Amor por leer

El español. Idioma inigualable.

La defensa de este idioma, que como por casualidad viene a ser el mío materno, no nace ni surge por razones patrióticas, al menos no exclusivamente por ello. Es cierto que los españoles, desgraciadamente, solemos desdeñar lo propio mientras admiramos lo ajeno. Ensalzamos tierras o regiones extranjeras forjándonos una imagen distorsionada de la realidad. Estimo que todos los rincones del mundo tienen su encanto y atractivo; la geografía universal es ciertamente maravillosa, pero en ella debemos incluir la nuestra.

Ya desde niño, por aquello de las felices ideas que tienen los gobernantes respecto a la educación de toda persona, se estimó oportuno conocer otras lenguas para ampliar horizontes y supuestamente la cultura. Dado que Francia es país vecino, decretaron implantar el estudio del francés en todas las aulas, más como novedad que por necesidad auténtica, pues nadie o casi solía viajar entonces al extranjero.

Negar el encanto del francés sería ilógico, pues su sintaxis modula en sensaciones propias que son adorables. Y así, con buen ánimo, fuimos aprendiendo su léxico, su morfología, su semántica y gramática, la ortografía, que nos resultaba extraña por las tildes inversas y los circunflejos, para practicar la segunda lengua educativa.

Pronto surgió la idea, ahora vista como desacertada, de canjear el francés por esa otra lengua tan universal que hasta Shakespeare la empleaba y era natural en Norteamérica. Como si la llegada de Richard Nixon estuviese condicionada a poderle saludar en inglés o desearle feliz estancia empleando su idioma. Los errados vaticinios de ministros que empezaban a realizar algunos viajes al continente, anunciaron como imperiosa dicha lengua jurando alzarse al grado de universal. Muchos, más o menos necios, aseveraron que el idioma británico se impondría en todo el mundo, y nosotros estábamos obligados a dominarlo tan bien como el propio.

0000-montilla-espiritualidad-siglo-xvi-20-638Curiosamente, al finalizar el bachiller, fueron pocos los que apenas lograban encadenar tres palabras en francés y no mucho más tarde media docena de ellas en inglés. De golpe, porque no hay dos sin tres, otro visionario tan fallido como sus predecesores, profetizó que el ruso iba a dominar cielo, tierra y mares, ya que la entonces URSS estaba expandiéndose como el perfume de magnolias en estío. Por azares de la vida, la idea quedó subyugada a un burdo intento de implantación académica sin el menor éxito por parte del Ministerio y sus acólitos.

Mientras esto sucedía, los alumnos ya empezaban a confundir la ortografía del inglés con la del español, dando lugar a los primeros indicios del fracaso que hoy se asume cuando se intentan aprender, sobre todo en la primera fase educacional, más lenguas que la propia. Pero el inglés había creado a incurables adictos más que nada por la llegada de la música extranjera. El rock and roll del inmortal Elvis Presley no se cantaba en latín, claro, tampoco en ruso o en francés, por lo que llevó a aprender las letras en aquel idioma para estar a la moda y acordes a las voces ministeriales que llegaron a sentirse mucho más que orgullosas.

De manera que el inglés nos fue invadiendo, permisivamente por nuestra parte, llegando casi a suplir muchos términos cotidianos para presunción del menesteroso canje con tintes modernistas. Y entonces íbamos a la cook rom o cook galley para tomar un lunch antes del have dinner que muchos hacían tuck in. Después, porque las costumbres no llegan nunca a perderse, empleando más o menos tiempo para ello, llegaba la table cover donde se solía hacer gab according to Spanish style.

Cuando había tiempo, cómo no, caminábamos hasta el sitting room a fin de poder echar la nap en cualquier butaca de rigor. Y frente al televisor presenciábamos el newscats para andar al día sobre novedades de toda índole. Empezaba a forjarse la más soberana estupidez (soy testigo; doy fe) en todos los ambientes y contextos, llegando a embrollar las lenguas con una alegría idiota.

Si alguien pulsaba el timbre nos apresurábamos a llegar al living para recibirle con nuestro nuevo manner que resultaba very cool, sujetando el cigarrillo entre dos dedos y caminando como para lucir el novedoso look que ya habíamos comenzado a emplear remedando las indumentarias de los films USA. Para andar en casa, sobre todo en verano, gastábamos shorts y ridículas shirts ya con leyendas en inglés tan absurdas como sus dueños. Anchurosas, de colores espantosos, enmarcaban la simpleza bobalicona de alguna idea o mensaje. Make love Not War. Live mine. Masturbation is not a crime. If you are happy, so am I. Be free and be happy.

Y así, en parvo tiempo, lo usual se convirtió en ridículo para gozo de muchos y espanto de pocos. El inglés inundó nuestras serenas existencias con resultados caóticos, pues lo más triste es que nunca supimos hablar dicha lengua, y para colmo olvidamos la ortografía española así como su sintaxis. Cabe preguntarse, ahora, dónde estaban las ventajas de «conocer» dicho idioma que no nos ha servido absolutamente para nada.

Los anglicismos llegaron a saturar el panorama nacional hasta el extremo de ver menús culinarios exclusivamente en esta tosca lengua. Chicken soup, muy sabrosa y con sustancia, bien podría ser el primer plato. De segundo era posible escoger entre un delicioso Fillet of beef in juice o Marinated salmon with leek sauce. ¿Y de beber? Pues estaba en lo acertado un buen Red wine riojano o una exquisita Belgian abbey beer. Algunos restaurantes de cuatro tenedores y media docena de estrellas Michelin, que para lograrlas están obligados a dar bajo cuerda sumas desorbitadas e invitar cada dos por tres a los memos representantes de la falaz guía gastronómica, impulsados por la universalidad de sus comercios, convinieron intitular los guisotes que ofrecían también en francés. Y entonces vimos cómo para hacernos servir una ensalada, carne a la plancha y helado de vainilla, junto con agua y un vino dudosamente decente, era forzoso declamar en susurro nuestra humilde solicitud, ya que la carta era del todo incomprensible.

Esta histeria colectiva por la lengua de los The Beatles impregnó también, cómo no, los noticiarios, viendo para nuestro asombro que algunos locutores, sin más estudios que el anodino bachiller y la carrera de galgo que les otorgaba la inútil licenciatura en periodismo, hoy denominada «ciencias de la información», (me pregunto dónde está la «ciencia» para decir tanta macana), intentaban deleitarnos con esa deformación en la oratoria que versa en una mezcolanza de palabras anglosajonas junto a otras mal empleadas del español.

Aún escuchamos disparates como estos: «Esta mañana, el presidente del Ejecutivo ha visitado el Museo del Prado para una be interviewed con el nuevo manager de la prestigiosa institución painterly».

Y los políticos, por supuesto, se infectaron de la nueva moda para decir sus banales discursos del mismo modo y manera. Curiosamente, preocupado por eso llamado «vergüenza ajena», Lázaro Carreter, entonces Presidente de la RAE, planteó un retorno al estudio del español por parte de periodistas y gubernativos. Desde su cátedra, el insigne filólogo tuvo que luchar contra la estructuración informática, que nos ahogó por completo, ya que ésta no contemplaba la eñe entre sus teclas. Vimos, todos, cuando nos llegaba una misiva de cualquier entidad bancaria o las diversas facturas por los servicios de agua, flujo eléctrico y demás, que nos habían cambiado el nombre y por ende la chica patria y la grande. Canadas del Guadalquivir. Sevilla. Espana. Antes, se comprende, Cañadas del Guadalquivir. Sevilla. España.

Codiceemil

Glosas del Código Emilianense, primeros balbuceos del nuestro idioma.

Exigió, don Fernando Lázaro Carreter, la eñe en el teclado español, y abogó por incluir la elle y la che. Porque debemos asumir que la eñe constituye la decimoséptima letra del abecedario español, que representa un fonema consonántico de articulación nasal y palatal. La elle en un dígrafo que, por representar un sólo fonema consonántico de articulación tradicionalmente lateral y palatal, es considerado desde 1803 decimocuarta letra del abecedario español. Su nombre es elle. En gran parte de los países y regiones hispánicos se pronuncia como «y», con salida central del aire, y con sus mismas variaciones de articulación, y en la escritura es inseparable. Así mismo, la che, dígrafo que, por representar un sólo sonido consonántico de articulación africada, palatal y sorda, como en «mucho» o «noche», es considerado desde 1803 cuarta letra del abecedario español. Su nombre es che, y también en la escritura es inseparable. Recuperamos patrias y seguimos aguardando, yo al menos, la elle y la che en nuestros informáticos teclados.

Como si se tratara de una conspiración de antemano inútil, esto es demencial, para no ofender a los catalanes (pero dónde puñetas está la ofensa, pregunto), canjeamos el nombre de nuestro idioma por el de castellano, siendo éste un dialecto románico nacido en Castilla la Vieja, del que tuvo su origen la lengua española. Algo patológico que jamás voy a aceptar le pese a quien le pese y se irriten cuantos quieran. Yo hablo y escribo en español.

De hecho, vemos, Diccionario de la Real Academia Española (no Castellana) de la Lengua. Ortografía de la Lengua Española. Gramática de la Lengua Española. Sintaxis y morfología de la Lengua Española. ¿Y debo decir castellano luego de tanto…? Pues no.

Absortos en esa soberana estupidez que constituye el estudio (y esto de «estudio»  por decir algo) del inglés, llega el día y la hora en que Bill Clinton declara segunda lengua oficial en EE.UU al español. Margaret Thatcher puso el grito en el cielo pero no le sirvió de nada, visto queda. Para información de los lectores, el español es, a fecha de la presente, el idioma más hablado en el mundo, superando al inglés con creces. Las lenguas no pueden imponerse a golpe de sable y dictamen gubernamental; por sí mismas van cobrando su protagonismo o, en caso contrario, se diluyen inexorablemente.

ortografiamateoalemanImparcialmente, el español es, sin lugar a dudas, el mejor idioma de cuantos se conocen. A esto iba. Goza de una sintaxis perfecta, donde la precisión de cada palabra no da lugar a ambigüedad alguna. Su morfología conjuga todas las formas verbales posibles, haciendo de la oración un éxtasis sin precedentes en la filología. La estructura se corresponde a la lógica racional, no como en otras lenguas donde el adjetivo se antepone al sustantivo. La Casa Blanca versus The White House.

Esto es vital para entendernos adecuadamente. Cada palabra (segmento del discurso unificado habitualmente por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final) aislada de contexto semántico, nos invoca una imagen plástica muy específica. Cuando decimos «casa» nos surge de inmediato la imagen de una vivienda determinada y concreta. Dentro del discurso: «voy a mi casa», indica acción, tiempo del mismo y destino. Si debo describirla, «voy a mi casa, bastante grande», las imágenes nos definen el sustantivo como una villa o mansión, sin necesitar más tiempo para comprender su significado.

El tiempo verbal permite, en español, determinar cuándo y hasta cómo realizamos una determinada acción. «Voy a mi casa, bastante grande, donde mis padres y hermanos me aguardan para almorzar». O: «Vamos a mi casa, bastante grande, donde mis padres y hermanos nos aguardan para almorzar». Algo imposible en inglés debido a la torpeza de su estructura, donde los pronombres, artículos y verbos carecen de identidad propia.

Voy a mi casa. En inglés, I’m going home (me voy a casa) que no se parece ni remotamente al discurso enunciativo en español. I am (yo) going (voy) home (casa). El discurso queda reducido a Yo voy casa. Y así, los hablantes de esta zafia lengua, encuentran insuperables los matices que requiere el español. Con frecuencia, incluso aquellos extranjeros de habla anglosajona que ya habitan varios años en el mundo Hispano, continúan con su tosco discurso. Yo comer aquí. Mí beber agua. Tú ser mucho simpático, etcétera.

El gran Juan Rulfo, luego de otorgarnos su El llano en llamas y Pedro Páramo dijo textualmente: «No hubiera podido escribir estas miniaturas dramáticas en cualquier otra lengua, en algún idioma que no fuera el español».

Con frecuencia me pregunto qué leerán los países de habla anglosajona cuando llegue a sus manos El Quijote. Por el contrario, y son muchos los que lo ignoran, España cuenta con la mejor Escuela de Traductores del mundo, sita en Toledo desde el siglo XIII pese a las necias negativas (sin el menor fundamento, como de costumbre) por parte de Julio César Santoyo, que sabe de Historia tanto como un servidor de astrofísica. Hoy, la prestigiosa y antigua Escuela de Traductores de Toledo es uno de los institutos culturales e investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha, y tiene su sede en el antiguo Palacio del Rey Don Pedro en la toledana Plaza de Santa Isabel.

Las más insignes traducciones de Shakespeare fueran realizadas por Leandro Fernández de Moratín, dramaturgo y poeta español, el más relevante autor de teatro del siglo XVIII español.

Con el agrado que todo idioma merece, debemos enaltecer el español por derecho propio ya que los extranjeros empiezan a dominarlo infinitamente mejor que nosotros, lo cual es paradójico, vergonzoso y lamentable teniendo en cuenta el sincero compromiso que todos tenemos con las letras y las artes.

El conocimiento de otras lenguas debe realizarse en pro de unas bases culturales y no empujadas por la moda. Como bien dijo Coco Chanel: «La moda reivindica el derecho individual de valorizar lo efímero», y también: «Todo lo que es moda pasa de moda, el estilo jamás».

Un idioma impecable, el español, que aun siendo muy difícil bien merece la pena y el esfuerzo conocer a fondo y estudiarlo más y mejor cada día.

Francisco F. Micol

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