Iván Robledo Opinión

Lo de la almendra amarga

He de reconocer, señora, que tenía usted razón, que casi siempre las cosas son lo que parecen. A veces no, es cierto, a veces, más de cuatro veces, todas las cosas no son lo que parecen, pero la realidad es otra y en la realidad las cosas sí suelen ser lo que parecen, casi siempre lo son y es lógico que así sea, aunque si no lo fuesen nos daría igual, también lo sabríamos pero por la puerta de atrás. Esto no se lo cuento por nada en realidad, por nada concreto quiero decir, que bien sé que usted es de aldea y allí a las cosas saben lo que les conviene, sino por hablarle de las cosas que pasan, como lo de la gente que come almendras sentada en un banco.

Y es que, como le digo, en los bancos del parque, en esos bancos que se olvidan al ampliar las avenidas y se quedan allí para siempre, hay gente que se sienta a comer almendras. Con calma, plácidas, absortas, lo hacen con maneras que a mucha gente le irrita, tanto como si el fin del mundo tuviera que retrasarse porque antes tienen que terminar de comerse sus dichosas almendras. Así, como se lo cuento, hay gente que busca un banco para comer almendras, gente que se cree impune, casi inmortal, quién sabe.

No sé qué opinará usted, señora, pero antes las cosas eran más sencillas, cuando se creía que no son las flores las que hacen las primaveras, como es comúnmente admitido, sino que más bien es al revés porque estábamos equivocados, que estar equivocado también es una forma de estar en el mundo: una flor sí hace primavera cuando es lunes. Por eso uno cree que comer almendras está muy bien, uno lo cree porque hay cosas peores, las hay porque lo ha visto, y por eso también hay quien lee en un banco, o hace otras muchas cosas, o ganchillo, pero lo de comer almendras creo que es mejor. Lo hacen porque hay personas que saben cómo acaban todas las novelas, y todas las poesías (hay quien se las sabe todas porque en realidad siempre es la misma) y entonces come almendras en un banco, esas cosas pasan, cuando se come almendras en un banco se puede ver el infinito, lo decimos pero no nos damos cuenta, vemos a la gente con la vista perdida en el infinito y hacemos como si no nos importara, ¡qué tontos somos!, o es gente que está pensando en sus cosas, o no pensando en nada, que es como se llaman las cosas de los demás. Los bancos de los que le hablo son el parlamento de cada uno, el escaño de su alma, el estrado de su juicio, el púlpito de los pecados que todavía deben cometerse para ser perdonado de todos ellos y, así, amar mucho; el banco del que le hablo, señora, es el tálamo donde yacen todas las demás mujeres, todas las otras; el banco es, as veces, el paredón donde se ejecuta a otro o a uno mismo, que también es cosa de bastante más mérito; donde según los días se añaden dioses a nuestra mitología o se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja, que eso depende. El banco del que le hablo es el banco donde se reza el último rosario de cada cual. La gente que no sabe (la gente a la que le gusta que su nombre sepa a tinta y no a carmín) ignora que la gente que come almendras en un banco es gente que está rezando, rezando el rosario como lo hicieron nuestras abuelas (se puede llegar a vieja, pero no a abuela, si no se reza, o se rechaza rezar, el rosario), y de ese rosario las cuentas son las almendras, la gente cree que son almendras pero es porque solo creen lo que ven, y no cómo en cada puñado, una almendra amarga acaba por arrebatar el sabor de todas las demás.

Así son las cosas, señora, que mira uno a su alrededor y no queda nada que no sea sabido, y mucho, por alguien. No se extrañe que haya quien admire al señor de las almendras porque a las almendras se las llama dando palmadas fuertes, eso es un hecho, y como una cosa lleva a la otra, de ahí se llega a lo de los bancos. No es por casualidad que en Santiago eligieran un banco para colocar una estatua de Valle-Inclán, eso es cosa sabida. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora

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