El favorito. Relato sobrenatural. Segunda entrega.
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El favorito. Relato sobrenatural. Segunda entrega.

La imagen se fundía en negro cerrándose alrededor de su sonrisa. No veía continuación posible.

Vicente Forcadell

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Y yo su favorito. Bajo la influencia de los dioses griegos, soñé que desde un jardín encantador descendía a un mundo subterráneo en el que me encontraba con mi padre muerto hace once años. Hablamos. Su voz es cálida y lúgubre, me habla de la vida tenue que sigue a la muerte durante mucho tiempo. Me despiertan los gritos alegres de los actores de otro rodaje que también se alojan en el hotel. Luego sueño que he atropellado a una chica, la he atropellado ya –no lo he vivido en el sueño, sólo lo recuerdo– y que su cuerpo ha caído al caudaloso río de esta ciudad. Una parte de mí –pero de apariencia completa– se sumerge en el río, quizá a modo de expiación; una parte oscura a la que no acompaño pero con la que mantengo vínculos que me hacen saber que puede respirar bajo el agua tan turbia. A mí no me pasa nada porque está claro que la muerte de la chica ha sido accidental. Rescatan su cuerpo con gran despliegue de maquinaria pesada y solemnidad. No buscan mi parte bajo el agua pero la consideran culpable y le hacen llegar a través de mí su odio. De noche, esa parte de mí asciende a la orilla, deja el cauce de algas viscosas que parece que oculten otra profundidad no deshabitada, esa tristeza ondulante… A pesar de las apariencias, no eran pesadillas sino que yo las vivía como una especie de entrenamiento, de ejercicio de adaptación, una especie de oración… Eso era lo más extraño: el silencio. No había palabras, ni oídas ni escritas en el segundo sueño, y en los míos son muy frecuentes.

Musitar una oración es prepararse para otro mundo. La llegada imprevista de Emma me transporta demasiado deprisa al mundo de la vigilia. Ya estaba despierto, recién despierto, cuando ha llamado a la puerta de mi habitación. Luego me lo explicará, me dice abriendo mucho los ojos. El hombre que está detrás de ella no puede ver su gesto entre divertido y fastidiado. Se trata de Walter, la estrella máxima del otro rodaje, con quien Emma se ha encontrado en el bar de la estación del tren. Ella no quería despertarme demasiado temprano y él no quería irse a dormir todavía. Es evidente que Walter no está en condiciones de entender bien la situación. No parece importarle que yo esté en calzoncillos. Emma lo había reconocido, lo había saludado, le había preguntado dónde se alojaba al verlo solo y en aquel estado. Lo primero que sentí al abrir la puerta fue alivio al ver que no era Emma la chica a la que había atropellado: tan vívidos son mis sueños. He leído que les ocurre a la mayoría de los ex fumadores. Me aparté para dejar pasar a Emma y luego, después de encararme con Walter durante segundos, volví a apartarme para dejarlo pasar también a él. Yo también soy un poco mitómano y él encantador. Es algo más que encantador. Yo no he estudiado en el Actor’s ni a Stanislavski, cualquiera puede verlo, pero tengo un truco. No me importa desvelarlo porque sé que todos los actores tienen el suyo, más o menos simple, instintivo o elaborado, y ninguno lo va a cambiar por el de otro. Me imagino a Arturo mirando fotos y poniendo cara de mono. Hay unas cuantas posturas, muecas, gestos que, combinados entre sí y graduados, dan lugar a 24 (o 48, si se cuentan, como hacen algunos autores italianos, lo que llamaríamos semitonos) sentimientos y emociones básicos a disposición del actor. No sé si sorprenderá a nadie que yo conozca tres maneras masculinas de lavarse las manos y cinco femeninas, a pesar de que el uso de gel hidroalcohólico y la mascarilla aún no se ha incorporado a los  argumentos de la serie. (De momento, nos mantenemos en el pasado. En cambio, aquí estoy en el futuro: no hablo de gel ni de mascarillas de la misma manera en que no menciono que llevo pantalones.) Yo busco esas emociones y gestos, posturas, etc. En fotos de Google (últimamente me da la impresión de que Mozilla afina más) y en la vida que observo a diario y los compongo ante el espejo. En realidad, es un trabajo. Hay que pensar –ésta es mi variación, mi truco– que te está mirando un mono salvaje que no entiende las expresiones de tu rostro. Imaginas que reacciona con ira, burla, extrañeza, camaradería… y combinas la emoción del mono que más te interese en ese momento con la que deseas transmitir. El resultado es una especie de expresionismo reprimido, disimulado.

Pues bien, vi claramente que yo era el mono de Walter. 

¿Por qué en la escritura no hay nada parecido a los FX? ¿O sí lo hay y yo no lo sé aplicar para que de repente ocurra cualquier cosa? Me consta que ha habido episodios de la serie, más de uno, montados alrededor de algún efecto que los técnicos habían mostrado al director. Se apagan las luces y al momento se vuelven a encender para iluminar a Emma tal como era hace quince años.

Me había imaginado nuestro reencuentro muchas veces. No es que, en tantos años, no nos hayamos vuelto a ver. Era como si el destino de una película romántica se empeñara en juntarnos una y otra vez. En Madrid, en Nueva York, en Berlín… Nos hemos visto unas cuantas veces. Alguna vez, yo la he visto sin que ella me viera; imagino que lo mismo le ha ocurrido a ella. Nos hemos cruzado varias veces. En un par de ocasiones, nos hemos detenido, incluso, porque mi acompañante, sin saber nada de nuestra relación, la ha saludado o porque el suyo quería saludarme a mí. Una vez nos presentaron, considerándonos desconocidos el uno para el otro, y los dos fingimos que así era sin ningún embarazo. En todas esas ocasiones, su actitud ha condicionado mi imagen de ese reencuentro: yo la he mirado sin poder apartar la vista de ella, de sus ojos. Ella ha bajado la vista y sólo en el último momento, cuando yo estaba a punto de desaparecer, me ha dirigido un rápido vistazo en absoluto furtivo. Esas veces en que, por alguna razón, nos hemos quedado cerca durante unos momentos, su mirada ha sido furtiva para los demás y, esto es extraordinario, larga y voluntariosamente seductora hacia mí. Imagino que nos volvemos a encontrar solos. Que yo estoy en la barra de un bar, por ejemplo, y ella se sienta en el taburete que está junto al mío sin advertir que soy yo. Nos miramos y enseguida retiramos nuestras miradas y ya no volvemos a mirarnos. No. Yo estoy sentado a una mesa, en un bar, y ella se sienta. Nos miramos. No nos decimos nada. Eso es todo lo que consigo imaginar. No podríamos decirnos nada. Nuestra visión del futuro es tan austera como detallada es la del pasado. No contamos bien con el atrezo. La primera vez que la vi, Emma tenía veintidós años y era la diseñadora de la cubierta de un diccionario en el que yo había participado, con otros, como redactor de definiciones de palabras. Sí, eso existe o existía. Primero me encargué de definir los muebles, todos los muebles, de todos los estilos. Por eso es normal que le dedique mucho tiempo al mobiliario de la serie y que se me haga caso desde mucho antes de ser productor ejecutivo. Después me hice cargo de Dios, cuya definición era tan larga y difícil, como es natural, que había agotado las fuerzas de la parejita católica que en principio había parecido tan ad hoc para esa parte del trabajo. Yo lo hice con mucho desapego y creyéndome –era relativamente joven– una especie de pequeño Borges con su Enciclopedia Británica. Por fin, me pusieron al frente de los sentimientos y las emociones. Y, como aquello no podía durar y no veía cómo convertirlo en una profesión y además divertida, pasé de definirlos a representarlos. Sí, Emma era la joven diseñadora; tan joven, que trabajaba gratis, para hacerse un currículum. Todo empezó cuando, después de que diéramos el visto bueno a su diseño, me dijera que iba a preparar la cubierta con sangres. Vio mi sorpresa y, riendo, me explicó que sólo era un tecnicismo de imprenta. No voy a contar qué pasó unos pocos meses después entre nosotros, porque no sabría contárselo a ella ni me gusta contármelo a mí mismo. Llegamos a la situación que ya he descrito. Pero, bueno, parece que voy animándome. Sí contaré sus consecuencias: me echaron del diccionario por su culpa, muy injustamente y a pesar de mi reconocido –por los mismos que me echaron– talento para las definiciones. Sé desde entonces que ser bueno en algo, profesionalmente, incluso muy bueno, no te garantiza nada. El éxito depende de otros factores. Por ejemplo, de la suerte, está claro: yo no tenía otro medio de vida que los diccionarios y de repente me encontré con que alguien que me había visto actuar en un grupo de teatro de aficionados me ofrecía trabajar en la tele. ¿Qué había visto en mí? ¿Qué le impresionó de mis dotes interpretativas? Mi tristeza mezclada con rabia y angustia por lo que me había pasado y por mi situación económicamente casi desesperada. Hay que añadir que mi personaje era cómico. ¿Alguna enseñanza? Hay que exhibir nuestros sentimientos porque son el motor del mundo, una energía que alguien o algo sabrá encauzar provechosamente.

Mi hipótesis: demasiado centrado en Emma durante los primeros años, no me fijé en ese mal guionista empeñado en unir nuestros destinos. Jamás pensé en ese ser invisible porque es demasiado grande como para que yo lo vea (¿me estoy volviendo panteísta?) y que hace poco se ha dicho a sí mismo: ‘Bien, no adviertes mi mano en las grandes cosas. Vamos a ver si la notas en las pequeñas’, y ha empezado a ponerme las zapatillas y hacerme el café. Sé que es un disparate. Pero a partir de esas pequeñas intervenciones rastreé las grandes que me habían pasado inadvertidas en el pasado, tan sorprendentemente abundantes ahora, al reunirlas.

Yo estaría solo. En un bar: siempre, siempre, desde que lo dejamos, nos hemos visto en bares. Ella se sentaría a mi mesa. Yo la miraría y diría: ‘Quince años’ (en años previos me he imaginado diciendo: ‘catorce’, ‘trece’, ‘doce’…). Ella sonreiría sin decir nada y por su sonrisa yo sabría lo que, en adelante, debería limitarme a decir: ‘¿Qué quieres tomar? Estás preciosa. ¿Y si fuéramos a…? ¿Qué tal has dormido?’. Nada en absoluto sobre nuestro pasado en común. Pero la imagen se fundía en negro cerrándose alrededor de su sonrisa. No veía continuación posible.  

No fue exactamente así. Como productor ejecutivo, me encargué, al inicio de la tercera temporada de nuestra exitosa serie, de supervisar el diseño de los créditos, que, naturalmente, había encargado al estudio en el que sabía que trabajaba Emma con la esperanza, no demasiado fundada ni tampoco infundada, de que fuera ella la diseñadora elegida por sus jefes. Así que pudimos empezar por hablar de asuntos profesionales durante un buen rato en nuestra mesa de un restaurante de Pekín –ciudad que en la serie representaba a la misteriosa y más exótica Shanghái– antes de que, después de un silencio ya nada incómodo, al contrario, muy necesario, imprescindible, yo dijera ‘Quince años’ y ella sonriera. Era una comida de trabajo, pero se alargó tanto que cuando salimos el sol se ponía al final de la calle, una larga cuesta abajo, e iluminó sus ojos desde abajo, como yo nunca los había visto, y tan de cerca después de quince años. Son de color marrón claro, con pintitas verdes y una corona alrededor también verde.

(Continuará)

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