Iván Robledo

Ese niño de todas las fotos

Es el niño que siempre ha estado ahí, a nuestro lado, acompañándonos en los instantes más importantes de nuestra vida, esos que caben en la cuadratura del círculo que conocemos con el nombre de fotografías. Porque sí, hay quien piensa que las fotografías son los recibos de los momentos vividos, el resguardo de haberlos protagonizado. Esas fotografías que retratan nuestra vida en negro y blanco o a color son el pasaporte sellado de toda una existencia. Tal vez por eso ya no es estilan, como los jazmines o los ojales, y ahora las fotos se hacen con teléfono y siempre parecen la misma foto: gente mirando un teléfono. Da igual el momento, sea un bautizo o un duelo de tercera, ahora la gente es toda la misma en todas las fotos, la mitad con la cabeza agachada mirando el cacharro, la otra mitad con el teléfono fotografiando a esos otros, y luego se turnan. Antes no, antes todo era tan épico que se necesitaba una familia entera para poder posar delante de la cámara. Eran los días en que había tan poco que celebrar que la cosa siempre acababa en foto. Tal vez porque nunca como antes, por no tener, ni teníamos nada que perder.

Ese nño de la foto

Un día, sin embargo, repasando aquellas fotos mecidas por el tiempo vemos que con casi todas ellas ocurre algo. La vista, distraída por momentos, se nos posa como sin querer aquí y allá, revisamos las fotos de nuevo y vuelve a suceder, cada vez con más frecuencia, cada vez con mayor intensidad. Desde las más antiguas hasta las actuales. Entonces volvemos a las primeras y prestamos más atención. No, no nos equivocamos. Ahí está ese niño. Seguimos y de nuevo nos lo encontramos en retratos alternos o seguidos. Es un niño que no conocemos pero que se nos cuela en cada foto. Alarmados nos levantamos y preguntamos a cualquiera que tengamos cerca:

– ¿Quién es este niño?

– No sé, el sobrino de alguien posiblemente.

Sabemos que no, los sobrinos de alguien siempre son de otra manera, y este parece distinto. Decidimos que lo mejor será seguir preguntando, pero la respuesta es siempre la misma.

– ¿Ese niño? Pues no sé. Tal vez sea….

Unas veces puede ser el amigo de un primo, o incluso ese mismo primo cuya existencia solo conocemos de oídas. O el hijo del señor de la taberna, que ese día no tenía colegio. O el sobrino del señor cura, ese que celebró la comunión de nuestra vecina y al que todos llaman padre menos, precisamente, su sobrino. O puede que sea un niño perdido, sin más. Pero ninguna de las respuestas nos convence. Porque si repasamos una vez más la colección de fotos comprobamos con cierto repelús que ese niño, el que nadie sabe quién es pero que está en todas las fotos, es siempre el mismo. A pesar del tiempo que separa unas imágenes de otras advertimos sorprendidos que no cambia, siempre aparece con la misma expresión de ojos cansados de tanto posar y una media sonrisa muy fotogénica, con su leve inclinación de torso para dar mejor perfil, comportándose como todo un profesional de los del método.

Y nos mira. Sí, nos mira desde el fondo de aquella foto antigua y combada por los años con la expresión de quien sabe que algún día nos fijaríamos en él como nadie lo ha hecho antes. Lo notamos al verlo y el desasosiego que nos provoca nos lleva a la serenidad que rodea lo inexplicable. El niño que nadie sabe quién es pero que aparece en todas las foto nunca cambia, a veces es alto y otras menudo, rubio o moreno según el día, y en algunas hasta es una niña. Pero al cabo siempre el mismo, de eso estamos seguros.

– ¿Has averiguado ya quién es el niño ese?

Nos preguntan por detrás, a traición. Y respondemos negando desaliñados como si no nos importara saberlo, pero lo hacemos solo para disimular nuestra desazón. En realidad hay algo perversamente bello en ese niño de las fotos que queremos para nosotros solos, el misterio de no tener nada que ocultar, la intriga de esa cierta candidez infantil. Miramos al niño y él nos mira, y entonces comprendemos que siempre estuvo allí para que pudiéramos verlo hoy. Y nos sentimos felices al no comprender nada.

Cuando guardo de nuevo las fotos en las cajas de zapatos, todo parece distinto. Sé que en algún lugar hay un niño que sale en casi todas las fotos, pero que nadie sabe quién es. Quizá ni él mismo lo sepa, pero eso no es un impedimento ni falta que le hace. A partir de entonces, cuando miro las fotos familiares y lo veo en ellas bajo cualquiera de sus apariencias, entiendo que no está para que lo veamos, sino para que él nos vea a nosotros, como un guardián del momento que ilumina el flash de la cámara, para cuidar de esos retratos que en su día tanto supusieron para quienes aparecen en ellos. Y este pensamiento se hace reconfortante en su simpleza.

Todo esto se lo conté cierto día a un amigo, no a cualquiera sino a ese amigo que sabemos que no nos presta atención, por si acaso. Hacerlo, abrirle esta rendija de intimidad, me supo bien, resultó relajante y casi terapéutico. Pero como no hay final feliz sin historia que lo merezca, mientras me llevaba la copa a los labios le pregunté:

– ¿Has escuchado lo que te he contado?

– No, lo siento. Estaba pensando en lo mucho que te pareces a un niño que sale en una foto que le hicieron a mi tía abuela el día que la operaron de la rodilla. Ya sé que no puedes ser, pero es igualito que tú.

Categories: Iván Robledo, Opinión, Redactores

Tagged as:

Gracias por comentar