“La leyenda de la Inmaculada Transición” puede y debe analizarse desde innumerables puntos de vista. Mi compañero de RTVE, Juan Antonio Tirado Ruiz que, desde el año 1998 presta sus servicios como informador en el emblemático programa Informe Semanal, para el que ha elaborado incontables reportajes, y por los que ha obtenidos diversos premios y reconocimientos, lo ha hecho a través de siete figuras: siete naipes flamantes que compusieron y bailaron la música del cambio desde el alféizar del barroco.

Juan Antonio Tirado Ruiz

Como si de un duelo de honor se tratase le pido —en mi calidad de desafiante— que me diga el lugar donde desea que mantengamos el duelo para lavar la afrenta, el insulto o la ofensa. Me indica —sin dudarlo— que, por su parte, no tiene ningún inconveniente en que se desarrolle en Toledo, en mis dominios y lo antes posible. En cuanto al arma para llevarlo a efecto ambos convinimos sin rechistar, y como no podía ser de otra manera, que este singular combate fuera con espada toledana y sin padrinos. Es que mi contrincante, que nació en la localidad malagueña de Archidona, muy leído y de vocación periodística temprana —empezó a escribir en los periódicos a los 16 años—, desarrollando su trayectoria profesional especialmente en la radio y la televisión, sabe perfectamente que hasta los samuráis japoneses la han reclamado, sabedores de que la composición, el temple y el diseño de la espada toledana ha sido un gran secreto transmitido de padres a hijos por los artesanos herreros.

En honor a la verdad he de decirles que pude comprender al instante que su sugerencia de entablar nuestro duelo dialéctico sobre la Transición —un convulso, apasionante y significativo período de la Historia de España— dentro de “mis dominios”, no tenía tanto que ver con su natural actitud caballeresca ante la vida —que la tiene a todas luces— sino con su necesidad —comprensible— de abandonar por unas horas el mundanal ruido que genera el estresante “modus vivendi” la de Real Villa de Madrid. Bueno, también —y esto no deberíamos descartarlo tampoco— el que la ciudad de Toledo tiene, entre otras grandes ventajas, su especial proximidad con la capital de España y su excelente comunicación mediante transporte público.

Tras los saludos de rigor y las clásicas preguntas de situación (el trabajo, el tiempo, si te ha resultado fácil llegar hasta aquí, etc), me sitúo en modo atacante con un primer “Strike of the sword” (golpe de espada), comentando sibilinamente que algunos revisionistas entienden que la Transición ha sido un mito construido en los pasillos de cierta Facultad de Ciencias Políticas, donde se forjó la leyenda de la Inmaculada Transición. Pero, lejos de achantarse, me responde —sin ira— con el aplomo de un espadachín consumado y curtido en mil batallas que:

—”La leyenda de la Inmaculada Transición” se pareció a un barranco en el que los ciudadanos no sabíamos si gateábamos hacia la salida o hacia el fondo.

Mantenemos este inicial duelo con espadas en la Puerta de Bisagra, la mejor puerta de entrada a Toledo. Se trata de una torre medieval construida a modo de arco triunfal donde se puede contemplar como sello de identidad el escudo imperial de Carlos V. Mientras medimos nuestras fuerzas en la primera estación de nuestro particular vía crucis, comento con mi duelista que, tras la muerte del Caudillo, una España lloró a Franco, otra brindó con champán y la tercera soñó con libertad sin ira. Así que, amigo, si aún le queda algo de valor, dígame: ¿En qué grupo de insurrectos debo encuadrarlo?

—Ni tengo miedo a este duelo ni tampoco a mi pasado. Al respecto he dejado escrito —y lo escrito, escrito está según sentencia del gobernador de Judea del año de Nuestro Señor Jesucristo— que aquella noche —la noche de la muerte del dictador— me acosté de niño franquista y por la mañana me levanté adolescente demócrata y rebelde, sin llegar a irado. Sí, amigo, a mis 14 años, con una infancia rural andaluza iluminada con un candil, bajo cuya luz titubeante aprendí a leer, creía que Franco era un hombre bueno, el mejor y más ejemplar de los españoles.

—¿Y qué le hizo tener que abandonar —si se puede saber— su opinión positiva sobre el hombre que dirigió los destinos de España durante casi cuarenta años?

Empecé a dudar de mi opinión positiva sobre él cuando muchos de mis compañeros del Instituto, sobre todo los de cursos superiores, festejaban con espíritu festivo su final. Así que en pocas semanas me convertí en un sincero antifranquista. Eso sí, en honor a la verdad, el día de su entierro, en la solemnidad del hecho histórico que seguí a través de Radio Nacional, lloré sinceramente.

—¿Y alguien le ha censurado por este cambio repentino de parecer?

Lo hizo en su día mi padre. Y de vez en cuando, con la diligencia propia de un buen padre de familia, me lo recuerda como un pecadillo de juventud. En mi descargo —y lo hago ante esta majestuosa e imperial Puerta de Bisagra— mi llanto sereno por aquel hombre de la “España Una, Grande y Libre” tenía que ver sobre todo con la pasión por el gran acontecimiento social e informativo que tuvo lugar. 

Mientras escuchaba con atención las explicaciones de mi duelista, Juan Antonio Tirado, acerca de su visión adolescente del hombre que dirigió los destinos de la Nación que un día llegó a ser el Imperio donde no se ponía el Sol, observaba su destreza con la espada. La sostenía hábilmente con su mano derecha, agarrando el extremo superior de la empuñadura, y la izquierda para sujetar la inferior, más cerca del pomo, con sus codos doblados, cerca del cuerpo. Esto le permitía realizar una gama más amplia de movimientos del brazo con la espada. Yo, sin embargo, lo hacía a mi buen saber y entender, es decir, con poca técnica. Esto me llevó a envalentonarme, a fin de que sintiera que estaba dispuesto a dar el todo por el todo en este singular duelo con espadas. Así que mi siguiente golpe fue:

—¿Qué puede ofrecerme sobre la Transición, un periodo apasionante y convulso de la Historia de España, sobre la que ya se ha escrito y dicho todo?.

—¿Todo? ¿Usted considera que ya está todo dicho o escrito sobre la Transición? De ninguna manera. Yo estoy dispuesto, aquí y ahora, a mostrarle un nuevo sendero, una nueva ruta: el de los recuerdos de un niño de la Alta Andalucía, entre olivares y algún gobernador, siguiendo los perfiles de los más importantes paladines que llevaron a cabo esta gesta que asombró al mundo.

—¿Gesta? ¿De qué gesta me habláis?

De la gesta de la libertad, la igualdad, y el pluralismo político. Y esto en medio de una impresionante crisis económica, incontables huelgas, el brutal terrorismo tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, así como el constante y amenazante ruido de sables.

—Me parece interesante. Y, ahora, ¿sabría darme los nombres de esos paladines o legendarios caballeros que llevaron a buen término esta gesta que asombró al mundo?

—No tengo ningún inconveniente. Todos ellos pertenecen ya por derecho propio al Olimpo de la Historia. Son siete caras. Éstas: La de Carlos Arias Navarro con sus lágrimas; la de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, el Príncipe infeliz; la de Torcuato Fernández-Miranda y los saduceos; la de Adolfo Suárez, el héroe trágico; Santiago Carrillo o la peluca del diablo; Fraga Iribarne o el hombre que vivía a borbotones; y Carmen Díaz de Rivera, más conocida como la rubia misteriosa.

—¿Una rubia misteriosa también participó en esta gesta? ¿Cómo es posible? ¿Es que no en verdad que por aquellos tiempos las mujeres no tenían capacidad para prestar consentimiento, lo que las situaba en el mismo nivel que los menores, los enfermos mentales y los sordomudos que no sabían escribir?

—Sí, en efecto. Pero esta mujer —la rubia misteriosa— fue capaz de vencer, con su inteligencia y valentía, a este monstruo de la desigualdad, contribuyendo, con su poder e influencia, a que las mujeres del Reino de España pudieran situarse en el mismo plano de igualdad que la de los hombres.

Al escuchar de mi duelista que la “rubia misteriosa” había contribuido, con su poder e influencia, a situar a las mujeres en el mismo plano de igualdad que los hombres, sentí que este duelo no podía resolverse de este modo y en un solo acto. Que había mucha tela que cortar; y, que, por lo tanto, habría que armarse de paciencia —y esto nunca mejor dicho— para ir desatando el nudo gordiano de “la leyenda de la Inmaculada Transición” con paciencia y delicadeza, poco a poco, golpe a golpe; y aún mejor, verso a verso. Así que, tomé mi espada de acero por su hoja, con el mismo simbolismo que el de la estatua ecuestre de Alfonso VI, colocada en la entrada principal de Toledo. Una obra escultórica, donada por el escultor Luis Martín de Vidales que, por cierto, representa la toma de la ciudad por este rey cristiano —el mejor amigo de los árabes— en el siglo XII, con un espíritu de concordia entre las tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana.

—¿Es que deseáis desistir de este duelo a vida o muerte? —me preguntó mi duelista al notar mi deseo de no continuar nuestro duelo a golpes de espada.

—No. Deseo continuarlo, pero no a vida o muerte, como ambos habíamos acordado por anticipado, sino paso a paso y verso a verso. Yo nunca he perseguido la gloria —le aclaré— ni dejar en la memoria de los hombres mi canción. Es que yo —como el poeta— amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón.

—Por lo que infiero que deseáis que apartemos nuestras espadas, bien por cobardía, o bien porque habéis llegado a la conclusión que la espada es siempre un arma destructiva.

—No desisto de empuñar mi espada por cobardía, ni tampoco porque crea que es destructiva. La espada es un símbolo, el símbolo de la virtud, la valentía y el poder. Puede ser destructiva, pero también puede utilizarse para establecer y mantener la paz. Asociada a la balanza representa la lucha del bien y el mal; la verdad y la mentira.

Entonces, ¿por qué lo hacéis? —me preguntó de un modo retador.

—Porque he comprendido que la “leyenda de la Inmaculada Transición” no podía ser desentrañada en feroz contienda con vos, sino con el mismo espíritu de diálogo y concordia con la que se fraguó. Así que, definitivamente deseo deshacer este entuerto caminando junto a vos por las gloriosas calles, plazas, monumentos y rincones de esta imperial ciudad de Toledo. 

—Por mi parte, que sea como decís. Pero antes, debéis aceptar sin reservas la premisa mayor. A saber: Que la Transición no estaba escrita. Que el proceso que condujo desde la segunda mitad de los años sesenta a España a la democracia no fue obra de un único autor, ni un solitario jugado desde el poder para que todo siguiera igual al “lampedusiano» modo.

—Acepto la mayor sin reservas, como me pedís. Y ahora, si no halláis inconveniente, fijadas de mutuo acuerdo nuestras reglas del juego, demos un primer paso con fe, con la misma convicción del poeta. La de que: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar; al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar; pues todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”.

—Me parece bien. Hagámoslo como proponéis.

Y así lo hicimos. Mi duelista me tomó por la espalda con su brazo derecho en son de paz y sincera amistad. Prestos, comenzamos a caminar por la vía pública que va desde la Puerta de Bisagra —una de las puertas más impresionantes y monumentales de Toledo— hasta la histórica y concurrida Plaza de Zocodover; una emblemática vía con nombre de tres calles: la Real del Arrabal, Venancio González y Armas.

—Esta Puerta de Bisagra —le explico a mi duelista, reconvertido a conversador por acuerdo de ambas partes, haciendo un alto en el camino y mirando hacia ella— fue mandada construir por el emperador Carlos V. Como podéis observar, se trata de una torre medieval construida a modo de arco triunfal. En su parte central, no pasa desapercibida el escudo personal que Carlos V cedió a la ciudad de Toledo: el águila bicéfala.

—Ya lo creo que no pasa desapercibido. Como seguramente recordaréis, esta águila bicéfala, junto con las columnas de Hércules, estuvieron muy presentes en la bandera de la España de Franco.

—Sí, es verdad, pero desconozco por qué.

El águila en sable de dos cabezas o águila bicéfala española con alas extendidas —me explica— es un símbolo heráldico que representa la unión del Sacro Imperio Romano Germánico con la monarquía española bajo la dinastía de los Habsburgo (la Casa de Austria en España).

—¿Con algún significado concreto?

—Sí. El águila de dos cabezas española significa el progreso y el orden. Mientras que una de las cabezas mira hacia el infinito del pasado, la otra observa el infinito del futuro. El presente es una fina línea de contacto entre las dos eternidades. Ahora bien, he de hacerte una precisión. En puridad, hablar del águila bicéfala en la España de Franco no es del todo correcto. El águila en la bandera de España es un águila negra, inspirada en el de San Juan Evangelista.

Cierto. Por lo que he leído, Franco recuperó la bandera rojigualda en detrimento de la tricolor de la República en 1936. A esta bandera se le añadió el emblemático escudo franquista, de acuerdo con lo establecido por decreto de 13 de septiembre, firmado por el propio Franco y su ministro del Interior, Ramón Serrano Suñer. En la definición del escudo quedaba patente que lo hacía “sobre el águila de San Juan —que ya había sido utilizada en época de los reyes católicos—, pasmada, de sable, nimbada de oro, con el pico y las garras de gules: éstas armadas de oro. A la derecha de la cola del águila, un yugo de gules, con sus cintas de lo mismo, y a la izquierda un haz de flechas, de gules, con sus cintas de lo mismo. Y en la divisa, las palabras: “Una, Grande, Libre”.

—En fin, todo un símbolo que se ha mantenido hasta el fallecimiento del dictador, el 20 de noviembre de 1975, en la cama de un hospital y no víctima de una emboscada revolucionaria. Tengo que hacer esta puntualización para salir al paso de los que, de un lado, creen que la Transición fue un milagro español, y del contrario que de una chapuza e, incluso, de una traición a los vencidos de la Guerra Civil.

—Sin embargo, la Transición se vivió como una gesta, y exportada como tal a algunos países latinoamericanos. E, incluso, los europeos, que suponían que volveríamos por nuestros fueros guerra civilistas, nos observaron, primero con curiosidad y después con admiración. ¿Qué opináis vos, al respecto?

Siempre he defendido que la Transición ha sido el logro más importante, atendiendo a su desarrollo y a lo perdurable del sistema engendrado a partir de él de la España del siglo XX. Un siglo convulso, con más sombras que luces, con dos dictaduras, con una guerra que sembró el país de muertos y odio para décadas y una república que fue la gran apuesta en busca de una España mejor y más justa, pero que quedó frustrada por la fiereza y resentimiento de las derechas y también por los errores y ceguera de las izquierdas.

Según íbamos ascendiendo y platicando sobre la Transición hasta nuestro siguiente emplazamiento —la plaza de Zododover— imaginé el Toledo de una época repleta de cobertizos, pasadizos, callejones inviables, adarves y un sin fin de recovecos que hacían de esta ciudad insalubre y peligrosa. Cuenta Cervantes en “El Quijote” que Toledo era una ciudad muy bulliciosa y con gran población hasta el punto que Santa Teresa de Ávila no pudo obtener en primeras instancias los permisos oportunos para fundar aquí sus conventos. En fin, imaginaba a multitud de gente en la calle día y noche, hacinados en cuevas, subterráneos y otros tantos escondites. En esto que, un poco antes de iniciar el último tramo de esta empinada vía —el tramo de la calle Armas— observé que a mi conversador y caminante le llamó poderosamente la escultura que representa a un ciclista escalador en un momento de máximo esfuerzo.

—Ecce homo. He aquí el hombre. Te presento al legendario “Águila de Toledo”, uno de los mayores escaladores de todos los tiempos. El primer ciclista español en ganar un Tour de Francia. Bueno, ya sabes a quién me refiero: A Federico Martín Bahamontes.

—Sí, sin duda. Estamos ante una de las grandes leyendas del deporte español. Su palmarés deportivo es digno de mención. Durante sus 12 temporadas de profesional, cuenta con once victorias de etapa en Grandes Vueltas: siete en el Tour de Francia, tres en la Vuelta a España y una en el Giro de Italia. Además, no podemos pasar por alto el Campeonato de España de Ciclismo en Ruta de 1958.

—Según el escultor de esta obra —Javier Molina— la estatua intenta captar a este gran ciclista escalador que era Fede en un momento de máximo esfuerzo. Por cierto, ¿te has fijado que el águila bicéfala —símbolo de la ciudad de Toledo— aparece troquelada en la rampa de esta escultura?

—¡Vaya, no me había fijado!. Me resulta curioso.

—Pues te puedo ofrecer otras dos curiosidades más: La reproducción del ciclista está realizada a tamaño casi real y su su bicicleta la de aquella con la que ganó el Tour en 1959, al máximo detalle. En fin, como el propio Federico Martín Bahamontes ha declarado, se trata de una escultura que ha sabido resumir a la perfección su manera de escalar. ¿Una metáfora, quizás, del gran esfuerzo con el que se fraguó la “leyenda de la Inmaculada Transición”?

—Podría ser. No cabe duda de que la puesta en marcha de los mecanismos de reforma del sistema franquista estuvo protagonizada por personalidades del régimen anterior, que tuvieron que poner toda la “carne en el asador”, es decir, con el máximo esfuerzo. Es innegable que los actores iniciales del cambio, empezando por el monarca —depositario de todos los poderes del Régimen— eran franquistas que tuvieron que esforzarse al máximo para alcanzar la meta de la democracia; pero, al mismo tiempo, no es menos cierto que estos cambios no hubieran resultado factibles sin la presión constante de la oposición, organizada sindicalmente a través de CCOO y articulada desde fuera por el PCE de Santiago Carrillo.

—… también con el máximo esfuerzo —apuntillé.

—Sí, también con el máximo esfuerzo. Un esfuerzo titánico, no sólo procedente de los dirigentes políticos de la época y de los opositores al régimen, sino también del conjunto del pueblo español. La Transición fue, sin duda, el resultado de un gran esfuerzo colectivo. No fue, como algunos han afirmado, pacífica. Hay números que refutan cualquier ensoñación de proceso pacífico hacia la democracia. Entre 1975 y 1983 fueron asesinadas 591 personas, de los que 334 procedentes de ETA, 51 del GRAPO, 49 de grupos de extrema derecha, 16 de paramilitares y 54 fruto de la represión policial. Otras 8 fueron asesinadas en la cárcel o en comisarías, y 51 por enfrentamientos entre la policía y grupos terroristas. En fin, no fue una Transición perfecta, pero aún así…

—¿Aún así…?

—Aun así, a partir de ella los españoles hemos podido vivir los mejores 40 años de los últimos cien. De otros impulsos colectivos salimos peor parados.

—Sí, claro. Esto es verdad. Por ello, es menester que prosigamos nuestro diálogo peripatético en torno a esta “leyenda de la Inmaculada Transición” con el fin de profundizar en las claves que hicieron posible el que los españoles hayamos podido vivir nuestros mejores 40 años de los últimos cien. Le adelanto que la siguiente “estación” de nuestro particular vía crucis será la Plaza de Zocodover, el centro neurálgico de esta ciudad de Toledo.

—¡Ea! Prosigamos, pues, nuestro diálogo al modo en que lo hacía el gran Aristóteles con sus discípulos en un jardín situado junto a un templo dedicado a Apolo Licio.

—Por cierto, que en la actualidad algunos de los innovadores más brillantes de Silicon Valley como el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, continúan usando esta antigua técnica, reformulada con el nombre de “walking meeting” (caminar y hablar) para la toma de decisiones, convirtiendo algunas de sus más tediosas reuniones en una conversación peripatética, inspiracional y revitalizante. Tengo entendido que Adolfo Suárez —el héroe trágico—, una de las claves o caras de la Transición también practicaba el “walking meeting” con resultados asombrosos como el de ser capaz de convencer a Santiago Carrillo —la peluca del diablo— de su voluntad democratizadora. Pero no adelantemos acontecimientos. A mí —como a la mayoría de los españoles— me sobrecogió la imagen lacrimógena, en blanco y negro y luto riguroso de Carlos Arias Navarro y su “españoles, Franco ha muerto”, el jueves 20 de noviembre de 1975.

Yo tenía entonces trece años y estudiaba en el colegio de los Escolapios de Salamanca. Tuve ocasión de ver en directo la alocución del presidente del Gobierno, Carlos Arias, a través de un televisor situado en el hall de entrada al edificio del colegio. Oficialmente Franco falleció a las 5:25 de la mañana, pero oficiosamente antes de las dos de la madrugada. El director general de entonces era Jesús Sancho Rof. El mensaje del presidente del Gobierno a todos los españoles para comunicar el fallecimiento del Jefe del Estado, Francisco Franco, fue precedido por el brevísimo anuncio “Atención españoles: habla el presidente del Gobierno, don Carlos Arias Navarro”, del locutor de continuidad de TVE Florencio Solchaga Pernaut.

—Aquel histórico jueves 20 de noviembre de 1975 temblaron los teletipos y se sobrecogió el país. Yo por entonces tenía 14 años. Por fin, se había producido el “hecho biológico” tan temido y tan deseado a la vez. Treinta y seis años antes, el general más joven de Europa había entrado triunfalmente en Madrid, a guerra terminada, a mantel de dictadura puesto. Los casi 40 años que duró su caudillaje dan para mucho, si bien en el momento en que se produjo este “hecho biológico” España había despertado con la llegada de las primeras suecas y, sobre todo, con los aires nuevos y limpios de unas generaciones para las que la guerra quedaba ya muy lejos. La universidad, con sus jóvenes rebeldes y comprometidos, fue también un motor esencial del cambio.

—¡Qué tiempos aquellos! ¿Te imaginas cómo hubiera anunciado Arias Navarro hoy la muerte de Franco?

—Me imagino que con un tuit de cuatro palabras en Twitter con su: “españoles, Franco ha muerto”.

—Exactamente. Muy probablemente hubiera utilizado también esta red social. Entonces, como bien has comentado, temblaron los teletipos. El teletipista de la Agencia Europa Press, José Luis Blanco Mascarillas, apretó el botón a las 4:58 con el siguiente mensaje de nueve palabras, pensado de antemano: «Franco ha muerto. Franco ha muerto. Franco ha muerto». A partir de ese instante la noticia fue difundida en todo el mundo por las agencias internacionales, citando como fuente informativa a Europa Press.

Pues sí, Franco había muerto y con él toda una época.

… pero que aun así seguía proyectando su fulgor con el mismo entusiasmo —apostillé— con que el Sol proyecta en su ocaso sus últimos rayos en el horizonte, sin darse cuenta de que, como escribió el filósofo norteamericano, Ralph Waldo Emerson, “todo atardecer trae consigo la promesa de un nuevo amanecer”.

—En efecto: todo atardecer trae consigo la promesa de un nuevo amanecer. De tal modo que el “nuevo amanecer democrático” que ya estaba surgiendo con gran ímpetu disparó todas las alarmas en los sectores más reaccionarios. Por ejemplo, el período “El Alcázar”, órgano de los excombatientes, publicó la siguiente reflexión: “Se quiere enterrar la época más gloriosa de nuestra historia, la que empezó un 18 de julio, cuando el pueblo español se alzó en armas para reconquistar la patria destruida por marxismos y separatismos”.

—Es que los amos del mundo siempre han querido sustraerse al principio hermético de “El ritmo” que prescribe que “Todo fluye y refluye, todo tiene su avance y su retroceso, todo asciende y desciende, todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda. El ritmo es su compensación”. Yo añadiría que así ha sido y así será. Mira, Juan Antonio, nos encontramos en esta maravillosa e histórica Plaza de Zocodover. Esta joya arquitectónica fue diseñada en parte por Juan Herrera, el arquitecto del emperador Felipe II quien afirmó, como bien sabes, que en su Imperio nunca se ponía el Sol. Y, hoy, ya ves…

—Sí, ya veo. Aquél mundo de la “España, Una, Grande y Libre”, encarnado en figuras políticas como la de Carlos Arias Navarro, se agarraba fuertemente a un clavo ardiendo, incapaz de comprender que su tiempo estaba ya consumado.

—Por cierto, ya que lo has citado: ¿Quién era Carlos Arias Navarro?

—Carlos Arias podría haber ilustrado perfectamente el siguiente titular de un periódico inglés de finales de noviembre de 1975: “Nada ha cambiado, pero ya todo será diferente”. Era el prohombre del Régimen que había sustituido a Carrero Blanco como presidente del Gobierno. En 1974 sacó al debate político el llamado “espíritu del doce de febrero”, una pequeña apuesta por la apertura. Luego sería confirmado en este puesto por el Rey Don Juan Carlos. He escrito que Arias Navarro tenía un perfil hamletiano. Sabía muy bien que las cosas, tras la muerte de Franco, no podían seguir igual, por lo que durante los seis meses que duró su mandato a las órdenes de su nuevo Jefe del Estado, S.M. El Rey Don Juan Carlos, se empeñó en el imposible metafísico de una Transición sin Franco, pero franquista.

Continuamos nuestro peripatético diálogo sobre la Transición por la histórica vía que comprende la calle Comercio, las Cuatro Calles y Hombre de Palo. Las primeras imágenes fotográficas datan del año 1864. Su empedrado se realizó en el año 1502 y se ha mantenido hasta el siglo XX. Y lo hicimos sin mirar hacia atrás, no fuera que nos ocurriera como a la mujer de Lot que se convirtió en una estatua de sal después de mirar hacia atrás cuando escapaba de Sodoma con su familia. Nuestra mirada, pues, tenía que ser hacia el futuro, y el futuro de esta gran “leyenda de la Inmaculada Transición” estaba en la mano de un príncipe, un príncipe infeliz.

—¿Un príncipe infeliz? ¿Por qué? —pregunté algo confuso—

El historiador Javier Tusell nos lo explica así: “Era muy simpático, pero eso escondía su interior brumoso, su amargura de exiliado casi niño, en un país donde tenía problemas con el idioma e, incluso, económicos”. Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, el hombre que el 22 de noviembre de 1975 se hizo cargo de la Jefatura del Estado, no era un tipo tocado por la fortuna y ensalzado por la clase política, sino más bien una incógnita encerrada en un mar de dudas.

—Pero tenía todo el apoyo de Franco y del Ejército.

Sí, esto es verdad, pero el Régimen lo aceptaba por ser el heredero del dictador, pero no levantaba entusiasmos. El sostén castrense mantenía su lealtad siempre y cuando el joven Rey no se desviara del camino trazado por el Generalísimo. Fue una de las familias de este Régimen, la de Carrero Blanco y la de López Rodó, la que promocionó al Príncipe como sucesor a través de la llamada “Operación Salmón”. Luego sería el propio Franco el que consiguiera el asentimiento de las demás familias para que Juan Carlos fuera aceptado.

—Y del entusiasmo que suscitó entre la oposición ni hablamos… ¿verdad?

Podemos hablar para afirmar que ni socialistas, ni comunistas, ni ninguna de las siglas que con nombres diversos conformaban la izquierda aceptaron al hombre que había sido impuesto por el dictador. El más beligerante fue Santiago Carrillo quien, un año antes de morir Franco, desde su exilio en París, en su condición de líder del PCE, en una entrevista de la italiana Oriana Fallaci para su libro “Entrevistas con la historia” declaró: “¿Qué quiere que le diga de Juan Carlos? Es una marioneta que Franco manipula como quiere, un pobrecito incapaz de cualquier dignidad y sentido político”.

—Ahora bien, en honor de la verdad, Santiago Carrillo iría cambiando de opinión con el paso de los meses, llegando a aceptar incluso la monarquía y la bandera de España.

Sí, esto es verdad. En sus “Memorias” recuerda que en 1977 Suárez le comentó que don Juan Carlos deseaba invitarle a la Zarzuela. Después de pensarlo, Carrillo le contestó que no le agradaba esa visita dado que el monarca, llevado por la acostumbrada campechanía de los Borbones, quería tutearlo y, en este caso, —le dijo a Suárez— él también le hablaría de tú. Además, se negaba a ponerse frac, una prenda que no había usado en su vida. Finalmente, Carrillo aceptó la invitación y así pudieron conocerse estos dos protagonistas de la Historia de España del siglo XX.

REY DON JUAN CARLOS EN RTVE

—Esta misma evolución la podemos constatar en otro de los grandes líderes de la oposición democrática: Felipe González. También, como Carrillo, no cree que la reforma que se deseaba realizar fuera posible desde el poder.

—Felipe González apostaba por la ruptura, aunque con matices. En una conferencia multitudinaria en un teatro de Palma de Mallorca, el 28 de mayo de 1976, se posiciona sobre el momento histórico de España de este modo: “Creo que la ruptura es inevitable. Ahora bien, el concepto de ruptura me parece dialéctico. No se puede creer en una ruptura violenta, a partir de cero, para la construcción de todo un edificio democrático”.

—Pues blanco y en botella, como solemos decir…

Bueno, las palabras tácticamente moderadas de Felipe González no deberían llevarnos a engaño. Hasta 1978, el PSOE mantuvo posiciones radicales en temas como la defensa de la república. El PCE aceptó la monarquía tras su legalización en abril de 1977; el PSOE oficializó su aceptación un año después.

—¿Cómo fueron las relaciones de Felipe González con el Rey?

—Complicadas. A este asunto precisamente se ha referido Charles T. Powell en su libro “Juan Carlos. Un rey para la democracia”. En esta obra cuenta que a mediados de octubre de 1977, durante una recepción celebrada en honor del presidente mexicano López Portillo, Felipe González se acercó a Portillo y le preguntó: ¿Y tú jefe, cómo está?. Y Suárez contestó: “Bueno, jefe tuyo y mío”. Cuando llegó el Rey, el presidente le preguntó: “Señor, ¿verdad que también es jefe de Felipe?”, a lo que don Juan Carlos respondió: “Naturalmente”. Azorado, el dirigente socialista asintió y dijo: “Sí, también es mi jefe”.

—Los dos pilares básicos de la Transición —la reconciliación nacional y la concordia— llevaron a recortar considerablemente los poderes que Don Juan Carlos había heredado de su antecesor en el cargo de Jefe del Estado. Según Miguel Herrero de Miñón —uno de los siete padres de la Constitución— la excesiva limitación de las competencias del jefe del Estado ante la omnipotencia anterior fue uno —a su juicio— de los graves defectos de los que adoleció nuestra Constitución. En su libro “Memorias de estío” indica que el carácter reactivo frente a la situación anterior y la hipertrofia de las declaraciones dogmáticas como respuesta ante el menosprecio de los derechos humanos que se imputaban al franquismo condicionaron decisivamente las competencias del Jefe del Estado.

—Algo que, por cierto, fue adaptado de buena gana por Don Juan Carlos en aras a que los partidos aceptaran la monarquía constitucional. En enero de 1978 comentó al periodista José Oneto lo siguiente: “Tal como se están desarrollando las cosas voy a tener menos poderes que el rey de Suecia, pero si eso sirve para que todos los partidos políticos acepten la forma monárquica del Estado, estoy dispuesto a aceptarlo”.

Con estas reflexiones sobre la figura decisiva de Don Juan Carlos en el cambio de la dictadura a la democracia en España nos plantamos en la también histórica Plaza del Ayuntamiento. Los toledanos la conocen también por la plaza de “Los tres poderes”. Y es que con una mirada de 360 grados observamos el “Poder Judicial”, con el Palacio de Justicia, el “Poder Político” con el Ayuntamiento de Toledo y el “Poder Eclesiástico” —no menos importante en Toledo que los anteriores— representado por el Palacio Arzobispal y la Catedral de Toledo. En este imponente contexto pregunto a mi conversador por Torcuato Fernández-Miranda una persona clave en el proceso de la dictadura a la democracia. Jurista de reconocido prestigio y el más enigmático de quienes a mediados de los setenta protagonizaron la reforma política.

—Torcuato Fernández-Miranda —me comenta— cultivaba con esmero su condición de sofista, un regusto por el arcano de quien parecía licenciado en Delfos. Y es que este político de gran recorrido dentro del Régimen jugaba con las palabras con maestría, lo que contribuyó a que no tuviera amigos en el entorno de la dictadura, más dado a la facundia y a la franqueza que a la ambigüedad calculada. En lenguaje futbolero —ya sabes que yo soy del Atlético de Madrid— se puede decir que Torcuato era ese tipo que se movía en medio de una frase como un Amancio de la política, que siempre intentaba el mismo regate y casi siempre le salía.

—¿Estás de acuerdo con que don Torcuato tenía un olfato especial para el manejo de los tiempos?

—Sí. De esto no cabe ninguna duda. Cuando el Rey le pregunta si quería ser presidente del Gobierno o presidente de la Cortes, Torcuato le contesta que lo que más ambicionaba era ser presidente del Gobierno, pero que desde las Cortes podía serle más útil. Sabía muy bien que, en ese preciso momento, las Cortes y el Consejo del Reino —instituciones en las que él se desenvolvía con gran maestría— eran cruciales para la puesta en marcha del proceso de desmantelamiento del Régimen y la llegada de la democracia.

—La periodista y cronista de la Transición, Pilar Urbano, ha escrito que “Muerto Franco se abrían dos caminos: ruptura o reforma. Los rupturistas querían liquidar el armatoste estatal de inmediato, la dictadura al basurero, y edificar con una nueva planta. Podía ser rápido, como una demolición, aunque con riesgos imprevisibles. El rey, en cambio, prefería una reforma serena, un paso a paso atemperado, sin acrobacias temerarias. Torcuato se lo había explicado cien veces. Las Leyes Fundamentales no solo eran modificables, sino derogables. En este sentido: ¿Supo leer la voluntad del Rey de hacer un cambio tranquilo hacia la democracia?

—Indudablemente. La Ley para la Reforma Política fue, a mi juicio, el mayor éxito de Torcuato Fernández-Miranda y, al mismo tiempo, el inicio de su declive. Se cuenta que, a instancias del presidente Adolfo Suárez redactó en un fin de semana la propuesta de reforma. Se trataba de una ley —la octava de las leyes fundamentales del Reino— muy simple, que derogaba las otras leyes, permitiendo el paso de un régimen autoritario a otro democrático, a través de la elección del Congreso y el Senado por sufragio universal, con el encargo de hacer una Constitución.

—Pero antes tuvo que llevar a cabo una gran misión: presentar ante el rey don Juan Carlos una terna de nombres para la elección del futuro presidente del Gobierno que podría en marcha el proceso de la Transición Política. El Consejo del Reino —una institución que venía operando desde el año 1948— reunido el 2 de julio de 1976 eligió a Adolfo Suárez González, junto a Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo, tras siete largas horas de deliberaciones que se prolongaron hasta la mañana siguiente. Torcuato comunicó el resultado de la deliberación con una enigmática e histórica frase: “Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que el Rey me ha pedido”. Uno de los aspirantes, Manuel Fraga Iribarne, consideró entonces que la decisión de nombrar a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno había sido un gran error del Rey y de Torcuato Fernández-Miranda. ¿Lo fue?

—Fue, sin duda, una decisión muy difícil. Tanto el monarca como Miranda querían que en esta terna estuviese Adolfo Suárez, pero lograrlo no era fácil. El Consejo del Reino, presidido por el propio Fernández-Miranda, era un órgano del que formaban parte las personalidades más retrógradas de la vida política. En este terreno de juego Torcuato debía moverse con sigilo para que no se notara que tenía alguna preferencia, pues su candidato hubiera quedado eliminado de inmediato. En una primera criba quedaron eliminados Fraga y Areilza, dos gigantes de la política de aquel momento. En la penúltima votación logró que se escogiera un candidato de cada una de las familias representativas del franquismo, y ahí entró Suárez que, en última votación fue, por cierto, el menos votado.

¡Suárez! —exclamé— Tú lo has calificado en tu obra “Siete caras de la Transición” como “El héroe trágico”. ¿Por qué?

—Adolfo Suárez era el hombre al que supuestamente el productor de la Transición y su guionista habían escogido para interpretar la obra de desmontaje del sistema franquista. Es cierto que Adolfo Suárez tenía dotes de actor genial, pero estaba hecho para forjar su propio destino, no para poner voz y gestos a las ideas de otros. Siempre he pensado que la ocurrencia atribuida a Torcuato Fernández-Miranda según la cual él sería el guionista de la Transición, el rey el productor y Suárez el actor es errónea. Tanto Fraga como Areilza respondían al espécimen político franquista, en su versión más reformista. Suárez no. Suárez —a mi juicio— no era exactamente franquista sino adolfista. Su trágico final político y personal —perdedor de un gran éxito, fracasado de un triunfo formidable, muerto antes de morir y juguete roto de la política— le convierte en un héroe de tragedia griega.

—¿Y cómo lo describirías?

—Creo que Adolfo Suárez era un animal político salvaje, dotado de un olfato extraordinario que le permitía vivir el pálpito de la calle y desde ella interpretar lo que pasaba y actuar en consecuencia. Suárez —esencialmente— era un hombre convencido de que tenía una misión, un valiente al que la suerte histórica le permitió vivir su sueño: el de alcanzar la presidencia del Gobierno de España. Diversos testimonios coinciden en que desde muy joven Adolfo Suárez expresaba su seguridad de que algún día sería presidente

—A mí siempre me ha parecido que su famosa frase de “Vamos a elevar a categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”, pronunciada durante la defensa de la Ley para la Reforma Política, conocida también popularmente como el “harakiri de las Cortes franquistas”, fue un claro ejemplo de ese pálpito de la calle al que te acabas de referir.

—Sí. Adolfo Suárez, como también te he comentado era un animal político salvaje que comenzó su carrera hacia la gloria y el abismo —de ahí mi calificativo de héroe trágico— en 1955, tras conocer a Fernando Herrero Tejedor, gobernador civil de Ávila; un político falangista que supo ver las cualidades del joven de Cebreros, colocándolo como secretario. Luego, tutelado por el propio Herrero Tejedor desempeñó diversas funciones políticas hasta que en 1968 fue nombrado gobernador civil de Segovia, un puesto que le permitiría conocer y trabar buena relación con el príncipe Don Juan Carlos.

—… un peldaño que le aupó al siguiente: el nombramiento como director general de Radio Televisión Española en 1969, contribuyendo desde esta plataforma audiovisual a que los españoles conocieran mejor al Príncipe, un personaje entonces oculto en la maraña franquista. Luego vendrían otros peldaños de la escalera del éxito hasta que los españoles conocimos su nombramiento como presidente del Gobierno durante la tarde del 3 de julio de 1976. ¡Una gran sorpresa al parecer!

—¡Ya lo creo! A la sorpresa y conmoción en los círculos políticos se sumó el de los periodísticos. Ricardo de la Cierva, en un artículo publicado en El País con el título de ¡Qué error, qué inmenso error! escribió que se trataba de un nuevo Gobierno de Franco.

—… una percepción errónea de Ricardo de la Cierva, vista con la perspectiva que nos da el tiempo.

—Bueno, en esta misma idea de que se trataba de un error se movieron también los medios democráticos. Para ellos con Suárez no llegaba un adelanto de la democracia sino un Franco joven. La falta de experiencia política fue resaltada por muchos medios nacionales e internacionales. El País subrayó sus cualidades de buen político, brillantez, inteligencia y discreción; pero, a continuación, matizaba que no era hora de políticos sino de estadistas.

—… otra percepción quizás errónea porque el tiempo nos pone, como dictamina el dicho popular, a todos en nuestro sitio. Y a Adolfo Suárez el tiempo le ha puesto —a mi juicio— en un gran lugar: en el Olimpo de la Historia, desde donde su luz seguirá iluminando la Historia de España para siempre.

—Sí, así lo creo yo también. Cuando llegó la muerte a visitarlo, el 23 de marzo de 2014, fue despedido como un héroe, como el Ulises de la Democracia.

Antes de continuar nuestras andanzas en torno a la Transición con sus caras más representativas mantuvimos un tiempo de silencio, fijando simultáneamente nuestras miradas en la imponente fachada principal de la Catedral de Toledo Primada de España, ópera prima del gótico español, joya del patrimonio mundial y una de las mejores galerías de arte gótico del mundo. Absortos ante la belleza y magnificencia de esta “opus magnum”, cuya construcción comenzó en el siglo XIII con Fernando III el Santo, siendo finalizada con las últimas aportaciones en el XV con los Reyes Católicos, seguíamos manteniendo un tiempo de silencio. Sí, un tiempo de silencio para rememorar interiormente una época fulgurante de la Historia de España parecida —según expresión de mi conversador— a un barranco donde los ciudadanos no sabíamos si gateábamos hacia la salida o hacia el fondo. Pero también como un punto de inflexión parecido al que supuso la novela barojiana escrita en el año 1962, “Tiempo de silencio”, por el psiquiatra y escritor Luis Martín Santos, elemento clave de la evolución de la literatura española del siglo XX. Cómo esta obra de estructura clásica de principio, nudo y desenlace, la Transición se inicia para algunos en los años sesenta con el nuevo rumbo económico del país; para otros con el asesinato de Carrero Blanco en 1973; y para los más puristas con la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975. El desenlace suele situarse en 1981, con el golpe de Estado de Tejero, en 1982 con la llegada del poder del PSOE o en 1985, con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea. Y en cuanto al nudo de esta “leyenda de la Inmaculada Transición” podría quedar resumido en que se trató de una gesta de la libertad, la igualdad, y el pluralismo político. Y esto en medio de una impresionante crisis económica, incontables huelgas, el brutal terrorismo tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, así como el constante y amenazante ruido de sables.

—¿Te parece que prosigamos nuestro camino? —comenté rompiendo nuestro largo silencio.

Sí, claro, prosigamos. La Transición, además de El Rey, Arias Navarro, Torcuato y Suárez, tuvo otros importantes protagonistas como Carrillo, Fraga o Carmen Díaz de Rivera.

Proseguimos nuestro camino desde la Plaza del Ayuntamiento o de los Tres Poderes. Mientras la dejábamos atrás con la intención de llegar hasta el Palacio de Fuensalida, nuestra última estación, le expliqué a mi conversador que esta plaza nació por una necesidad de crear espacio libre ante la Catedral de Toledo, una decisión tomada por el Cardenal Gil Álvarez de Albornoz en 1339; y que para tal cometido se tuvieron que derribar casas pertenecientes al Cabildo e, incluso, un granero adscrito a la Catedral. De un modo irónico comenté:

—Me imagino que, a Carrillo, otra de las caras de la Transición, esta decisión de la propiedad eclesiástica en favor de la civil la habría aplaudido con el fervor de un hombre de izquierdas.

Claro, seguramente. El franquismo creó y alimentó a un ser diabólico llamado Santiago Carrillo. Era comunista, lo que significaba la peor expresión del mal. También vivía en el castillo aterrador una bruja, una madrastra conocida con el sobrenombre de “Pasionaria”, Dolores Ibarruri para los devotos. Llegó al bosque hispano en febrero de 1976 disfrazado con una peluca. No había pisado suelo español desde 1939. Tras un breve paso por la cárcel se quedó en España, ya sin peluca, con un objetivo innegociable: la legalización del PCE. Durante este tiempo le tocó lidiar con el espeluznante toro del terror. El 24 de enero de 1977, el asesinato de cinco abogados laboralistas de CCOO en la calle Atocha de Madrid amenazó con tumbar el débil edificio democrático.

—Tengo entendido que a Adolfo Suárez le impresionó la actitud de los comunistas tras el atentado de Atocha. El periodista Luis Herrero ha escrito que Adolfo siempre creyó que Carrillo era un lobo disfrazado de cordero y que su actitud cambió tras esta terrible matanza.

—Sí. Suárez había mantenido diversas reuniones con Carrillo. Sesiones prolongadas durante horas, envueltas en el humo de dos adictos al cigarrillo, que se cayeron enseguida muy bien. Una vez conseguido el feeling de lo que se trataba era de formalizar un gran acuerdo. El historiador, Santos Juliá ha escrito: Ahora de lo que se trataba era de que el secretario general del partido comunista, responsable del orden público en el Madrid sitiado de noviembre del 36 se viera y se entendiera con el último secretario general del Movimiento Nacional, que cuarenta años después recién venía de colgar en el trastero la camisa azul”.

SANTIAGO CARRILLO EN RTVE

¡Qué curioso! Pareciera como si este encuentro entre dos hombres procedentes de mundos tan diferentes fuera obra del destino, de la causalidad y no de la casualidad.

—Pues no es la única. Pocos conocen que la apuesta por la reconciliación nacional arranca en junio de 1956 con la llamada “Declaración del Partido Comunista de España, por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español”. Este documento de 30 páginas, por el que el PCE analizaba la situación política, económica y social de España, y aportaba ideas para reconstruir el país entre todas las fuerzas políticas, fue suscrito veinte años después de iniciada la guerra civil. Pues bien —y aquí viene el dato curioso— otros veinte años después de la firma de este documento, el PCE se convertiría en protagonista central de la Transición.

—Y luego vendría la tan ansiada legalización: el histórico 9 de abril de 1977 más conocido como Sábado Santo Rojo. En este caso fue RNE y un compañero nuestro, el legendario periodista Alejo García, quien comunicó a los oyentes la trascendental legalización del PCE. Lo hizo durante un eterno minuto, como sabes, con voz entrecortada, ahogada, sin resuello, de manera dubitativa, y hasta pidiendo perdón por su torpeza.

—Pues sí. Un anuncio que hizo historia, tanto por la forma como por el contenido. Nuestro compañero Alejo García explicó después que en aquel momento la redacción de RNE estaba en un piso inferior a los estudios y que el esfuerzo de subir a toda velocidad para comunicar la noticia le vació de aire los pulmones, lo que le llevó a leerla a trompicones.

—¿Qué papel tuvo Carmen Díaz de Rivera —la rubia misteriosa— en esta legalización?

—Carmen Díaz de Rivera no sólo tuvo un papel relevante en esta legalización sino también en el proceso inicial de la Transición. Fue, como se ha dicho, una mujer extraordinaria en un tiempo irrepetible. Hablaba cuatro idiomas y estaba licenciada en Ciencias Políticas por la Complutense. Fue la persona de confianza de Adolfo Suárez en su época de Director General de Radio Televisión Española. Luego lo sería también cuando fue nombrado ministro secretario general del Movimiento y, en julio de 1976, ya como presidente del Gobierno, la nombró directora del Gabinete de la Presidencia, puesto desde el que abogó por la legalización de los partidos políticos, especialmente el PCE.

—Tengo entendido que era una mujer con carácter, de las de “armas tomar”.

—Sí. Ya lo creo que lo era. Díaz de Rivera contó a su biógrafa, Ana Romero, que la primera entrevista con Suárez fue muy tensa. Apenas llegó a su despacho le recriminó: ¿Cómo usted tan joven, puede ser tan fascista? Adolfo le contestó que no era fascista, a lo que ella le replicó: “Pues todo lo que veo aquí me parece fascista”, mientras miraba con fijeza un retrato de Franco, añadiendo a continuación: “Quiero que sepa que yo necesito dinero, pero no estoy dispuesta a ganarlo ayudando a la dictadura”.

El gran Francisco Umbral escribió que Carmen Díaz de Rivera era la musa de la reforma, la Pasionaria de la calle de Serrano, la Victoria Kent del Barrio de Salamanca.

—He escrito que La Transición fue un momento irrepetible, casi inverosímil de nuestra historia contemporánea, en la que brilló esta mujer hermosa y enigmática, que conducía un Renault 5 naranja y gastaba chubasqueros de colores vivos. Llevó un diario en el que anotó datos, impresiones y opiniones sobre el proceso político en marcha. Diario que entregó a la periodista Ana Romero con el ruego de que lo destruyera después de haber entresacado un centenar de entradas escogidas por la propia Díez de Rivera.

Embelesados con Carmen Díaz de Rivera, la figura femenina de la Transición, la rubia misteriosa, la que brilló por derecho propio en aquel vasto imperio varonil del franquismo, llegamos a nuestra siguiente y última estación de nuestro particular vía crucis: el Palacio de Fuensalida, un imponente edificio construido a finales de la primera mitad del siglo XV por encargo de don Pedro López de Ayala, primer señor de Fuensalida. Está considerado como el mejor exponente palaciego del mudéjar toledano, una tipología histórica escasa en nuestro patrimonio edificado, donde se fusionan tres estilos: gótico, plateresco y mudéjar. Actualmente se celebran en él las sesiones plenarias del Consejo de Gobierno de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Un símbolo del poder político, como en su día lo fue otra de las caras de la Transición: Manuel Fraga Iribarne.

—¡Don Manuel Fraga! ¿Quién fue Manuel Fraga?

—Uno de los hombres que estaba en la mayoría de las quinielas de los aspirantes a pilotar el tránsito de la dictadura a la democracia. Era un temperamento hecho de inteligencia, furia y testosterona. Un hombre nacido para la gesta o para el naufragio. Un político del franquismo perteneciente al ala abierta de aquella cerrada y cerril España. 

—¿Alguna descripción más sobre don Manuel? —Dígala, o calle para siempre— pregunté y comenté con cierta retranca.

—Sí. Me gustaría aclarar que Fraga, como cualquier político franquista, era un prototipo de la España reaccionaria forjada en la dictadura: un servidor del Régimen y admirador de Franco, al que, como es natural, nunca le cuestionó nada.

—Esto es verdad, pero, al mismo tiempo, gracias a políticos como Fraga se sentaron desde dentro las bases del cambio a la democracia. Cuando en 1962 fue nombrado ministro de Información y Turismo, fue muy bien acogido por la prensa internacional.

—Sí. Aunque esto le llevó a Franco a pronunciar una de sus frases de laconismo irónico: “Algo habremos hecho mal”. No cabe duda que sus mayores logros de gestión estuvieron en el ámbito del turismo. A él le debemos la red de paradores de turismo que hoy disfrutamos, una iniciativa continuadora surgida durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. También debemos destacar sus esfuerzos por relajar la censura de prensa. Con la conocida “Ley Fraga” —que vino a sustituir la legislación sobre la materia de 1938, en plena Guerra Civil— consiguió que desapareciera la censura previa, si bien, después de editados los periódicos o las revistas debían de responder por lo publicado.

Los que ya pintamos canas seguimos recordando al Fraga de aquella época dándose un baño junto al embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke, en la playa de Palomares (Almería), el 7 de marzo de 1966 era su forma de decir al mundo que las aguas del Mediterráneo eran seguras, que el riesgo de contaminación radioactiva era nulo.

—Pero hay otra anécdota, sin foto, que resulta muy divertida. Verás. Su paisano Pío Cabanillas era su subsecretario en el ministerio y ambos habían acudido a Cambados a un acto oficial. Era un día muy caluroso de agosto y a Pio se le ocurrió, acabado el acto, que podían irse a darse un chapuzón. “No tenemos bañador”, repuso Fraga. “No importa, conozco una cala donde no va nadie”, respondió Cabanillas. Desnudos ambos, se zambulleron en el agua y nadaban muy a gusto cuando descubrieron a un grupo de niñas de un colegio de monjas, que se habían bajado de un autobús con la intención de bañarse. Los dos —lógicamente— a escape. Fraga iba tapándose sus partes, mientras Pío Cabanillas le gritaba: “Manolo, la cara; la cara, Manolo”.

Ja, ja, ja, ¡Qué bochorno! Seguro que pensaron, ¡tierra, trágame!

Manuel Fraga Iribarne. Chalet Villa Dolores. Bargas 25 de julio de 1978

Seguramente. Luego, en 1969, tras el estallido del caso Matesa, uno de los escándalos político-económicos más importantes de España, durante la última etapa del franquismo Fraga es relevado en el ministerio y, por iniciativa propia y con notables apoyos, comienza a centrar sus esfuerzos en la preparación de las reformas que sería preciso emprender tras la muerte de Franco.

Tengo entendido que él fue uno de los que impulsó la creación del periódico El País.

—Cierto. En 1971 firmó un acuerdo con José Ortega Spottorno para la creación del diario El País, con la idea de que le sirviera como plataforma para liderar la futura transición. Unos meses después, el 20% del capital fundacional corresponde a Fraga y personas allegadas. El director iba a ser Carlos Mendo; después se le ofreció al escritor Miguel Delibes, que no aceptó. El de El País, como otros tantos proyectos, fueron creciendo durante la estancia de Fraga en Londres como embajador. Al parecer, la sede diplomática en la capital británica se transformó en lugar de paso e intrigas. La salida de este rotativo se produjo en mayo de 1976, siendo Fraga ministro de la Gobernación en el Gabinete de Arias Navarro.

Por cierto: ¿dónde se encontraba don Manuel el 20 de noviembre de 1975?

El 18 de noviembre de 1975, con Franco técnicamente muerto, Fraga en su calidad de embajador en Londres se presentó en Madrid, siendo recibido con honores de estrella en el aeropuerto. Dos días después el 20 de noviembre recien conocida la muerte del dictador, se entrevistó con don Juan Carlos, a quien entregó un escrito en el que se recogía las líneas que deberían articular la transición. Fraga no concebía que pudiera haber nadie tan cualificado como él para ponerse al frente de este importante proyecto de cambio; sin embargo, el rey don Juan Carlos tenía puesta su mirada en otro candidato. Luego, tras la muerte de Franco, el primer ministro del Gobierno, tras la dictadura, Carlos Arias Navarro, nombra a Fraga ministro de la Gobernación.

Todo lo que viene a continuación sobre Fraga forma parte relevante del convulso periodo de la Transición y en la formación de la derecha política democrática.

Un periodo durante el que Fraga se matriculó en la “Escuela de la Adversidad” por las sonoras derrotas que cosechó, pero también con logros y victorias importantes. Además de diputado y senador fue uno de los siete padres de la Constitución de 1978; fundador del partido Reforma Democrática (embrión de Alianza Popular y, a su vez, del actual Partido Popular) y candidato a la presidencia del Gobierno de España en cuatro ocasiones entre 1977 y 1986. Fue presidente de la Junta de Galicia entre 1990 y 2005. Se retiró de la política el 2 de septiembre de 2011. El 15 de enero de 2012 se paró el corazón del hombre al que le cabía el Estado en la cabeza.

MANUEL FRAGA EN RTVE

Con esta última reflexión ambos comprendimos que había llegado el momento del silencio, el gran arte de la conversación. Entonces vino a nuestra memoria la reflexión del dramaturgo y ensayista belga, Maurice Maeterlinck: “Los grandes hombres y mujeres tienen confianza en el destino. Conocen parte del porvenir, porque son parte del porvenir ellos mismos”. Al caer en la cuenta de que las siete caras de la Transición esas que tuvieron confianza en el destino y conocían el porvenir ya no estaban entre nosotros salvo una; sentimos el consuelo celestial de la verdad bíblica revelada: “Los hombres pasan, pero sus obras continúan”.

José Antonio Hernández de la Moya y José Francisco Adserias Vistué en EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

© Fotografías privadas. Colección “Toledo Olvidado”, Venancio Martín, Alberto Romero y del conversador Juan Antonio Tirado.

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