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Ana Blandiana, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca

«Mientras la justicia no logre ser una forma de memoria, la memoria sola puede ser una forma de justicia» Ana Blandiana

Ana Blandiana, la poetisa rumana más internacional además de candidata al Premio Nobel, con sus libros de poemas, prosa y ensayo traducidos a veinticinco idiomas, en un total de ochenta volúmenes diferentes, ha sido investida Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca.

Como anteriormente los audaces e influyentes seguidores de Acalanda TV y Magazine disfrutarán en esta nueva crónica del gran privilegio de contar con nuevos poemas inéditos, y en exclusiva, de Ana Blandiana, pero antes volvamos al evento universitario que nos ocupa.


Fernando Sánchez Miret, catedrático de Linguística Románica

Laudatio Ana Blandiana Doctor Honoris Causa de la Universidad de Salamanca.

Fernando Sánchez Miret, catedrático de Linguística Románica

Sr. Rector Magnífico, autoridades, miembros de la comunidad universitaria, señoras y señores,

es un honor representar hoy en esta tribuna al Área de Filología Románica, al Departamento de Lengua Española y a la Facultad de Filología en este solemne acto que nos brinda la oportunidad de tener otra vez entre nosotros, y para hacerla ahora todavía más nuestra, a la escritora rumana Ana Blandiana.

No debo, ni quiero ocultar que para mí se trata de un honor inesperado e inmerecido, porque el auténtico cordón umbilical que une a Ana Blandiana con la Universidad de Salamanca es la profesora Viorica Patea, que generosamente me ha cedido el privilegio de presentar brevemente ante ustedes los méritos y la trayectoria de una mujer excepcional.

Antes de continuar con esta laudatio permítanme que dé paso a un vídeo que ilustra la figura de nuestra doctoranda.

Ana Blandiana es probablemente la poeta europea más importante en la actualidad. Y esto es así tanto por la calidad y alcance de sus obras como por los premios y reconocimientos que ha recibido de parte de la crítica, de las instituciones y del público lector.

Ana Blandiana nació en 1942 y con solamente 17 años su producción poética ya había provocado tanto desasosiego en el gobierno de la época, que le prohibieron publicar durante un tiempo. Años más tarde siguieron otros dos períodos de prohibición bajo el gobierno de Nicolae Ceauşescu. Pero a pesar de estas dificultades, su obra, que en varios momentos circuló de manera clandestina en Rumanía, llegó a convertirse en un símbolo de libertad.

Hasta el momento Ana Blandiana ha publicado 14 volúmenes de poesía, una novela, dos colecciones de relatos, nueve libros de ensayos y cuatro volúmenes de poemas para niños.

Su lengua materna es el rumano. En el conjunto de las lenguas del mundo, e incluso en el marco de sus hermanas, las lenguas romances, es una lengua, si quieren, pequeña, pero que con su mezcla de una tonalidad claramente latina y algunas modulaciones, alteraciones y adornos húngaros, alemanes, eslavos, turcos o griegos produce una partitura que cautiva a todos los que nos hemos acercado a ella. Para hacer accesible esa melodía rumana más allá de sus fronteras, las obras de Ana Blandiana se han traducido a 24 lenguas.

Ana Blandiana es ante todo una escritora onírica y su poética se fundamenta en la concepción de la existencia como misterio. En su poesía Ana Blandiana emprende la búsqueda del secreto de esa existencia misteriosa. “Para mí [dice nuestra autora], la poesía es el avance lógico de palabra en palabra, de piedra en piedra, sobre la tierra firme, hasta un lugar en el que el significado se abre de repente de manera inesperada sobre el vacío y se detiene conteniendo el aliento”.

La escritura para Ana Blandiana es un proceso de descubrimiento de la realidad que lleva aparejado un compromiso ético: la realidad que no se ve, el misterio intuido coloca al individuo en una posición nueva, pura y firme que no le permite cerrar los ojos.

Lo que Ana Blandiana ha visto en ese lado del misterio lo ha transmitido en palabras que la han hecho acreedora a numerosos premios dentro y fuera de su país. Voy a mencionar solamente cuatro:

  • 1982- Premio Internacional Gottfried Herder, Universidad de Viena
  • 1997- Premio Nacional de Poesía Mihai Eminescu
  • 2007- Premio Internacional de Poesía de la ciudad de L’Aquila
  • 2018- Griffin Lifetime Recognition Award for Excellence in Poetry, de la ciudad de Toronto, Canada

Junto a su producción literaria, que posee por sí sola la calidad y el reconocimiento universal que la hacen merecedora del doctorado honoris causa de nuestra universidad, uniéndose así a otros escritores como Pablo García Baena (2017), Mario Vargas Llosa (2015), Miguel Delibes (2008) y José Saramago (2000), Ana Blandiana posee otra vertiente igualmente digna de reconocimiento.

Me refiero a su dimensión cívica. Ya he aludido al hecho de que Ana Blandiana se convirtió pronto en un símbolo de oposición y resistencia a la dictadura comunista rumana.

Más tarde, en los primeros días de la revolución de 1989, fue incluida, junto a otros opositores, en el Consejo del Frente de Salvación Nacional, pero dimitió tres semanas más tarde, al darse cuenta de que su presencia era una simple operación de manipulación propagandística. Ana Blandiana nunca se ha dejado vencer por los halagos del poder y ha querido ser fiel a sus convicciones y a su libertad. Fundó y presidió durante diez años la Alianza Cívica, que fue un movimiento que luchó por la creación de una sociedad civil comprometida con su propio destino. Hay que destacar que las labores de esta Alianza Cívica fueron decisivas para la entrada de Rumanía en la Unión Europea.

En 1993 fundó también el «Memorial de las Víctimas del Comunismo y la Resistencia», que sigue dirigiendo en la actualidad. Ubicado en la ciudad de Sighet, al norte de Rumanía, el Memorial no es solo un museo donde se rinde homenaje a las víctimas, sino que se compone de un centro que organiza una Escuela de Verano y de un Instituto de Investigación. Y tiene como lema la siguiente frase de nuestra doctoranda: «Mientras la justicia no logre ser una forma de memoria, la memoria sola puede ser una forma de justicia».

Esta continuada actividad en pro de la libertad y los derechos de la sociedad civil la han hecho acreedora a otra serie de distinciones de las que quiero destacar dos:

  • En 2009, por su contribución a la cultura europea y por su lucha contra la injusticia, Blandiana fue condecorada con la más alta distinción de la República Francesa, la Légion d’honneur.
  • En 2014 la embajada de los EE.UU en Bucarest le concedió el Romanian Women of Courage Award.

Al inicio de mi intervención he aludido al hecho de que esta no es la primera vez que Ana Blandiana cruza los umbrales de nuestro estudio. Hace ya algunos años la acogimos a pocos metros de aquí, en el aula Miguel Unamuno, y en varias ocasiones ha realizado lecturas de sus poemas en la Facultad de Filología. De hecho, Ana Blandiana tiene una estrechísima vinculación con la Universidad de Salamanca, porque casi todas las traducciones al español de su obra han tenido como protagonista a nuestra colega, la profesora Viorica Patea, que ha sabido sembrar la pasión por la obra de Ana Blandiana en no pocos de nuestros compañeros y que ha embarcado en la traducción de su obra poética a dos poetas, como son Antonio Colinas y Natalia Carbajosa.

En definitiva, son muchas las personas y las instituciones que han hecho posible que estemos hoy aquí celebrando esta ceremonia de las ciencias y las artes. A todas ellas les expreso mi agradecimiento. Pero a nadie se le oculta que el acto de hoy es algo distinto a lo que era habitual y todos sabemos que esto es debido al desafío multidimensional que la pandemia nos ha puesto delante.

En este contexto que tanto nos preocupa a todos se percibe más claramente que la universidad es y debe ser siempre un motor clave del conocimiento integral. Ana Blandiana comparte con nosotros, los universitarios, el deseo de saber y comprender, porque como ella dice: “yo formo parte, o creo que formo parte, de esas criaturas a las que solamente puede destruir algo que no son capaces de entender”. Por eso les ruego que toleren un poco de incongruencia y vanidad por mi parte al permitirme que, en lugar de acudir a los versos de nuestra doctoranda, termine leyéndoles el final de un relato de Ana Blandiana en la traducción que Viorica y yo hicimos (una traducción que, por cierto, casi acaba en tragedia, porque en nuestras discusiones no pocas veces parecía que yo quería saber más rumano que ella y ella más castellano que yo). El texto que quiero leerles me parece adecuado a las circunstancias que vivimos. Se trata del último párrafo de un relato cuyo título es «Proyectos de pasado» y en el que se narra la experiencia de un pequeño grupo de personas detenidas sin motivo conocido y deportadas durante once años a una especie de isla rodeada de tierra baldía en la que se ven abandonadas a su suerte, como en una colonia penitenciaria sin guardianes ni alambradas, pero de la que no pueden escapar. Esta situación, absurda, incomprensible e inquietante, se traduce en una experiencia que transforma a los que la sufren. Al final del relato, de manera inesperada y sin recibir explicación alguna, este grupo de personas es devuelto a su sociedad de partida. El último párrafo, que me dispongo a leerles, explica la actitud de uno de los personajes ante la existencia recobrada, algo que podría asemejarse a eso que ahora nosotros llamamos “la nueva normalidad”, un concepto cuya dimensión creo que no hemos calibrado todavía. Les propongo este texto para que, a partir de las palabras de una escritora que mira la realidad y quiere comprender sus misterios, reflexionemos como individuos y también como institución universitaria sobre qué lecciones y qué consecuencias podemos extraer de la situación actual:

“Solamente el tío Emil se negó a regresar a la cátedra de Historia. Prefirió ser maestro de escuela, enseñar a los niños a escribir la «b» con la «a», «ba» y a aprender de memoria la tabla de multiplicar. Esto le ocupaba solo una pequeña parte de su espíritu. Todo el tiempo libre lo pasaba en su huerto, que llegó a ser su pasión, y de noche, durante los largos insomnios que ninguna prescripción médica lograba vencer, leía sin cesar, con una especie de placer insaciable, casi beatífico. En numerosas ocasiones me confesó que lo único que había echado de menos y que no había podido reemplazar en su larga aventura era la lectura, pero, extrañamente, no la lectura como acto de conocimiento; no echaba de menos el contenido de los libros leídos que, por lo demás podía recordar, ni el de los que le quedaban por leer, con los cuales podía soñar, lo que le faltaba era el acto de leer en sí. En cuanto a la isla, ha quedado presente en su vida para siempre. No solo no ha hecho ningún esfuerzo por olvidarla, sino que ha mantenido por todos los medios el recuerdo vivo de esta célula arquetípica de vida, que consideraba una experiencia iniciática, y que, en la medida en que las nuevas condiciones se lo permitían, trataba siempre de revivir. Idealizaba cada vez más este sufrimiento y, a medida que envejecía, contraponía el sufrimiento violento de esta experiencia límite a la mediocridad de la vida actual,construyendo con una fruición incansable unos cada vez más fantásticos e ideales proyectos de pasado.”

Muchas gracias.


El discurso de Ana Blandiana al recibir el título de doctor honoris causa en la Universidad de Salamanca el 2 de julio de 2021.

Señor Rector Magnífico, autoridades, doctores y alumnos de la Universidad de Salamanca, colegas y amigos, en primer lugar quiero expresar mi más profundo agradecimiento por el inmenso honor que se me ha hecho con la concesión del título de doctor honoris causa de su universidad.

El primer doctorado honoris causa que recibí fue en la universidad que, paradójicamente, años atrás, no me había aceptado como estudiante por ser hija de un preso político. Esas circunstancias tan especiales confirieron a aquel momento una emoción mucho más intensa que la que habría debido producir normalmente, y la sensación de satisfacción adquirió el peso de una justicia retrasada contra la injusticia de la historia.

Recuerdo esa sensación aquí y ahora porque el alto honor que me concede la Universidad de Salamanca desencadena en mí emociones que van mucho más allá del reconocimiento académico y su carga simbólica va más allá de mis libros o de mi vida. No puedo dejar de pensar que, cuando a principios del siglo trece en la ciudad de Salamanca se fundaba una universidad que se convertiría en el modelo de muchas otras universidades españolas e hispanomericanas, apenas estaban empezando a constituirse los primeros principados de mi país que, arrasados por las invasiones de los tártaros, tendrían que volver a establecerse, una y otra vez.

En nuestro tiempo, en el que los derechos humanos se han convertido en el valor supremo, no puedo dejar de pensar que la esencia de estos derechos se vislumbró por primera vez aquí, hace cinco siglos, de la mano de los teólogos dominicos de la «Escuela de Salamanca», bajo la dirección de Francisco de Vitoria, que escribió sobre el derecho natural de las naciones.

Etimológicamente, la palabra símbolo significa en griego antiguo «unión», y no puedo evitar unir y comparar los destinos injustamente diferentes de las dos partes de Europa, y no dejo de conmoverme ante el hecho de que, desde mi universidad a la suya, he tenido que recorrer no sólo la distancia de 3000km, sino también la de los seis siglos que nos separan. Y el hecho de que nombres como Miguel de Cervantes, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Calderón de la Barca o Miguel de Unamuno, todos ellos relacionados con Universidad de Salamanca, sean piedras fundacionales de mi construcción intelectual y espiritual, sin cuyo legado yo no sería hoy lo que soy, significa que no sólo el alto título que ahora me conceden, sino que también una parte de mí pertenece a su universidad. En este sentido, quisiera aprovechar esta ocasión para hacer una confesión: hay un momento inolvidable en mi vida, el momento en que descubrí la vibrante exclamación de Unamuno “Me duele España”, que, a lo largo de los años, se ha convertido para mí en la expresión de la asunción absoluta del destino colectivo, una expresión que he adoptado y adaptado con gratitud cada vez que Rumanía me ha dolido.

La solemnidad con la que les agradezco este honor encierra algo más que meras emociones circunstanciales. Expreso mi agradecimiento al Departamento de Lengua Española, a la Facultad de Filología y al Claustro de Doctores de la Universidad de Salamanca, así como a todos mis traductores al español, todos ellos vinculados con la Universidad de Salamanca a quienes debo la difusión de mis libros en el mundo hispanohablante así. Por último, quiero expresar mi agradecimiento a los lectores que percibo reunidos alrededor de mis páginas como las palmas alrededor de una llama, para que no se apague con el viento.

PALABRAS acerca de las PALABRAS

La historia de la poesía no es más que la historia de la lucha entre el qué y el cómo, una historia tanto más feliz cuanto más incierto sea el resultado de la lucha, cuanto más tienda hacia la igualdad la relación de fuerzas. Desde la creación del mundo, los poetas se han dividido en dos grupos reivindicándose desde uno u otro de ambos términos; esta pertenencia no significa realmente una opción sino una prioridad. Existen poetas para los que el cómo está contenido en el qué, fluye desde él, al igual que la forma y el color de la fruta nacen de la necesidad de traer el hueso al mundo. Existen poetas para los que el arte no es más que «una búsqueda y una experiencia del lenguaje», «un cierto orden de palabras» (Gaetan Picon), y según su parecer, es lógico que el qué no sea más que una cantidad insignificante contenida en este inmenso espacio inventado por el cómo. En efecto, he aquí un verbo, “inventar”, que podríamos utilizar como papel tornasol: mientras que los primeros no inventan, sino que buscan y extraen, como un mal necesario, como un compromiso fatal con la materia, la expresión material de lo inexpresado, los segundos conciben el arte como una invención continua de juegos ingeniosos, de hábiles artificios. Inventar es para algunos un pecado mortal, y para otros un orgullo creativo. . .

Por supuesto, todo esto es válido en el marco de la reflexión sobre la poesía figurativa, una poesía en la que las palabras siguen reflejando las ideas, así como en la pintura figurativa, las imágenes siguen reflejando las cosas. No es el caso del siglo pasado, de la poesía después del estallido de la crisis del lenguaje, de la poesía escrita por poetas que «únicamente reconocen las palabras a medias», como dice Bergson; no es el caso de la poesía en la que las palabras ya no son el espejo de los objetos, sino que son ellas mismas los objetos, unos ladrillos colocados uno al lado del otro, enyesados, que no forman significados sino realidades.

Puesto que nací a mediados del siglo pasado, no puedo eludir esta disolución, por lo demás brillante y feliz, de la relación entre el mundo y la página. Pero sueño con obstinación que los blandos y fluidos espejos de las palabras sigan sugiriendo las ideas, por muy alejadas, deformes y anamórficas que sean, del mismo modo en que los elásticos relojes de Dalí no dejan de sugerir el tiempo, aunque sean incapaces de indicar una hora exacta. Por la tenacidad de este sueño, que me va a perseguir siempre (mientras todo el mundo mirará el espejo de los versos como un objeto maravilloso que se basta a sí mismo), nace la pregunta que tiembla de tanta curiosidad: ¿qué es lo que se ve – reflejado, por supuesto, e irreconocible –qué es lo que se ve en realidad en el espejo ?

Existen no sólo palabras sin trabajo, como dijo algún crítico en alguna ocasión, sino también palabras que pretenden trabajar y otras que se inventan oficios. Además, a menudo estás últimas parecen más simpáticas que las ocupadas y responsables que, cuanto más se afanan, menos divertidas son. No es el único ámbito en el que a las palabras se las trata como si fueran personas, ni el único dominio en el que la falta de sentido se confunde con la libertad. Las palabras son una prisión, más allá de la cual –es cierto– la poesía no podría existir.

Me doy cuenta de que lo que digo puede interpretarse fácilmente como una blasfemia, siendo la palabra –el logos– la verdadera señal de nuestra salida de lacondición animal, el signo inequívoco del vínculo con la divinidad. El no conformarse con esta palabra interpuesta y palpable, que se puede sentir con el oído y disecar con el pensamiento, es, sin duda, una arrogancia, en un orden en el que el alma sólo puede existir encarnada. Y, sin embargo, ¿qué es la religión sino el intento de imaginar el alma libre, que existe por sí misma? ¿Qué es la poesía sino el poder de soñar lo que se esconde detrás de las sílabas?

La poesía es la que me ha dado, al igual que un sexto sentido, la sensación de la presencia del otro en el mundo circundante. Otro que me mira desde las piedras, desde las plantas, desde los animales, desde las nubes. Otro, que sólo en momentos de gran fatiga se llama NADIE.

Si perece, la metáfora no lo hará por el agotamiento de sus posibilidades latentes, sino por la exacerbación de las mismas. Puesto que, según la definición de los manuales, la metáfora es un símil que ha renunciado a un término, y al estar demasiado segura de sus posibilidades de expresión, lo único que le puede pasar en el futuro, dada su evolución hasta ahora, es que ¡renuncie también al último término que le queda! Lo que digo es, por supuesto, una paradoja e incluso una broma, que no nos aleja demasiado de la realidad. A lo largo de los milenios, en la poesía nada ha cambiado más que la psicología de la metáfora. Cada vez más complicada, críptica hasta el hermetismo, épica hasta el exhibicionismo, la metáfora ha sido, de todo lo que parece constituir la poesía, la parte más plástica, la más dispuesta a amoldarse al espíritu de los tiempos. 

Sin duda, la poesía se ha vuelto cada vez más incomprensible; pero ¿los tiempos no son también cada vez más incomprensibles? Obviamente, las metáforas del siglo XXI son más absurdas, más irracionales que las de los siglos anteriores, pero ¿no será que el mundo que reflejan resulta también infinitamente más difícil de entender que el antiguo? ¿No es más irracional conducir una moto que un caballo? ¿No era más lógico vestirse de lana que de petróleo? Pero todo se conecta y todo se transforma en este universo en el que las metáforas tampoco son más que una especie de gafas para ver lo que el poeta cree que hay que ver, unas gafas que, como otras cualesquiera, se construyen según los defectos del ojo del que mira.

Para mí, la inspiración no excluye la razón, sino que la intensifica, la lleva a un estado de incandescencia y, en casos felices, la hace refulgir. Además, no sé si la inspiración es un nombre adecuado para ese estado de intensificación de todas las fuerzas del espíritu, para esa efervescencia del alma y del intelecto en la que los límites del propio universo parecen ceder respetuosamente ante un poder que los supera en tensión. Siempre he considerado la inspiración como un estado misterioso, pero no incontrolable. Es una luz poderosa que, mientras brilla, aclara todo el universo. Es un fuego que no enciendo yo misma, pero cuyas condiciones he aprendido con el tiempo, sé qué es lo que lo mantiene encendido y lo que puede apagarlo. Vuelvo pocas veces y un poco a regañadientes a los manuscritos redactados en esos momentos felices, pues dudo de que el juicio en frío, después de que se haya apagado la luz, pueda superar a los pensamientos cargados de electricidad de entonces. La mano que corrige, en cambio, se siente, cada vez más avergonzada por una impertinencia, abochornada como por una mezquindad.

He hablado de la felicidad pensando en los momentos de inspiración, y no creo haber exagerado; en todo caso, no conozco un estado de dicha superior a esta intensidad espiritual, que nunca me ha parecido malsana sino, por el contrario, milagrosa como un toque de salud perfecta, como un despertar (a la verdadera vida, a la vida de todos los recursos vitales) del sueño ordinario y general, como una visión súbita y extraordinariamente clara de una vista apenas vislumbrada habitualmente. Creo que no me equivoco al afirmar que sólo el hecho de disfrutar de esta felicidad única, de sentirse casi culpable por disfrutarla, a diferencia de la mayoría de la gente, puede hacer que los poetas asuman todo el sufrimiento del resto de la humanidad. Pues he aquí que una de las grandes paradojas de la creación es que, aunque se alimente sólo del dolor, consigue, no obstante, hacer feliz a quien lo sufre. De ello se deduce, curiosamente, que puede haber poetas felices, pero no personas capaces de convertirse en poetas cuando son felices.

Existen poetas que se niegan a comunicarse y otros que permanecen en secreto incluso en la comunicación. Y luego está el misterio capaz de latir más allá de aquellos que tienen la sensación de que lo han entendido todo. Siempre he soñado con un texto con varios niveles, cada uno perfectamente inteligible, autónomo y diferente, como esos muros de monasterios medievales pintados con paisajes en los que, desde ciertos ángulos, se revelan figuras de santos.

El modelo de poeta (de una generación, de una época, del futuro), depende, creo, del modelo del mundo al que nos referimos. En un mundo feliz, desprovisto de dramatismo y de conflictos, el poeta podrá encerrarse en su propio arte, ensimismarse en experimentalismos, elevarse hacia las nubes de una belleza indiferente, sin que los demás se sientan traicionados por él; mientras que, en un mundo infeliz, asaltado por problemas contradictorios, injusticias y falsedades, él, el poeta, se sentirá desdichado y dramáticamente solidario y comprometido con el sufrimiento que le rodea. Cuando es feliz, la gente otorga al poeta una libertad parecida a la indiferencia; sin embargo, en la desgracia, la gente siente la necesidad de acercarse a la poesía.

A menudo tengo la extraña y paradójicamente halagadora sensación de que no estoy escribiendo yo, sino que otra persona está escribiendo a través de mí cosas que ni siquiera se me habían ocurrido y que ni siquiera había sospechado un momento antes de escribirlas. Quizás debería ofenderme mi total dependencia de fuerzas sobre las que no puedo influir, pero me siento feliz y orgullosa como una dama de la corte a la que el rey le ha dado un hijo. El punto de partida es la sensación, que siempre he tenido, de que no soy yo la que quiere escribir, de que yo no me propongo escribir y de que, en definitiva, no soy responsable de lo que he escrito. Y, aunque la página final sea el resultado de mi trabajo, no puedo evitar sentir que está firmada de forma un tanto abusiva con mi nombre. Y, pese a que me doy cuenta de que esto es absurdo, no puedo reprimir un pequeño sentimiento de culpa por la forma en que me beneficio de dones que no son totalmente míos.

Y, sin embargo, escribir se ha convertido para mí en una necesidad vital en la que la obligación de expresarme determina la obligación de existir para ser expresada. Soy como un vellón de lana que sólo existe en la medida en que alguien lo hila.

Muchas gracias


Poemas inéditos en español de Ana Blandiana

Poezii – Poemas (1974)

Genealogía

Alguien sueña con nosotros
Soñado a su vez
Por otro,
Que es el sueño
De un sueño
Particular.
Absortos por la somnolencia,
También soñamos con un mundo
Salvajemente atormentado en el sueño.
Soñando,
Somos el eslabón tierno
En la fila sin comienzo que no ha de acabar
Nunca,
Aunque
Bastaría
Un solo grito
Lo bastante fuerte como para poder despertar
A medias
Al primer Señor
Del sueño,
El que duerme
En los cimientos de los mundos
Soñados.

Balada

Mi Señora,
Mi señor,
Incluso
Los que os han conocido
Se quedan mudos.
De sus manos viajan las palabras
A las aves, alimento
Que les regala
Sin quedarse nada,
Ni una oración,
Ni una imprecación,
Se queda solo
Sin mancha,
Casi no nacido.
Las palabras-semillas,
Arboledas de sílabas,
Palabras-estaciones,
Caben en su ojo,
Pero
En vano–
En su lágrima
Sólo las abejas
Saben beber, ––
Sólo las mariposas
Se van a enterrar.

Sílabas

Algunas veces imploro
A mi voz, cual si un venado,
Sin razón, hubiera ocultado
Un escudo de unicornio.
Asombrada, oigo cómo transforma
Mi torpe juicio reyes y deidades
Y entre ellos conversan en una lengua –
De la que se ha perdido la memoria.
Extrañas, se juntan en mi pecho
Sin mi intervención, las sílabas,
Despiadadas y altivas.
Ya no me asombro.
Escucho, espero,
Cuento cómo, escasas y frías, gotean
De mi boca redonda pero lejos,
Como si estuvieran entre luceros,
La muerte y mi vida eterna. 

Entre mundos

Transito de una vida a otra
Acariciando suavemente
La corona del león del sueño
De la entrada.
Se ha acostumbrado a mí,
A mi constante desaparición al alba,
A mis constantes regresos
Crepusculares.
Vencida, a veces,
Ya no logro alcanzarle.
Entonces se levanta,
Me coge la cabeza entre sus dientes
Con cariño
Y me arrastra despacio.
Otras veces
Ya no sé volver del sueño.
Entonces me sigue
Por el laberinto,
Me indica
Rugiendo
Que me va a salvar,
Que espere inmóvil
En el recuerdo,
Para que me encuentre
Y me lleve
A su reino.
Oh, su maravilloso reino,
Tierra frágil,
Tierna frontera
De horas
Entre dos mundos que se devoran
Arrancándose el uno al otro
Sin cesar.

Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa.

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