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Lo de la camelia

La camelia es flor que cabe en una mano y es blanca para que en ella se escriban todos los nombres; es la flor que el tiempo deja olvidada en el bolsillo de su chaqueta, la que encuentra cada año como si fuese siempre la primera.

Déjeme que le cuente, señora, que hay gente que cuando ya no puede ser más bonita, coloca una camelia blanca en un jarroncito. Como lo oye, que podía ser cualquier otra cosa pero no; y una camelia blanca, claro, que cualquiera sabe que las camelias solo pueden ser de dos colores, de color blanco o de cualquier otro color sin interés alguno. Y la camelia se pone en un jarrón pequeño, como le decía, o en un vaso de los de tomar la aspirina o medir el arroz; o en un jarrón fino de sorbo y medio; y se pone por el tallo, y entonces verla es como empezar a leer una novela por su final.

No sé qué pensará usted, pero hay quien cree que la camelia blanca crece debajo de las camas donde no hay monstruos. Ni pesadillas. Pero uno no lo cree, que uno las ha visto crecer entre las grietas que dejan las sombras, y donde el musgo no se atreve, y las ha visto morir en manos de quienes no creían en ellas. Pero en realidad lo que uno cree es que la camelia vive cuando el tiempo muere, cuando se hace el invierno y parece que el reloj del tiempo se para porque ya no tiene sentido, porque nadie se fija en él; es entonces cuando la camelia nos recuerda que no, que seguimos vivos en todas partes donde usted esté, incluso ahí; la camelia será la primera gota de todos los deshielo, será eso pero solo lo sabremos después, cuando todavía no sea tarde; y será la primera golondrina blanca, aún en pleno invierno, de todas las primaveras que usted traerá.

Es cosa conocida que la camelia es sabia por blanca, que la camelia dio la vuelta al mundo para llegar después de todos al mismo sitio, que son sus ojos; la camelia probó del agua de los marineros portugueses que la trajeron cobijadas entre las palmas de sus manos, y probó la luz de los jardines de Santiago en los que nunca faltan paseantes cogidos de esas manos; y es que es en la camelia, en ella sí y de verdad, donde se funde y fragua lo de los unos y lo de los otros. La camelia trajo ese sol que una vez fue de oriente para que no se queme uno al cortarla pero sí al acariciarla, que la camelia es al sol tan blanca que hay días que no se ve. Mírela entonces, mírela y verá que la camelia no cae, salta; usted contempla su árbol y ve cómo se lanza, y suena al caer, y luego cae otra, casi pura; es un tiempo que se mide, cada árbol, cada arbusto tiene sus camelias y su tiempo para cada una, y solo con la última llegará la primavera.

La camelia, dicen, no huele, pero tampoco eso no es verdad. Basta con acercar el oído para comprobar que sí, que huele, pero no como las demás flores, claro, la camelia huele como las camelias y hay que saber oler. Por eso la camelia se hace geometría de seda, es la forma que anticipa el copo de las nieves, fíjese y verá. La forma de la camelia siempre nos parece perfecta, grecas de pétalos que forman laberintos y arabescos; la camelia se hizo blanca como el petroglifo se hizo flor, al menos hasta hoy, y mire que esto no se lo digo para enseñarle nada, que bien sé que usted es de aldea y allí las camelias se emplean, cuando se lo proponen, como botones para las blusas, sino para recordárselo.

Llegan las camelias cuando el frío se hace de acero, y se hace presente, y se hace agasallo en los árboles que hacen guardia, enhiestos, en las aceras, los árboles que se cuadran a su paso; llegan cuando el frío hace brotar las flores en los guantes. Las camelias nunca miran atrás, son bravas por dulces y valientes; la camelia es flor que se riega con pólvora y anhelo. La camelia podría ser de otras formas pero nosotros no y por eso no lo es; la camelia es piedra que cobra vida, flor que acompaña las soledades de la Alamedas, de todas ellas, es flor que solo enraíza y solo brota en las huellas que deja en la tierra, al pasar, la persona que ha querido amar; la camelia es simiente del sueño de los inviernos. La camelia es flor que cabe en una mano y es blanca para que en ella se escriban todos los nombres; es la flor que el tiempo deja olvidada en el bolsillo de su chaqueta, la que encuentra cada año como si fuese siempre la primera.

Uno sabe que debiera escribir de otras cosas, de las cosas de mucho interés, pero uno se distrae con poco y cuando lo piensa se da cuenta de que en realidad la camelia es blanca porque blancas son, y así serán todavía, las camisas de gustarle, que para eso lo son. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora

1 comment on “Lo de la camelia

  1. Anónima

    Ayer, al anochecer, hay quien en una botellita pequeña de cristal (de las del buen aceite del sur) puso en agua unas camelias blancas (de las amigables fincas del norte).
    Y ahora, de repente, todo es poesía.

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