Cuenca. Una historia. Una mirada. Antonio Texeda
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Cuenca. Una historia. Una mirada. Antonio Texeda

Cuenca es una ciudad-museo en su conjunto; y también tierra de sorpresas y encantamientos.

La prestigiosa fotógrafa estadounidense, Berenice Abbott, conocida por sus retratos de intelectuales, artistas y mecenas el París de los años 20​ y de personalidades de la cultura, la arquitectura y la vida urbana de la ciudad de Nueva York de los años 30, llegó a afirmar que “El fotógrafo es el ser contemporáneo por excelencia; a través de su mirada, el ahora se vuelve pasado”. Y, por su parte, la escritora, novelista, filósofa y ensayista, así como profesora, directora de cine y guionista estadounidense, Susan Sontag, también estadounidense, de origen judío que, “La fotografía tiene la capacidad peculiar de transformar todos los temas en obras de arte”.

Ciertamente, la fotografía es un arte: el arte que interpreta la realidad, convirtiéndola en imágenes. En este sentido, siempre he considerado que un fotógrafo es un artista que tiene la capacidad de expresarse creativamente por medio de una cámara fotográfica, mediante el sabio manejo de la luz y la imaginación; y que, con su arte, nos traslada determinados mensajes y emociones. La lista de grandes artistas fotográficos es innumerable y ofrece una fascinante mirada a la rica diversidad que esta disciplina ofrece: el retrato, el reportaje, la naturaleza muerta, el paisaje, la publicidad, el nocturno, aéreo, científico, etc. El conquense, Antonio Texeda, es uno de estos grandes artistas capaces de elevar a categoría de hecho extraordinario un hecho simplemente cotidiano.

Hasta hace unos días la sala de exposiciones del Centro Cultural Aguirre de Cuenca acogió la muestra titulada: “Cuenca. Una historia. Una Mirada”. Se trataba de una selección de 60 imágenes en blanco y negro del artista conquense, pertenecientes a su basto archivo fotográfico compuesto por más de 80.000 negativos, generados durante medio siglo. Fue organizada y financiada por sorpresa por amigos del artista, para reconocer su relevante trabajo de difusión de Cuenca, en su doble faceta de fotógrafo de prensa, así como la de corresponsal y cámara de Televisión Española durante casi 40 años.

Desde el punto de vista organizativo, la exposición estaba dividida en cinco bloques temáticos, plasmando artísticamente la historia de Cuenca y su provincia: lugares, tradiciones, labores, personajes e históricas. Las fotografías, impresas en formato polaroid, iban acompañadas de un texto explicativo, a fin de facilitar al visitante todas las características de la obra gráfica contemplada.

Además, para su contextualización, una pantalla presentaba cada semana 150 imágenes diferentes, proyectadas durante diez minutos, relacionadas con acontecimientos, lugares y personajes de Cuenca.

Y es que, Cuenca, es sencillamente Cuenca: una ciudad elevada y suspendida en el aire; que se abre en escaleras angostas, puertas de muralla, pasadizos misteriosos, callejones enjaulados, plazuelas retorcidas, rejas, escudos y balconajes.

Cuenca es una ciudad-museo en su conjunto; y también tierra de sorpresas y encantamientos. Una tierra donde lo festivo incita al recreo de sus maravillas. Las fiestas, el folklore, el refranero popular, las canciones, el costumbrismo de un pueblo son las señas de identidad de sus gentes.

Cuenca tiene un encanto especial. La Luz de la Luna convierte sus rincones, a una y otra hoz, en idílicos parajes donde lo esotérico induce a caminos contrapuestos. Cuenca eleva el espíritu y encierra el misticismo de una ciudad medieval y moderna.

De ahí que, la imponente obra fotográfica de Antonio Texeda sobre Cuenca, una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1996, ha sido concebida para trasladar visiblemente al mundo las grandes maravillas y riquezas de esta ciudad: la ciudad de la calle Alfonso VIII, una de las arterias principales del casco antiguo, que debe su nombre al rey que conquistó la ciudad en el año 1177; la de la Torre de Mangana, utilizada por los musulmanes recluidos en la ciudad como enclave defensivo; la de la Plaza de Mangana, la residencia del gobernador musulmán; la de la Plaza Mayor, otra de las joyas de la capital conquense, antigua Plaza de Santa María (en referencia a la catedral, llamada Santa María la Mayor) o del Mercado (debido a que aquí se celebraba un mercado semanal de venta de capachos, esteras, serones, pescado proveniente de los ríos cercanos y hortalizas); la de la Catedral de Cuenca, de transición entre el románico y el gótico donde, según cuenta la tradición, Alfonso VIII, ordenó colocar una imagen de la Virgen del Sagrario, que él mismo trajo montado en su caballo; o la de las Casas Colgadas, el mayor símbolo de la Ciudad, suspendidas en las paredes de la hoz del Río Húecar, con sus grandes balconadas voladizas, desafiando la gravedad.

En fin, no creo que exagere si afirmo que Antonio Texeda forma parte integrante del paisaje conquense, nacido con un genio creativo para hacer más grande la obra de Dios.

José Antonio Hernández de la Moya


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