He de reconocer, señora, que acertó usted al equivocarse, y que el hombre no está preparado para todo lo que la vida le depara. Hay quienes creen lo contrario, es cierto, y al ver cómo lo afirman tan trufados de sí mismos ya no sabe uno que pensar. Sin embargo, eso de estar preparado para todo en la vida se nos hace raro a muchos porque solo vemos lo que les pasa a los otros, y además siempre sabemos el motivo del por qué le ocurren esas cosas a los demás, que unas veces (las menos) es por su bien, otras (las más de las veces) es porque se lo merecen o porque así se hace justicia (poética o infinita, depende), otras es que no hay derecho (que es que no lo hay), o porque que siempre la pagan los mismos, o porque en la vida hay que tener suerte, o padrinos (que la gente es muy de tener manía a otros), y así podríamos seguir todas las tardes. Pero fíjese usted que cuando las cosas le pasan a uno todo es distinto y, salvo que sea algo bueno, lo normal es que no nos expliquemos porqué nos ocurren ciertas cosas; me refiero a cosas malas, claro, esas que no tienen sentido que nos ocurran a nosotros porque, como su nombre indica, se trata de esas cosas que siempre les pasan a los demás, no a uno. Y esa es la diferencia entre las cosas que pasan (a los demás) y las grandes tragedias (y melodramas) de cada cual.

No sé qué opinará usted, pero es verdad que hay cosas para las que uno nunca está preparado. No le digo cosas imprevistas o extravagantes, o raras, ni siquiera improbables o imposibles. No, me refiero a momentos que ni siquiera el alma es capaz de abarcar a pesar de estar hecha de no se sabe qué. Le hablo, como bien no sabrá, de cuando uno quiere volver a ver a un amigo de toda la vida, un viejo amigo del que no sabe nada desde hace lustros y quinquenios. Bien sé que sobre esto hay mucho dicho y leído, por no hablar hasta de lo que se escribe hasta en las tazas de café, que eso sí que es la monda; pero no, me refiero a lo de verdad, a cuando uno desea volver a encontrarse con un amigo de verdad y no sabe cómo, ni cuándo, ni dónde, y se siente como un bolero de los de gran tristeza y mucha melancolía.

Hoy día la cosa de las amistades verdaderas se le hace extraña a mucha gente, y uno cree que es normal porque la amistad está hecha del mismo material que el amor, eso es algo que todos los hombres sabemos sin saberlo, que es una manera de decir que es algo que no necesita explicación, que se sabe y ya está, igual que pasa con el amor, que sabemos lo que es y por eso el amor nunca se rompe, como tampoco la amistad; el amor y la amistad entre viejos amigos son la misma moneda cuando no tiene caras, solo cruces, y por eso no se rompen; mueren y se les entierra y ya está, pero no se rompen. El amor no se rompe, se muere, igual que la amistad, y al hacerlo la sangre también es negra, y los llantos también duran toda la vida, y mire que no se lo digo para que se apene, que bien sé que usted es de aldea y allí la amistad se mide en cosechas.

Estará usted de acuerdo en que antes era todo más fácil, se sabía que la amistad entre viejos amigos era cosa inmarcesible, como el tronco que crece abrazándose a la roca hasta hacerse uno. Antes, como le decía, uno sabía eso y al morir la amistad era uno el que se enterraba en vida, no simulaba el funeral del otro fingiendo un motivo, o una pena o una alegría, no; cuando la amistad moría era uno el que moría de pena, y a veces también de vergüenza (recuerde que antes existían la culpa, y la vergüenza y el remordimiento), pero ahora no.

El hombre no está preparado para todo en esta vida. No lo está para volver a encontrarse con una amistad que se perdió después de arrojarse por el acantilado del tiempo. No, el hombre no está preparado para volver a encontrarse con un amigo de toda la vida, con un viejo amigo porque no concibe que una amistad pueda morir. Antes reconoce el hombre que el amor por su mujer ha muerto que confesar que su amistad con un amigo puede perecer. Podrá morir, ya se lo he dicho, como muere el amor, pero la amistad entre los viejos amigos nunca muere, podemos enterrarla pero la enterraremos viva. Nunca ha muerto una amistad entre viejos amigos mientras vive uno de ellos. Lo demás, bien lo sabe, es solo mitología para ociosos.

Cuando uno piensa en ese amigo se siente como un pequeño dios capaz de imaginar tantas cosas ¡tantas!, que parecen de verdad. Para todo cree estar uno preparado, todo puede imaginarlo, todo menos cómo será ese momento en el que cree como una nueva fe.

O no.

Iván Robledo Ray
Cartas a esta señora

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