José Ramón Chaves

La vaca y el escritor, cuanto más producen, mejor

Merece la pena recordar una afortunada metáfora usada por el extraordinario escritor José Luis Sampedro, vertida en la obra Escribir es vivir (2005), que es ilustrativa del oficio de escritor, su quehacer y su fruto. 

José Luis ilustrativaVeamos, ¿qué hace la vaca? Ustedes imaginen la vaca en un prado, tan tranquila, detrás de una cerca mirando a la carretera. Por la carretera pasan infinitas cosas. Pasan los labradores que van a labrar los campos, pasan los turistas, pasa la guardia civil, pasa el coche de línea. Y la vaca lo mira todo. Ustedes, los que viven por aquí, se habrán fijado en los ojos de las vacas. Los ojos de las vacas son maravillosos, son un prodigio, merecen tantos madrigales como los ojos de las mujeres hermosas y no los tienen las pobres…

… Los ojos de las vacas son asombrosos, son grandes, tremendos, son protuberantes, casi esféricos, se salen casi de las órbitas. Además, están uno a cada lado de la cabeza, con lo que tienen seguramente un campo visual, un gran angular que los humanos no tenemos. Un campo tremendo. Los ojos de la vaca son sensacionales. Y ¿qué hace la vaca viendo todo aquello? Se lo zampa, lo observa todo. El escritor también. 

El escritor es un voyeur, confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huele todo –no digo que lo toca porque eso ya sería pasarse–, pero el escritor, verdaderamente, es una cotilla. Volvamos a la vaca. ¿Qué pasa con ella al cabo de un rato? La vaca agacha la cabeza, arranca con sus dientes unas briznas de hierba, las mastica y se las traga. ¡Ah!, pero como ustedes saben muy bien, la vaca es un rumiante. Y, además, tiene cuatro estómagos, quien los pillara, ¿verdad?, para disfrutar más de la comida.vaca ordeñdaLa vaca se saca de uno de sus cuatro estómagos lo que ha tragado, lo vuelve a la boca y lo mastica de nuevo. El escritor actúa también como un rumiante: a todo lo que ha visto, todo lo que ha tocado y oído le da vueltas y más vueltas…

… Es decir, el escritor hace lo mismo que la vaca: rumia lo que se ha tragado observando, le da vueltas, lo trabaja. La vaca transforma la hierba en sustancia vacuna, el escritor transforma lo que ve, lo que toca, lo que piensa, lo que imagina, lo que ha ocurrido y lo que no ocurrió, pero hubiera querido que ocurriera; el escritor transforma todo en carne. Porque el escritor auténtico escribe con su carne, su sangre, su médula, lo mismo que la araña teje su tela con su propio cuerpo.

Me maravilla esta imagen debida a tan gran escritor pero me atrevería modestamente a completarla o adaptarla a la actualidad.

Creo que ha pasado el tiempo de la vaca tranquila y hermosa que señorea por la pradera, que plácidamente elige el pasto y calmosamente lo rumia, mientras un agradable ganadero espera ordeñar con mimo desde un taburete de madera, tirando y aflojando con cuidado, todo el fruto de su actividad creativa.

ordeñadoras

Me temo que en el mundo lechero como en el editorial, corren tiempos de ordeñadoras automáticas que aumentan la producción, y en que los consumidores devoran con prisas el producto lácteo eligiendo por el atractivo del envase, la publicidad y el precio, sin reparar en si ha sido tratada químicamente ni en su valor nutritivo. O sea, ni hay cariño al elaborar el producto ni lo hay al degustarlo. Quizá algo parecido pasa con muchos de los libros que hoy día salen a mercados, centros comerciales y librerías.

Bueno sería volver a la escritura “natural”, artesanal e inspirada, sin componentes tecnológicos, sin “cortas y pegas”, sin atender a la moda ni al mercado, sin confundir ristras de tuits encadenados con obras literarias, sin convertir lo extravagante en cultura.

Hay que recuperar el oficio de escritor pausado y atento a las musas, frente al escribidor con prisas y atento a las masas. Volver a la labor atenta y libre, donde todo el cariño y saber hacer del escritor tuviese por fruto eso que se llamaba con respeto “el manuscrito”, con el que gozaba tanto el escritor al escribir como el lector al leerlo.

libro enfermoHay un momento mágico en la lectura que se produce cuando el que lee se siente embarcado en la aventura del libro, con el privilegio de enlazar con el autor, escena semejante a degustar un vaso de leche recién ordeñada en plena campiña dejando marcas en las comisuras de los labios, mientras la energía nos invade. Y eso no debiera perderse. Si no lo intentamos, el destino del escritor como el de muchas vacas lecheras, será el matadero, tras el cual nadie se acordará de la leche ni de que existió una vaca generosa que todo lo dio.

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1 reply »

  1. Por completo de acuerdo con este artículo. Coincido con esa filosofía que transmite y comparto la necesidad de volver un poco atrás en determinadas cosas. El tema de la cultura en general y la literatura en particular no debería obedecer a modas, plublicidad y márketing; un libro es un pequeño tesoro, una aventura que puede acercar al lector a infinitos escenarios, situaciones diversas y que siempre enriquece de alguna forma, aunque no guste.

Gracias por comentar