Iván Robledo

La muerte está echada

Que siempre se mueren los otros es palabra de poeta, y por tanto no admite discusión. Porque solo a un poeta se le puede ocurrir que sea en noviembre, y no en otra fecha, cuando celebremos el mes de los muertos, que no de la muerte para no confundirnos porque esta se celebra todo el año. Y así debe ser porque muerte hay solo una, pero muertos los hay de todo tipo y debemos ser cuidadosos en el tratamiento, que hasta para ser muerto hay que tener suerte y no deben mezclarse los fieles difuntos, los seres queridos, los que ya no están o, si alguien nos cae mal, sus muertos.Muerte 2

Sea como fuere, la muerte es, como las matemáticas, una ciencia exacta, el resultado de una compleja ecuación vital preñada de incógnitas. Tal vez por ese motivo genera antipatía y desasosiego a tantos, porque limita la creatividad cuando sabemos que dos más dos siempre serán cuatro, como diría un matemático, por más que resulte difícil contravenir que cuatro no siempre es dos más dos, como diría un poeta. Las matemáticas, como la muerte, son tan infalibles como irremediables y por eso conviven entre los vivos muy a nuestro pasar, de manera que para no enloquecer tuvimos que inventar el redondeo y los chistes de muertos, el aproximadamente y los zombies, el número pi y el numerito de las calabazas. Si lo inevitable ha de llegarnos, que nos pille reídos, dicen los castizos.

Resulta paradójico que sean quienes creen en el más allá los que más se preocupen del más acá, como si la vida fuese dejarlo todo matado y bien matado antes de rendir cuentos ante la eternidad, cuando nuestros cuerpos otrora lozanos acaben como menú de anélidos. Fue Severo Ochoa el que le espetó a otro poeta, frente al Mediterráneo en el que recibió su bautismo la cultura, que debiera desengañarse porque solo somos física y química. Y este poeta, que creció frente a esas aguas, cuenta que se rio al escucharle. El científico habla de la muerte y el poeta de los muertos, así es como podemos distinguir a un genio de su propia genialidad. Se puede ser un gran científico, un Nobel reconocido, y al mismo tiempo ignorar que el Mediterráneo es un mar aliñado y no un océano desabrido como aquel frente al que ahora descansa Severo allá en Luarca. Un cementerio muy bonito, por cierto.

Y es que para bien o para mal sabemos tan poco de la muerte que nos da miedo reconocerlo, solo sabemos que llega, y que cuando llega pues ya está. Nada que no quepa en una esquela, esa racanería literaria que el ser humano en su incontinencia ha sabido suplir como mejor sabe hacer, pidiéndole a otro que lo haga. Y así fue como nacieron las novelas negras, tirando de las esquelas que son, dicen los más indolentes, un pastiche de novelas de las de suspense y tabaco malo. De Caín a hasta ayer tarde, ¿cuántos muertos han desfilado por las páginas de nuestra literatura? Moriríamos antes de acabar de contarlos aterrados solo con pensar que en el breve tiempo en que se escriben estas líneas, no podrán haber duelo para tantas personas como habrán fallecido. Mueren, y mueren, y vuelven a morir, las personas en el río de la vida que va a dar a la mar, que es el escribir ese tipo de relatos. No nos gusta la muerte, la tememos porque es jodida, pero nos gusta leer sobre los muertos con insana avidez. Puede que a causa de cierto espíritu justiciero que todos llevamos dentro y que nos lleva a decir, ‘se lo merecía’ para aliviarnos, o puede que sea consecuencia de un mismo temor, como si pretendiéramos conocer todas las formas de morir para evitar que nos pille desprevenidos.

Muerte 1Coquetear con la muerte es en cierto modo jugar a ser como dioses que quieren participar de su función justiciera. De ahí que reírse de ella sea cuestión tan delicada que necesitemos todo un mes, el de noviembre, para sopesar de qué va eso de los finados. Pero ni en esto nos podemos de acuerdo, que existen culturas de los duelos hasta para decidir los colores del luto, del mismo modo que hay quien lleva flores a las tumbas y quien comida. Pero en todos los pueblos el culto a la muerte es hábito arraigado, y enzarzarse en historias de muertos es costumbre inveterada. Mitos y leyendas que pueblan nuestra historia como piedras por las que pasar para cruzar ese río que es vivir. Morimos como mueren los animales y las plantas, pero el hombre es la única especie que conjuga el verbo asesinar, la única capaz de hacer bromas con la muerte y crear un género literario en el que su protagonista es un muerto. ¿Cómo no recordar a Thomas de Quincey, a Poe o a Bécquer? Un inglés y dos poetas no pueden estar equivocados, el idilio de la pluma con la muerte es lo que lleva a tantos a crear sus propios personajes para luego matarlos, y dependiendo de cómo haya pasado la noche el autor, conseguir que se haga justicia o no en un acto de sublimación tanática.

Y entre medio subyace deseo del hombre por alcanzar la inmortalidad, un anhelo que recorre los siglos en su estruendo y al que solo la naturaleza en su infinita sabiduría ha sido capaz de poner coto. Siendo prácticos, si el hombre hubiese sido inmortal a estas alturas de la existencia no cabríamos en el planeta. Si no fuera por la muerte la vida sería un vivir.

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