos apreciar son todo estructuras matriarcales.

Una de las semejanzas más notorias es la aspiración personal, intelectual y económica, el deseo de ser independientes en sendos aspectos viene motivado a no querer pertenecer a nadie, a valerse por sí mismas, poder protegerse y defenderse por sus propios medios y logros. El reconocimiento de dichos logros y méritos personales las rescata del siempre activo y lacerante mercado sexual. Este último es un tema muy criticado por la escritora Jane Austen, la cual plasma en sus obras la clara denuncia de que el objetivo de las madres de la época era casar a sus hijas con el hombre más adinerado del lugar, y que la función y responsabilidad de sus hijas era conquistarlos. Y cito; Es una verdad universalmente conocida que un hombre soltero, en posesión de una buena fortuna, estará buscando conseguir una esposa (Orgullo y prejuicio), convirtiendo de paso también al hombre pretendido en un mero objeto de beneficio económico y de status social. En una propiedad privada a la que echarle el ojo y a ser posible el guante antes de que fuese demasiado tarde.

Fotograma, Orgullo y Prejuicio (2005)

Sin embargo, el reconocimiento de los logros viene custodiado por el de los tabúes. Las comunidades de mujeres han sido codiciadas como cuerpos a la espera de ser adquiridos por la institución del matrimonio más que por ser mentes individuales y sobresalientes. De modo que se ha relacionado la convivencia de mujeres con el despertar de la perversión sexual, volviendo sus naturalezas, o bien carentes de afecto, o bien como núcleo de la enfermedad de la histeria en todo su abanico de significado. Entonces, se ideó conveniente que las jóvenes no compartieran aula o no convivieran más que el tiempo estrictamente ineludible para con sus obligaciones, pues la misoginia victoriana temía que se produjeran lazos íntimos entre ellas. Tal y como se expone en María o Los agravios de la mujer (1798) de Mary Wollstonecraft, novela que no solo denuncia los castigos a raíz de los lazos sentimentales entre mujeres, sino el deber de inculcar a las muchachas el respeto por su mismo sexo. Aunque dicha problemática no muere aquí, ya que también se les prohibía criarse con los hombres por temor a la hipócrita superstición de peligrar la perdición de su feminidad. Por lo que ante la sublevación, rompían cualquier posibilidad de convergencia, entendimiento y amistad entre ellas. Dicho punto mencionado sucede en El molino del Floss (1860) por George Eliot, novela protagonizada por Maggie Tulliver, una muchacha revoltosa y descuidada que crece junto a su tiránico hermano Tom Tulliver. Sorprendentemente esta es una realidad no tan lejana. El tema del lesbianismo ha preocupado en exceso durante toda la historia de la literatura y de la no literatura, siempre mostrándolo desde la esfera del rechazo y la maldad. A modo de reflejo, advertencia y consecuencia hacia sus lectoras, la escritora de Ana la de Tejas Verdes, insinúa en algunas de sus escenas los incomprensibles celos de Ana hacia el futuro marido de Diana cuando esta le retrata su proposición. Y es que la primera sugiere que el susodicho ha tomado algo que no le pertenecía.

Fotograma, Mujercitas (1994)

Por otra parte, el sufrimiento. Esta es una de las sensaciones que más han unido a las mujeres y que ha contribuido a la formación de las respectivas comunidades. Desde la experiencia de la primera menstruación todas las muchachas saben que comparten un mismo dolor, y es cuanto menos singular el hecho de que a mayor cohabitación aumentan las probabilidades de la regulación de sus periodos. De la misma manera que es una turbación común la que sienten hacia el espantoso momento del parto. La nombrada consternación se puede encontrar plasmada en Frankenstein de Mary Shelley y en el personaje de Catherine Earnshaw en Cumbres Borrascosas, aunque no con la crudeza con la que Ana Shirley se niega a tomar en brazos al recién nacido de la que fue su más íntima amiga Diana Barry, puesto que no dudaría en resbalársele de las manos.

Como he mencionado con anterioridad, existen dos tipos de comunidades de mujeres: las no casadas por accidente y las no casadas por elección propia, tal y como nos recuerda Nina Auerbach en Communities of Women (1978). Lucy Maud Montgomery las planteará desde el punto de vista del extrañamiento y la desautomatización, por lo que tanto las mujeres solteras como las mujeres viudas, al igual que las muchachas con ilusiones de grandeza y autosuficiencia, servirán para desmontar las convenciones de la sociedad. Una sociedad que las había tildado de disparatadas y ridículas. Este recurso fue empleado por la ya nombrada Charlotte Brontë con su personaje del doble femenino Bertha Mason o la loca del desván, arquetipo por excelencia de la mujer fatal que habita en la habitación más alta y oculta de la mansión. Sabemos que esta tradición es heredada cuando leemos que Ana Shirley duerme en una buhardilla en Tejas Verdes, o que cuando se marcha a Windy Poplars para enseñar en la escuela le es obsequiada la circular habitación de la alta torre, cuya ventana, además, da vistas al cementerio. Algunas de estas extraordinarias mujeres literarias (spinsters) son Marilla Cuthbert, Mrs Rachel Lynde, la tía Josephine, Miss Lavendar, La señora Patty en Ana la de Tejas Verdes. Otros ejemplos son Miss Havisham en Grandes Esperanzas (1860 – 1861) de Charles Dickens, comparable con la mujer caída Pandora, la poeta norteamericana Emily Dickinson, debido a su vida de reclusión voluntaria o Minerva Mcgonagall y Sybill Trelawney en Harry Potter (1997) por J.K. Rowling.

Fotograma, Grandes Esperanzas (2012)

Sin embargo, la esencia familiar se deteriora debido al entrometimiento de una nueva e indiscreta identidad masculina que pretende agarrarse y ejercer su autoridad. La comunión entre hermanas y la primera comunidad en la que no se permiten chicos se fractura provocando el rechazo e incluso la huida de alguna de sus heroínas. Este suceso ocurre en la adaptación cinematográfica Anne with an E (2017) basada en la primera novela de la saga de ocho libros que forman, Ana de Tejas Verdes, cuando Diana Barry, Jane Andrews y Ruby Gillis comienzan a interesarse por los chicos. Algo parecido acontece en la novela de George Eliot, donde Maggie Sulliver huye para vivir en un campamento gitano y así encontrar una posible nueva comunidad que acepte sus indiscretos ademanes “masculinos”, comportamiento que sus tíos maternos consideraban salvaje y poco refinado.

Es una triste realidad que las comunidades de amigas desaparezcan como resultado del matrimonio y de ese villano conocido como héroe romántico. Debemos plantearnos entonces, ¿las mujeres, las madres, las viudas, las divorciadas… las chicas en general, no podemos ser amigas?, ¿Qué hay de malo en ser una solterona, parte de una comunidad femenina que nos hace sentir cómodas y libres, en definitiva, iguales como hermanas? Y ¿por qué Ana Shirley y Diana Barry sienten que deben que escoger entre una u otra vida?

Laura Martínez Gimeno

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