Pasear por entre las casetas de cualquier Feria del Libro, es ser consciente de que entramos en un mundo de posibilidades infinitas, de creaciones maravillosas, de historias irrepetibles, de versos reveladores y únicos.

Las obras de los autores noveles se mezclan con aquellos que ya llevan una trayectoria, mientras en las estanterías las grandes obras de los maestros de la literatura resplandecen con luz propia, preferidos siempre y admirados por todas las generaciones posteriores.

Las actividades se suceden sin pausa. Presentaciones aquí y allá, firmas de ejemplares y homenajes a los clásicos, los maestros eternos a la sombra de los cuales todos nos hemos cobijado alguna vez.

Sentarse a escuchar un poema de Machado en la voz de Manu Sánchez, es todo un privilegio. Un deleite para los amantes de la poesía y del poeta sevillano, quien se despidió de esta vida en suelo francés.

Tanto autores y autoras, tantas obras, tantas librerías… tantas historias encerradas en las páginas esperando ser descubiertas. Tantos sentimientos en cada verso, tantas emociones nacidas de un momento de soledad que quedan atrapadas en palabras y que esperan que los lectores las descubran, para alcanzar su objetivo máximo que es transmitir lo más íntimo del autor.

Una ocasión única para ser testigos del inmenso derroche de creatividad que existe detrás de cada novela, de cada poema, de cada ilustración o cuento.

Un jardín en el que las flores son las obras y el aroma, la esencia que cada autor o autora le impregna, haciéndola única, diferente y personal. Un acontecimiento anual en el que lector y autor se miran cara a cara, para compartir vidas y sueños, fantasías e ilusiones, en una total complicidad.

Isamar Cabeza


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