Diario de Ávila - Adolfo Suárez - Acalanda Magazine - Editorial Amarante

El 23 de marzo del año 2014 nuestro país perdió a Adolfo Suárez González, uno de los hombres más importantes de nuestra historia reciente.

Mensaje del Rey tras el fallecimiento de Adolfo Suárez
Mensaje del Rey tras el fallecimiento de Adolfo Suárez

El fallecimiento del primer presidente democrático de España tras la dictadura se produjo exactamente a las 15:00h del domingo 23 de marzo del año 2014, en la clínica Cemtro de Madrid, donde permanecía ingresado desde el lunes a causa de una infección respiratoria que derivó en neumonía. Adolfo Suárez tenía entonces 81 de edad. El portavoz de la familia, Fermín Urbiola, transmitió a la sociedad española la noticia de su fallecimiento con este escueto comunicado: «Vengo a comunicaros, por expreso deseo de la familia, que Adolfo Suárez González ha fallecido. Muchas gracias por todo vuestro cariño de parte de la familia» . De acuerdo con el parte médico, el presidente Suárez fallecía por “EPOC agudizado en el contexto de la enfermedad de Alzheimer”. La doctora internista responsable de su atención, Isabel de Azuela, subrayó que “Ha estado sereno, rodeado de su familia, con buena calidad de vida hasta el final de sus días”.

Su muerte produjo en España una eclosión de emociones colectivas. Políticos de diferentes ideologías, empresarios, sindicatos y el pueblo de forma mayoritaria manifestaron de múltiples maneras su emoción y reconocimiento hacia un político de raza, al que una cruel enfermedad había sumido de forma prematura durante muchos años en el olvido.

El sentimiento general puede sintetizarse en la idea de que todos los españoles estarán siempre agradecidos con quien supo anteponer los intereses de España a los suyos propios, para lograr un nobilísimo ideal: la recuperación de la libertad, la paz y la concordia. Sí, sobre todo, ésta última: la concordia. Porque, si hubiera que condensar en una sola frase el gigantesco legado del presidente de la Transición, ésta tendría que ser necesariamente la misma de su epitafio en la Catedral de Ávila y en los muros de la Universidad de Salamanca, recordando a uno de sus alumnos más relevantes del pasado siglo XX: “La concordia fue posible”.

El Congreso de los Diputados dispuso la apertura de una capilla ardiente en el Salón de “Pasos Perdidos” por un periodo de veinticuatro horas. Por allí pasaron para despedirse de él las principales autoridades del Estado, encabezadas por los Reyes, el presidente del Gobierno y los presidentes del Congreso y del Senado. Consumado el tiempo establecido, el féretro de Adolfo Suárez, al son de música fúnebre, abandonó el Congreso de los Diputados por la escalinata de la Puerta de los Leones, portado por un piquete de honor y en compañía de los tres ejércitos y de la Guardia Civil. Este piquete, formado por diez soldados del Regimiento Inmemorial del Ejército de Tierra se paró en la escalinata del Congreso para escuchar el himno nacional. Cuando acabó el himno, el respetuoso silencio se tornó en numerosos aplausos de la multitud congregada en la Carrera de San Jerónimo, dando comienzo al desfile militar que rindió honores de Estado al primer presidente de la democracia española tras la dictadura.

Adolfo Suárez fue enterrado dentro del Claustro de la Catedral de Ávila, donde también reposan los restos mortales del medievalista y presidente de la República en el exilio, Claudio Sánchez-Albornoz. Posteriormente, serían trasladados hasta allí desde una capilla de la iglesia de Mosén Rubí los restos de su esposa, Amparo Illana, fallecida en el año 2001 a consecuencia de un cáncer.

La sabiduría popular nos dice que el tiempo pone a cada uno en su lugar. También, como escribió Cervantes, que “Confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”. Pues sí, el tiempo o la vida que nos enseña a comprender lo fugaz de un acontecimiento o su relevancia; el tiempo o la vida que empequeñece a los hombres o les engrandece; el tiempo o la vida que, como en el caso de Adolfo Suárez, eleva a los hombres hasta el Olimpo de la Historia, un divino rincón sólo reservado para las almas grandes como la suya.

En Ávila —me confesaría seis meses después mi compañero de RNE, Pepe Pulido, la despedida de Adolfo Suárez se recibió con un profundo sentimiento de tristeza y de dolor. Es que —me subrayaba— para todos los abulenses Adolfo Suárez era más que el presidente que llevó a España a la democracia; era el hombre cercano, el amigo; el político que ante sus paisanos se transformaba en un ser cálido y simpático.

Los que le llegaron a conocer —me continuó comentando— cuentan anécdotas del Suárez niño, como un muchacho animoso y emprendedor que muy pronto mostró su inquietud por la política, recordando vivamente el rostro del hombre bondadoso, honesto y valiente que siempre fue; también su entereza ante los golpes con los que le castigó la vida, especialmente la grave enfermedad de su mujer y su hija, llevándoles a ambas hasta la muerte. ¡Sí, honestidad y entereza!… dos valores humanos que los abulenses echan de menos entre los políticos actuales. Y el día de su entierro —me afirmaba Pepe Pulido con visible nostalgia todo ese cariño se hizo lógicamente patente.

A pesar del tiempo tan desapacible, con lluvia y viento —muy extremados, por cierto— los abulenses se echaron a la calle ese día para mostrarle su cariño y respeto, y darle el último adiós a su paisano. Un aprecio que ya tuvieron ocasión de mostrarle en vida, desafiando al dicho bíblico de que nadie es profeta en su tierra. Y es que los abulenses no le abandonaron nunca, ni siquiera en los peores momentos como el de la noche de las elecciones municipales y autonómicas de 1991, un descalabro electoral para el CDS, en la que comprendió que su figura política se había eclipsado pese a sus grandes aptitudes y enormes esfuerzos. Recordemos que esa noche —otro momento muy duro para Adolfo Suárez— en una habitación de la sede que su partido tenía alquilada junto a la Puerta de Alcalá, rodeado de todos sus fieles, casi con lágrimas en los ojos, pronunció una de sus frases célebres, “A mí me quieren, pero no me votan”, retirándose unos días después para siempre de la vida política. En fin, los abulenses, en estos instantes de duelo, eran plenamente conscientes de que se iba uno de los suyos.

Al recordar esta escena histórica tan emotiva y dolorosa, ambos guardamos silencio; un largo y profundo silencio que trajo a nuestra memoria instantáneamente la imagen de miles de abulenses saliendo a las calles de la ciudad para rendirle un sincero y profundo homenaje, llenando el recorrido desde la Escuela Nacional de Policía hasta la plaza de la Catedral, con manifestaciones tan sentidas como ésta:

—“Estamos aquí porque nos sentimos abulenses, y como abulenses reivindicamos al gran hombre que fue Adolfo Suárez: una gran persona que se merece que Ávila entera salga a la calle por él”.

También, vino a nuestro recuerdo durante este inevitable silencio la imagen del Hospital “Nuestra Señora de Sonsoles”, uno de los puntos más concurridos en la recepción al cortejo fúnebre, trayéndonos dos sensaciones contradictorias: la del intenso frío, propio de un mes de marzo en Ávila y, al mismo tiempo, la del calor humano que, en aquellos momentos de altísima emotividad, desprendía la concurrida concentración compuesta por personal sanitario, enfermos y familiares, así como de personas que acudían a las consultas, que vieron la gran ocasión para rendir su particular homenaje Adolfo Suárez, uno de los suyos.

José Pulido Navas vía Taller Igitur

Esta imagen tan poderosa, emotiva, única e irrepetible, se fue ampliando en nuestra mente, captando una hilera continua desde la rotonda de acceso a este hospital hasta la pasarela, y luego por toda la Avenida de Juan Carlos I, hasta adentrarse en la ciudad, escuchando en nuestro interior los sonoros aplausos, cargados de sentido dolor y tristeza, dirigidos al que consideraban su presidente. Un unánime y profundo sentimiento de reconocimiento a su persona y a su labor. Y es que, aquí, en Ávila, a Adolfo Suárez no sólo se le quería, también se le votaba.

Cuando le pregunté a Pepe Pulido por si este aprecio que el pueblo abulense le mostró durante su emotivo último adiós podría irse diluyendo con el tiempo me respondió, sin dudarlo, que este aprecio a su juicio no iba a desaparecer en absoluto; creo firmemente, más bien, que se irá acrecentando.

Desconozco qué pensamientos y reflexiones llegaron a la mente de mi compañero y amigo, Pepe Pulido, al comentar que, a su juicio, el aprecio de los abulenses por Adolfo Suárez se iría acrecentando con el tiempo. A la mía llegó la historia del Principito y la rosa, un cuento maravilloso para reflexionar sobre la empatía, y las formas tan complejas que a veces adquiere el amor. De hecho, no es lo mismo querer que amar.

Te amo le dije.

—Yo también te quiero —dijo la rosa.

—No es lo mismo —contesté.

—He sido tonta —me dijo ella —Ahora lo entiendo. Te pido perdón. Sé feliz.

Ahora sus restos mortales reposan en la Catedral de Ávila junto a los de su esposa, Amparo Illana, por expresa voluntad de ambos —me comentó, sacándome de mis poéticas reflexiones sobre la naturaleza del amor. Luego, continuó explicándome:

Desde los días siguientes al entierro comenzaron a acudir muchas personas, y lo siguen haciendo para recordar la memoria de este hombre que ya forma parte de la Historia de España. Vienen desde todas las partes de nuestro país; también, por supuesto, abulenses porque para ellos, Adolfo Suárez, no sólo forma parte ya de la Historia de España, es que sienten que es parte de su propia vida; por lo que vienen plenamente decididos a rendirle ese testimonio de respeto y reconocimiento. En fin, este lugar se ha convertido ya casi en una especie de centro de peregrinación.

Finalmente, quise que mi compañero, José Pulido (Pepe Pulido), al que considero un periodista excepcional y también poeta, campo este último donde ha alcanzado diversas distinciones y reconocimientos, se mojara, como solemos decir en nuestro argot profesional. Así que, me lancé a la piscina, convencido de que estaría llena de agua en este caso, preguntándole por su opinión personal sobre la figura de Adolfo Suárez.

Yo creo que Adolfo Suárez —me respondió con un tono más reposado, meditando internamente cada palabra que iba pronunciando, consciente de que, en este caso, sus reflexiones podrían ser inscritas con letras de oro— no sólo ha entrado en la Historia, esto es indiscutible. Nadie puede cuestionar hoy que estamos ante una figura histórica de primera magnitud, por su contribución decisiva del paso de la dictadura a la democracia, de forma ordenada y pacífica, a pesar de los innumerables obstáculos que tuvo que sortear, así como para la concordia entre todos los españoles.

En mi opinión, para el imaginario colectivo español, Adolfo Suárez se ha convertido en una especie de “santo laico”, por favor, con muchas comillas —me aclara—; en todo caso, en un referente moral, en un ejemplo de virtud, como decían los clásicos.

A continuación, le pregunté por el legado humano que, a su juicio, había dejado Adolfo Suárez a todos los españoles.

En primer lugar, Adolfo Suárez nos dejó a todos los españoles —me respondió —la imagen muy viva de un hombre con valor y dignidad; la de un hombre que no se doblegó ante las amenazas y las balas; la de un hombre que supo guardar la calma en los momentos más difíciles, como el del golpe de Estado del 23F.

En segundo lugar, el ejemplo que nos dio con su propia dimisión de la Presidencia del Gobierno, en un país en que, la verdad, las dimisiones no son noticia habitual.

En tercer lugar, su marcha de la política, dejando para la historia una imagen nítida de político honesto, sin ningún escándalo y enriquecimiento personal.

Y, finalmente, su vida personal. Hay que recordar que, Adolfo Suárez, sufrió unos golpes durísimos, con motivo de las graves enfermedades familiares que tuvo que afrontar, por cierto, con enorme entereza y dignidad. Es público y notorio, aquí, en Ávila, el especial modo en que acompañó durante la última etapa de su vida a su mujer, Amparo Illana.

Unos golpes durísimos que él mismo también recibió directamente por medio del doloroso olvido del alzheimer, una especie de muerte en vida. Así que, yo creo que todo esto ha ido conformando este mito cívico de “santo laico”, al que me he referido anteriormente, es decir, el de una persona valiente y decidida que, tanto en el triunfo como luego en la desgracia, supo mantener una entereza humana excepcional.

En fin, yo creo que todo ello ha contribuido decididamente a que Adolfo Suárez permanezca en nuestra memoria como un referente moral, algo absolutamente necesario para cualquier sociedad, necesitada de testimonios de vida repletos de virtudes como el coraje, la honestidad o la generosidad.

José Antonio Hernández de la Moya y José Francisco Adserias Vistué en EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

Fotografías de:

DIARIO DE ÁVILA

  • Funeral de Estado

TALLER IGITUR

  • Foto de José Pulido Navas

VENANCIO MARTÍN GARCÍA

  • Catedral de Ávila (exterior e interior)
  • Convento de Mosén Rubí

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3 comments on “EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: El último adiós

  1. Francisco Senen Gañan Lopez

    Gracias mi respetado José Antonio. Tus artículos nos siguen llevando al recuerdo que hay que mantener y transmitir a nuestros hijos y generaciones venideras. Ser íntegro en formación y educación nos llevarán a recuperar ideales de la transición. Una ética profesional con un alto concepto de moral, será el futuro político sin duda

  2. Felipe Chaneta

    Hablar de Adolfo Suarez es hablar del reforestador de la convivencia de España y referirnos a la honestidad hecha persona (integridad, determinación, valentía, dignidad, valores, compromiso y sacrificio), esa que parece haber desaparecido del imaginario colectivo. Sea porque se ejerce día a día (en las cosas grandes y pequeñas y en el trato que damos a los otros que no son los nuestros), exige una lealtad y fidelidad sin fisuras y no es rentable (en términos materiales). Bien porque es raíz primigenia (junto con los buenos referentes y ejemplos) de la mejor educación (lamentablemente extraña a nuestra sociedad y gobernantes). Ya porque es rigurosa e insobornable y capaz de alzarse contra enemigos tan poderosos como el interés, la superficialidad, la manipulación, la ideología, la mentira y los sesgos. Pero, lo cierto es que, la honestidad abnegada (que personalizaba Suarez) es ignorada o vista como un peligro por la actual clase dirigente.

    Y es que su guía es capaz de desmontar de un solo trazo el actual modelo de actuación gubernamental y de partidos. Y su testimonio (imparcial y objetivo) basta por sí solo para destrozar la (inventada, viciada y hasta enloquecida) reescritura de la Historia y la Transición que se nos quiere vender. Pero esta ceguera transitoria pasará pues con mentiras se puede salir adelante (hasta que se gasta su limitada energía), pero nunca volver atrás (porque son descubiertas y como letra escarlata te dejan señalado).

    El pensamiento político de Suarez sigue lúcido, brillante y plenamente vigente. La concordia es posible…sin la dialéctica de la hostilidad y el sectarismo y en un clima de sosiego, colaboración y consenso que propicie alcanzar el interés común. Cuestión distinta es que, como matiza el indicado, «la poda de la mala hierba que, desde hace siglos, crece entre nosotros necesita, tal vez, para su desarraigo muchos más años de los que puede abarcar la vida de un hombre. Es tarea de varias generaciones» [sic].

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