Juventud Despierta - Eloy Sánchez Sánchez - Acalanda Magazine
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EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Juventud Despierta

Somos plenamente conscientes de que ningún país dividido y fragmentado ha alcanzado altas cotas de progreso y bienestar social. Eloy Sánchez, presidente de “Juventud Despierta”

… ¡Que no, que no…! Que aquel famoso programa musical de TVE se llamaba “La juventud baila” y, no, “Juventud despierta”. Y concreto más: en puridad, “La juventud baila” no era un programa, sino un espacio dentro del emblemático “Aplauso”, un show musical que fue emitido por Televisión Española entre los años 1978 y 1983. Me siento obligado a aclararlo no sea que, usted, amigo lector, se esté haciendo la idea de que este capítulo que he titulado “Juventud despierta” tiene alguna relación con el mundo del espectáculo. O, quizás, sí, ¿quién sabe?, pues los designios del Señor son inescrutables. Por si acaso, permítame que haga un salto en el camino y me refiera, aunque sea brevemente —ya que me he metido yo solito en el charco— a “Aplauso”, y una de sus secciones más recordadas: “La juventud baila”.

Al parecer, “Aplauso”, fue una decisión del Gobierno provisional que, por aquel tiempo, estaba redactando la Constitución Española junto con la mayoría de las fuerzas políticas. Su propósito principal era promover un programa específico para jóvenes, cubriendo un hueco dentro de la programación, donde tuvieran cabida las tendencias musicales del momento. No pretendía explorar tendencias minoritarias y de “contracultura” del estilo de “Popprograma”, emitido por TVE-2, con históricos comunicadores como Carlos Tena, Moncho Alpuente, Ramón Trecet, Ángel Casas o Diego A. Manrique, sino que fue una apuesta por difundir la música más comercial, la que estaba en las listas de ventas, explorando al mismo tiempo el fenómeno sociológico incipiente de “los fans”.

”Aplauso” comenzó a emitirse un miércoles 9 de junio del año 1978, bajo la dirección inicial del mítico José Luis Urribarri y la realización de Hugo Stuven. Recuerdo vivamente que los presentadores, cuyos nombres y rostros siguen hoy en día para muchos españoles presentes en el imaginario colectivo (Urribarri, José Luis Fradejas, Silvia Tortosa, Nacho Dogan, María Salerno, Mercedes Rodríguez, María Casal, Amparo Larrañaga, Adriana Ozores etc) manejaban una revista de papel, para hacer visible al telespectador que este programa tenía una estructura parecida al de este medio: portada, páginas centrales, póster central y contraportada.

Los que ya peinamos canas seguimos recordando con nostalgia aquel inolvidable programa de la Transición, pensado para entretener al público infantil y juvenil las tardes de los sábados. Y es que, aquel inolvidable programa musical, simboliza toda una época, caracterizada por los cantantes melódicos, ídolos de quinceañeras y una estética de pantalones campana y chaquetas de amplias solapas.

Seguimos recordando especialmente “La juventud baila”, una sección conducida por José Luis Fradejas que, aun siendo su única experiencia televisiva, continúa siendo uno de esos rostros de la televisión asociado a una época. Por cierto, no puedo pasar por alto que esta sección del programa supuso el debut televisivo de la popular actriz y presentadora Miriam Díaz-Aroca. Tampoco que, dentro de la página infantil, se produjeron los lanzamientos de grupos y cantantes tan recordados como Parchís, Enrique y Ana, Teresa Rabal o Regaliz. Y, en la del humor, los históricos Fernando Esteso, Andrés Pajares, Bigote Arrocet, Martes y Trece, Arenas y Cal, Miguel Gila, Lussón y Codeso, Los Hermanos Calatrava, Zori y Santos o las Hermanas Hurtado.

Tras el cambio de Gobierno, en diciembre de 1982, la nueva dirección de RTVE decidió pasar página, sacándolo por última vez de la programación el día de Año Nuevo de 1983.

A primera vista, esta curiosidad —finalización del programa musical “Aplauso”— no parece que pueda generar interés alguno para un historiador o estudioso de la Transición, al ser irrelevante para determinar el final de esta época histórica; sin embargo, suscita la siguiente pregunta: ¿Se podría inferir que el final de este emblemático programa infantil y juvenil marca también el final de la llamada época de la Transición? Evidentemente, la respuesta debe ser negativa. Sería muy exagerado afirmar que el final de este programa televisivo constituye un hecho histórico en sí mismo que clausura la llamada época de la Transición; sin embargo, sí podemos convenir que fue uno de las innumerables efectos colaterales del cambio de gobierno que se produjo, tras las elecciones de octubre de 1982; un hecho histórico que, para algunos, sí marcó el final de la Transición política española.

Nosotros hoy vamos a sacar a “Aplauso” con su sección “La juventud baila” del “baúl de los recuerdos”, por motivos que a continuación les expongo.

Una de las frases inolvidables de la película “Gladiator”, inspirada en una obra sobre los gladiadores del escritor estadounidense Daniel P. Mannix, estrenada el 5 de mayo del año 2000, afirma que: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”. Desconozco si uno de los principales artífices de la Transición, Adolfo Suárez (enlace a la serie de Antena 3, “Adolfo Suárez”), la vio; de lo que sí estoy seguro es de que durante toda su trayectoria vital tuvo siempre presente este principio universal de que lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad, tanto en este mundo como el siguiente.

 A través de innumerables testimonios, podemos constatar que, desde muy joven, tenía un sueño muy arraigado: llegar a ser presidente del Gobierno de España. Entre estos testimonios, leemos en la obra “Los que le llamábamos Adolfo”, de Luis Herrero que “Solía descubrirse a sí mismo escribiendo en trozos de papel su nombre y el destino profesional que acariciaban sus sueños: futuro Presidente del Gobierno”.

Sus discursos pausados, sensatos, analíticos y audaces; su cercanía en el trato personal, con el que era capaz de singularizar a cualquier interlocutor, haciendo que se sintiera la persona más importante del mundo; sus frases inmortales, entresacadas de sus grandes discursos parlamentarios o declaraciones públicas, donde aquilataba cada una de sus palabras hasta desposeerlas de impurezas indeseables con el fin de impactar, no solamente al auditorio del momento, sino también del futuro; su radiante personalidad, conformada a base de ciertas virtudes como a nobleza, gallardía, coraje, valentía, audacia, enorme intuición, patriotismo, capacidad de sacrificio, integridad moral y honestidad nos descubren a un hombre y a un político consciente de que todos nuestros actos tienen su eco en la eternidad.

En este sentido, siempre he creído que su histórico discurso de dimisión — minuciosamente elaborado— del 29 de enero de 1981, para explicar a la sociedad española, las razones que le llevaron a presentarla de modo irrevocable, estaba pensado en clave de juicio para la historia. Entre estas razones se encontraba la de haber llegado al convencimiento de que su marcha era más beneficiosa para España que su permanencia en la Presidencia, aclarando que no se iba por cansancio, ni por haber sufrido un revés superior a su capacidad de encaje; tampoco por temor al futuro; se iba, en fin, porque las palabras parecían no ser ya suficientes y era preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos.

En un interesante artículo de opinión titulado “Adolfo Suárez, una personalidad irrepetible”, Enrique Castaños, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Málaga, afirma que el fallecimiento de Adolfo Suárez “dejó a España sumida en una verdadera orfandad, pues los valores humanos, cívicos y políticos que él encarnó de modo irrepetible e inmarcesible, ni se han dado posteriormente en ningún personaje público español, ni se dan en las actuales circunstancias históricas, y es muy posible que con extrema dificultad se vuelvan a dar en el futuro, si es que alguna vez―¡Dios lo quiera!―surge en España un hombre de su talla, de su valía y de su grandeza. Esta grandeza se ha ido acentuando y consolidando con el paso del tiempo, no como una entelequia retórica y vacía, sino como una característica real e incontestable de Adolfo Suárez como hombre, es decir, como persona y como servidor público”.

Pues bien. Compruebo que esta reflexión del profesor Castaños, realizada para homenajear la figura de Adolfo Suárez, vuelve a ser de plena actualidad. Resulta que “La Juventud Despierta”, una asociación de estudiantes de la Universidad Carlos III, ha conseguido hacer viral la publicación de un fragmento de una entrevista realizada por la periodista Mercedes Milá a Adolfo Suárez, dentro del programa de TVE, “Jueves a jueves”, que fue emitida el 22 de mayo de 1986. En esta entrevista, Suárez, dibujaba fielmente un panorama político muy parecido al que podemos contemplar en nuestros días. ¿Se situó entonces el conductor de la Transición en “modo Gladiator”, pensando en que algún día sus palabras fueran recordadas para que sirvieran de inspiración para las posteriores generaciones?

Mercedes Milá, la periodista que innovó el género de la entrevista con sus preguntas directas e incisivas, y tuvo el privilegio de hacerle esta histórica entrevista, ha comentado que no le resultó sencillo entonces que Adolfo Suárez se la concediera porque, como gran conocedor del mundo audiovisual, sabía perfectamente lo que podía ganar, pero también lo que podía perder. Finalmente, me la dio —ha declarado— ya ‘in extremis”, siendo emitida en mi programa “Jueves a jueves”, el jueves anterior al comienzo de la campaña electoral.

La entrevista en cuestión no tiene desperdicio. Al visualizarla de nuevo nos encontramos con estas profundas reflexiones:

  • “Hay que hacer muchas transformaciones hacia las metas e ideales de justicia porque, si no, nos instalamos en un pragmatismo en el que vale todo con tal de continuar en el poder”.
  • “Hemos transmitido, mal quizá, la imagen de que no nos importa más que conseguir el poder o permanecer en él”.
  •  “Los valores son imprescindibles cualquiera que sea la ideología que tenga un ciudadano, por una razón muy sencilla: si no, no alcanzaremos jamás la modernidad ni conseguiremos que España sea un país respetado y respetable en el interior, y respetado y respetable fuera”.

Con estas y otras perlas de sabiduría política, Adolfo Suárez pretendía, lógicamente, ganarse la confianza de su electorado; pero, quién sabe, si también fueron pronunciadas por él para dejar una impronta, una huella, un eco para la posteridad.

La batalla electoral se celebró el domingo 22 de junio de 1986. El presidente del Gobierno, Felipe González, había firmado el 28 de abril el decreto de adelanto electoral, aprovechando el éxito político del Gobierno obtenido en el Referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, celebrado el 12 de marzo. En estos comicios, el PSOE logró revalidar la mayoría absoluta obtenida en 1982, aunque con 18 escaños menos y la pérdida de más de un millón de votos. Alianza Popular de Manuel Fraga se consolidaba como la segunda fuerza política, tras la definitiva desaparición de UCD en 1983. El CDS de Adolfo Suárez se convirtió en la tercera fuerza política, con 19 diputados. Y la llamada «Operación Roca», el proyecto político novedoso liderado por el político catalanista, Miquel Roca, creado para ocupar el espacio político del centro, fue un rotundo fracaso, al no conseguir ninguna representación parlamentaria.

De aquella época se sigue recordando el incidente televisivo, producido tres días antes de las elecciones, en el que, en un resumen del partido España-Dinamarca correspondiente al Mundial de fútbol “México-86”, de la segunda edición del Telediario de Televisión Española, se sobreimprimió la palabra “PSOE”, en el primer gol de la selección española, marcado por Emilio Butragueño. ​El incidente trajo cola, siendo considerado por diversos sectores como manipulación informativa.

Desde aquellos años apasionantes, en los que se sentaron las bases de nuestro actual sistema democrático, ha llovido mucho, como solemos decir. Lamentablemente, hoy, contamos ya con innumerables opiniones autorizadas que nos alertan de un ataque permanente a los pilares esenciales de la democracia. Y la sociedad civil, percibiendo una degradación muy seria de estos fundamentos esenciales que rigen la convivencia entre todos los españoles, está empezando a alzar su voz.

“Juventud Despierta” es una de las innumerables voces de la sociedad civil. Sus miembros se describen como una agrupación juvenil que surge contra la manipulación política, la tergiversación histórica y la polarización social; además, consideran que su asociación está alejada de ideologías y con una visión crítica, transversal y renovadora de nuestra sociedad.

—No pretendemos ocupar ningún espacio político —me comenta con absoluta convicción Eloy Sánchez, presidente de “Juventud Despierta”, en un encuentro que mantenemos en la Universidad Carlos III de Madrid—, sino hacer que estos espacios políticos sean ocupados por la razón, sofocando los incendios provocados por las ideologías políticas que, en lugar de centrar sus esfuerzos en la búsqueda de puntos que unen, lo hacen en los que desunen. 

—¿Pero entonces —le pregunto— partís de la base de que las ideologías son perjudiciales per se para la sociedad?

—Cuando hablamos de ideologías —me aclara— no nos estamos refiriendo a las ideas basadas en profundos fundamentos filosóficos, sino a esas ideas vagas, vacías de contenido, concebidas sólo y exclusivamente para conquistar el poder. Esas que tienen la facultad de adaptarse al entorno, al contexto histórico y social del momento con el propósito principal de alcanzar objetivos políticos. En este sentido creemos que el expresidente Adolfo Suárez se refirió a ellas en su famosa entrevista con Mercedes Milá. Nos advirtió de los peligros de “instalarse en el pragmatismo”, un modo de entender la política en el que todo vale, con tal de permanecer en el poder.

—Aceptando este evidente estado de cosas, en el que la política ha dejado de ser un instrumento para mejorar las condiciones de los ciudadanos… ¿Qué labor pueden hacer las nuevas generaciones para revertir esta situación que no beneficia a la sociedad en su conjunto?

—Somos conscientes de que revertir la actual situación en la que se ha instalado esta vieja política no es fácil. Sabemos que no podemos irnos a dormir por la noche deseando fervientemente que las cosas cambien para bien, y despertarnos a la mañana siguiente viendo cumplido el sueño deseado. Somos conscientes de que hay mucho por hacer, pero como dice un viejo proverbio: “Todo largo camino comienza con un primer paso”. Creemos que nuestra asociación “Juventud Despierta” ya ha dado este primer paso, determinando en nuestros estatutos combatir la polarización social como objetivo esencial.

—¿Por qué consideráis que la polarización social debe ser el principal objetivo que se debe combatir?

—Porque somos plenamente conscientes de que ningún país dividido y fragmentado ha alcanzado altas cotas de progreso y bienestar social. Por este motivo, es necesario fomentar desde los primeros años una educación basada en la tolerancia y la comprensión del que piensa diferente a nosotros. Porque, en esencia, ¿en qué consiste la democracia? Hoy parece que consiste en vencer al adversario político; a construir mayorías para aplastar políticamente a las minorías. Sin embargo, la verdadera democracia no consiste en vencer hasta eliminar, sino en convencer hasta sumar. En este sentido, podemos considerar a Adolfo Suárez como una clara encarnación del “espíritu democrático” por su tolerancia y capacidad de diálogo con todo el mundo.

—Sí, en efecto, Adolfo Suárez, llegó a decir que “A su juicio, la Transición fue, sobre todo, un proceso político y social de reconocimiento y comprensión del distinto, del diferente, del otro español que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsaban y, que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, el que completa mi propio yo como ciudadano y como español, y con el que tengo necesariamente que convivir porque sólo en esa convivencia él y yo podemos defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar nuestras propias ideas”.

—Por esto mismo nuestra “Juventud Despierta” —me explica— pretende alertar sobre los peligros que tiene para la democracia la polarización. Estamos totalmente en contra de las etiquetas o generalizaciones del tipo: “tú eres un rojo” o “tú eres un facha”; tú eres de derechas y tú eres de izquierdas; o tú estás conmigo o tú estás contra mí. Muy al contrario, estamos firmemente convencidos de que se deben construir puentes entre los diferentes modos de ver la vida; que hay que integrar en lugar de dividir. Porque, como muy acertadamente afirmó el expresidente Suárez la verdadera democracia se basa en el reconocimiento y comprensión del distinto, del otro español que no piensa como yo y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario.

—Sí, conforme, a mí también me parece que la tolerancia y la comprensión del que no piensa como uno son esenciales para articular una sociedad plenamente democrática, pero me asalta una duda de orden filosófico. ¿Qué tipo de tolerancia es la que debemos de promover? Te lo digo porque el escritor ruso Dostoyevski escribió que llegará un día en que la tolerancia será tan intensa que se prohibirá pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles. ¿No crees, Eloy, que ese día ha llegado ya?

—Ciertamente. No cabe la menor duda de que ese día ha llegado ya. Lo observamos cada día en la radicalización de los discursos; en la falta de consenso; en la pérdida de confianza en cualquier tipo de institución, incluida la que proviene de las comunidades de expertos; en la proliferación de realidades alternativas y fake news; en los análisis televisivos y radiofónicos de la información, donde cada analista defiende su tesis sin ni siquiera escuchar y evaluar la de su compañero; lo vemos de igual manera en los magazines, donde los platós se convierten en jaulas de grillos, en auténticas batallas campales entre los tertulianos que, como auténticos sabuesos, no permiten que nada ni nadie les arrebate su hueso… en fin, el panorama es desolador.

—Lo es, sin duda —le confirmo. Se podría afirmar, incluso, que estamos ya inmersos en un estado social deshumanizado donde cada cual campa por sus respetos, convencido —erróneamente— de que es libre, cuando no lo es; ignorante de que se halla enjaulado, en una especie de “Matrix”; en un confinamiento físico y mental; en un ecosistema alimentado por la “hipermediatización”.

—Una “hipermediatización” —me comenta recogiendo el guante de mi reflexión anterior— que condiciona (manipula, sería la palabra más apropiada) a las masas en una dirección determinada, la diseñada por ciertas élites.

Compruebo que coincidimos totalmente en el análisis de la situación por la que atraviesa, no sólo España, sino el mundo en su conjunto. Por ello, desde nuestra asociación, “Juventud Despierta”, estamos denunciando que, incomprensiblemente, en nuestro siglo XXI se sigue ejerciendo la censura más brutal para acallar al discrepante, algo que parece más propio de otros tiempos que creíamos ya superados; que estamos instalados en una cultura de la sinrazón, donde predomina el poder de las masas, dispuestas —si fuera preciso— al linchamiento mediático.

—Interesante, muy interesante, tu análisis. ¿Sabías que el filósofo español, José Ortega y Gasset, ya escribió sobre este previsible panorama en el que ya estamos inmersos?

—¿A sí?

—Sí. Expuso esta tesis en su famosa obra, “La rebelión de las masas”. Un libro —le explico— en el que analiza la crisis política y social que sufría Europa en su época. Evidentemente, no fue el único pensador en detectarla, pero su análisis fue especialmente importante, ya que para él las causas de tal situación radicaban en la generalizada distribución del poder social entre las masas, un aspecto del que vosotros, los jóvenes de “Juventud Despierta” os habéis percatado.

Pues bien. Creo que su análisis de entonces es válido para los tiempos de hoy. Porque, a mi juicio, la “rebelión de las masas” no es un fenómeno privativo del siglo XX, ya que se ha abierto paso hasta el XXI y, además, está cobrando impulso.

—Vaya, me alegra mucho que nuestra percepción de la presente realidad social y política coincida esencialmente con lo que Ortega y Gasset pronosticó. No cabe duda —porque salta a la vista— que la llamada “rebelión de la sinrazón” es ahora un problema mundial. Nos enfrentamos a ella en la vida cotidiana, plasmada en diversas formas de absolutismo y fundamentalismo que ponen en peligro los fundamentos básicos de la civilización. Lo vemos cada día en la uniformidad del pensamiento, en el eclipse de la alta cultura y en la extinción de los valores éticos y morales perennes.

—… lo que hace que la intolerancia reine en todos los ámbitos de la sociedad y la política —apostillo.

—Pues sí. Los sociólogos han denominado a esta intolerancia “censura horizontal” o “cultura de la cancelación”, un fenómeno muy extendido ya en nuestra sociedad que consiste en retirar el apoyo —financiero, digital, social, etc—, a aquellas personas u organizaciones que se “salen del tiesto”, esto es, que no comulgan con el pensamiento generalizado, haciéndolo patente mediante opiniones, comentarios o acciones calificadas como “políticamente incorrectas”. Y lo más sangrante de todo: que esta brutal demonización se produce con independencia de su veracidad o falsedad, ya que la maquinaria represiva se pone en marcha automáticamente, una vez que esas personas o instituciones resultan ser incómodas para “El Sistema”.

—¡Uff! —exclamo. Un panorama muy distópico u orwelliano…

—Lo es, sin duda. De igual modo que George Orwell describe en su famosa novela “1984” una sociedad distópica, es decir, ficticia e indeseable en sí misma, no libre y abierta, controlada por la propaganda, la vigilancia, la desinformación, la negación de la verdad y hasta del pasado, hoy contemplamos una sociedad alienada en la que se acalla sistemáticamente al discrepante, con un brutal linchamiento mediático. Una demonización que, alentada generalmente por políticos, personajes públicos, “influencer” y medios de comunicación, conduce irremediablemente a la sociedad a la intolerancia, la polarización y al enfrentamiento.

—Nuevamente sale a relucir en tu reflexión la palabra tolerancia. Y llegados a este punto voy a tratar de ponerte en cierto aprieto intelectual. Te haré una pregunta, de esas que a veces ponen los profesores universitarios para subir nota.

Verás. Cuando te pregunté si pensabas que ya había llegado el día en que la tolerancia había alcanzado un cierto grado de intensidad —siguiendo a Dostoyevski— capaz de conseguir prohibir pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles, me respondiste que no cabía la menor duda de que ese día ha llegado ya, con un razonamiento para mí muy convincente. Sin embargo, me surge una duda relacionada con la esencia de la tolerancia. ¿Es deseable en las presentes circunstancias?

—Sí. Yo creo firmemente en que siempre es deseable fomentar la tolerancia. En esencia, la tolerancia, consiste en respetar las opiniones, ideas o actitudes de las demás, aunque no coincidan con las propias. Pero ello no debe implicar que, para no molestar a los imbéciles —de acuerdo con el planteamiento de Dostoyevski— se prohíba pensar a los inteligentes.

En estos momentos la verdadera tolerancia brilla claramente hoy por su ausencia. Nuestros políticos, por lo general, no la fomentan; muy al contrario; dirigen sus mensajes, discursos y acciones hacia una masa —su target o público objetivo—, enrocada en la dicotomía de izquierda o derecha. Masas sociales movidas por las emociones más primarias, que prevalecen por completo sobre la razón. Por desgracia, la capacidad de discernimiento queda reservada a unos pocos discrepantes con la docilidad ideológica. Con este modus operandi al que lamentablemente hemos llegado es cuestionable afirmar que en España existe la democracia.

—Correcto —asentí. Mira, precisamente, el economista, escritor y humanista, José Luis Sampedro, en un video del año 2011 que se ha hecho viral, titulado “Educados para no pensar”, afirma sin rodeos esto mismo que tú acabas de comentar: que en España no existe la democracia. Tampoco fuera de nuestras fronteras, según Sampedro. Porque, se pregunta en este video: ¿Es aceptable la elección de Berlusconi como presidente de Italia, por el pueblo italiano?; ¿Es aceptable que el pueblo norteamericano reelija a George Bush, tras haber quedado demostrado que el ataque militar ordenado al Régimen de Iraq por, supuestamente, contener armas de destrucción masiva, no estaba basado en la verdad?; ¿Es que la gente está loca?. No —se responde—, yo creo que no, lo que está es manipulada.

Así que, la llamada “opinión pública” no surge del pensamiento reflexivo de la gente. Esto pasa a juicio de José Luis Sampedro por dos razones:

1ª.- Porque no estamos educados para pensar. No estamos educados para formar lo que él llama el “pensamiento crítico”. La gente, por lo general, no piensa ni razona. Las decisiones electorales se hacen de forma visceral, por las características del que habla o por las mentiras que cuenta.

2ª.- El poder económico es el que domina los medios de comunicación, de los que se sirve para inculcar en la gente sus ideas. Por eso, la gente hoy juzga (interpreta la realidad) de acuerdo con lo que ve por televisión, oye por la radio o lee en los periódicos. Y ello sin ser consciente de lo que la ocultan.

En fin —según José Luis Sampedro— no se forma para ser verdaderos ciudadanos conscientes. La educación y los medios de comunicación, además de asentar aún más nuestros condicionamientos adquiridos a lo largo de la vida, modulan la llamada opinión pública para servir a los intereses del poder.

—Totalmente de acuerdo con el análisis de este eminente humanista. Nosotros también somos conscientes de que en nuestro actual panorama político se polariza para manipular, se manipula para polarizar y continuamente se miente. Un círculo vicioso absolutamente inaceptable. Por ello, desde nuestra asociación “Juventud Despierta” tratamos de descubrir las intenciones e intereses ocultos tras los discursos políticos. Y, así, hemos comprobado que los etiquetados como partidos políticos de izquierdas mantienen —aparentemente— una postura contraria a la unidad nacional, cuando en realidad, lo que pretenden es postularse como una opción moderada frente a los nacionalismos más radicales; por su parte, los partidos políticos catalogados de derechas apelan continuamente a la unidad nacional, pero, por lo bajini, están dispuestos a realizar concesiones que la debilitan. En definitiva, se ha llegado en España —y también en el resto del mundo— a lo que Adolfo Suárez llamó “instalarse en el pragmatismo con el fin de permanecer en el poder a costa de lo que sea”.

—Bien. En las presentes circunstancias de clara degradación de la vida política y social : ¿Qué soluciones proponéis desde “Juventud Despierta” para superar este distópico escenario ?

—Nuestra posición al respecto es muy clara. Nosotros deseamos que se supere de una vez por todas esta perpetua polarización política y social, y se fomente la tolerancia y el diálogo. Para ello, nosotros creemos hay que volver a promover la diversidad de ideas, el pensamiento crítico y la razón como vigas maestras que sostienen el edificio de nuestra convivencia. También, cuestionando los dogmas imperantes, así como las creencias y prejuicios. En fin, la cada uno de nosotros —siguiendo a José Luis Sampedro— debe desarrollar el pensamiento reflexivo con el fin de crear una “opinión pública” madura.

—¿Tenéis algún método de trabajo para desarrollar este pensamiento reflexivo?

—Pues sí. Primeramente, con la duda metódica. Una de nuestras principales máximas procede del filósofo francés, René Descartes, y dice: “Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”. Sobre esta base —la duda, el cuestionamiento, el no dar nada absolutamente por sentado, tratamos de buscar respuestas por medio del debate y la reflexión. Nos preguntamos, por ejemplo: ¿Los jóvenes vivirán mejor que sus padres? ¿Qué futuro le espera a una juventud sin pensamiento crítico? ¿Qué sociedad se puede permitir una juventud crítica sin futuro? ¿Hemos analizado las promesas incumplidas o las mentiras descaradas en campaña?¿Quién reflexiona sobre el futuro de nuestra sociedad? ¿Hasta cuándo será sostenible esta proyección social cortoplacista?

—Bien. Entiendo que como “jóvenes despiertos” (y reflexivos) que sois, ya os habéis planteado cómo conseguir una sociedad madura y reflexiva.

—Pues, sí. Creemos que ese ideal de sociedad madura y reflexiva se puede alcanzar a través de la educación permanente en valores profundos como la tolerancia, el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, la compasión; también por supuesto, el amor, el perdón o la gratitud.

Estamos firmemente convencidos de que la educación en valores profundos constituye una de las principales columnas que sostienen el edificio de una sociedad madura. Esta educación debe, además, fomentar, desde los primeros años de nuestra vida, el espíritu crítico. Todo ser humano debe desarrollar la capacidad para evaluar y cuestionar, si fuera necesario, los principios, valores y normas que tiene en su entorno, formando un criterio propio —su propio criterio— para después tomar las mejores decisiones, en armonía para todo el mundo. Indudablemente, en la formación de este espíritu crítico la lectura de libros elevadores, la reflexión, el debate y el contraste de ideas son buenos consejeros.

También, creemos que los mass media deben dar un giro de 360 grados en su forma de informar, educar y entretener. Sus programaciones deben ir dirigidas a informar verazmente, no a desinformar o a manipular; a formar personalidades selectas, no masas aborregadas irreflexivas; a entretener de modo saludable, desterrando la violencia gratuita y otras de carácter pernicioso y no edificante. En fin, conscientes de que los mass media tienen un papel fundamental en la formación del espíritu crítico, deben ser coadyuvantes en la formación de una sociedad madura.

—Así debería de ser, porque, como escribió Ortega y Gasset en un memorable artículo publicado en el diario “El Sol”, en el año 1922, titulado “Patología Nacional”: Mientras no corrijamos este quid pro quo no adelantaremos un paso en la inteligencia de lo social”.

José Antonio Hernández de la Moya y José Francisco Adserias Vistué en EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

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1 comment on “EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Juventud Despierta

  1. Felipe Chaneta

    Nuestra Transición, a través de la Constitución, dejó escrito qué debían hacer los partidos políticos, los poderes públicos y los ciudadanos para que nuestra Democracia -y todo lo que representa- gozara de buena salud y perviviera. Los primeros, por irresponsabilidad, por sesgo y porque no les ha interesado; los segundos, porque están invadidos por los primeros; y los últimos, ¡ay, los últimos: cada vez más súbditos y menos ciudadanos!, porque no han sido debídamente formados (la política educativa, desde entonces, ha sido un desastre y un mero botín de los partidos gobernantes), adolecen de referentes (independientes y veraces como Aranguren), son permanentemente manipulados (por el poder y los medios), funcionan como masa y carecen de conciencia crítica y capacidad reflexiva propia. Pero todos han incumplido las instrucciones dadas y traicionado el espíritu de la Transición.

    En su libro «La sociedad abierta y sus enemigos» (1945), el filosofo Karl Popper advertía de la paradoja de la tolerancia. Una tolerancia ilimitada de la intolerancia conduce a la desaparición de la propia tolerancia y los tolerantes. Y es que el intolerante acaba pasando por encima de argumentos racionales porque no debate para ser convencido sino para discutir e imponer su voluntad a través de la tergiversación, la media verdad, el engaño y/o la fuerza -verbal o física- (totalitarismo/populismo). Por ello, no seamos ingenuos ni torpes. Tenemos el derecho y el deber de no tolerar a los intolerantes. Es cuestión de supervivencia.

    P.D. Vivimos en una sociedad que hay que arreglar. Si somos capaces de aportar, desde la infancia, una buena educación en valores y una adecuada formación como ciudadanos, la solución está en la juventud. Ésta que entrevistas, José Antonio, nos da esperanzas. Pero hace falta más. Mucho más. Voces libres, críticas, activas, variadas, comprometidas e independientes de la llamada sociedad civil.

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