La poesía ha sido siempre, desde tiempos remotos, una eficaz vía por la que dejar presente sentimientos, creencias, críticas… En la cultura náhuatl, una serie de poemas sacros recoge la visión del mundo según su propia perspectiva. Soles, dioses, fragmentos y una relación cósmica entre espacio y tiempo que conecta con esta obra de Vicente Rodríguez Manchado.

Sumergirse en un poemario supone, la mayoría de las veces, un reto valiente y enigmático, el cual nadie nos asegura que podamos superar. Adentrarse en las letras de Vicente Rodríguez Manchado es asomarse a un universo privado y misterioso fruto de una visión encriptada y única de la realidad… quizás tan sólo de su propia realidad.

Podríamos suponer la relación entre La leyenda de los dioses, sobre la creación del universo según los mayas, con esta obra de Vicente Rodríguez o también podríamos descartar esta hipótesis. Lo que sí parece arrojar alguna similitud entre el título de este poemario Un dios de soles y fragmentos y las creencias del pueblo náhuatl, es la importancia que se le da a lo poco, a lo ínfimo, a aquello que de tan pequeño que es no se le presta la atención necesaria. Mucho de los poemas sacros de los náhuatl fueron destruidos, perdiéndose en el tiempo, pero sin embargo los que quedan han sido esclarecedores para la humanidad dándonos una idea de cuáles eran sus pilares y creencias. Una cultura que casi es desterrada de la memoria, de no ser por las pruebas escritas que han quedado. Observar lo mínimo, darle la importancia que tiene y descubrir en base a pistas todo un universo con sus propias directrices, fue el comportamiento que se utilizó para saber más acerca de este pueblo ancestral.

También, en base a harapos o retazos, nuestro poeta parece querer reconstruir su mundo, su propio ser, poniendo el foco en las cosas más pequeñas, las menos apreciables, enalteciéndolas, haciéndolas visibles ante la mirada ajena.

Sea como sea, acertado o no el análisis externo del que lee sus poemas y pretende descifrar el sentido que encierran sus versos, la poesía de Vicente Rodríguez no es solo una ofrenda de su privacidad al público, sino una elegante pasarela de versos diseñados con sumo gusto.

Docto y hábil en el manejo de las letras, se permite expresarse generosamente haciendo uso de recursos lingüísticos que harán que sus poemas sean exponentes de riqueza y elegancia literaria. De lo más pequeño a lo mayor, de elementos opuestos que se usurpan el puesto de continuo a la rigurosidad de los términos y al orden que guardan en cada verso.

Da la sensación de que el autor descubre, en su observación de la realidad, lo verdaderamente importante, reflexiones que le llevan a profundizar por el verdadero sentido de la vida y tal vez le sirvan para reconstruirse tras ser destrozado en miles de trozos. Motor de arranque para la creación de unos versos que encandilan por el ritmo pausado y penetrante que podemos apreciar en Un dios de soles y fragmentos.

Un bello poemario en sus formas y su contenido, que nos envuelve en una espiral de conocimientos que no nos deja indiferentes.

Isamar Cabeza

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1 thought on “Un dios de soles y fragmentos

  1. Una lectura inteligente del poemario de Vicente R. Manchado, destacando lo más importante: la elegancia de sus palabras y la importancia de la observación de lo mínimo. Acaso lo pequeño, efectivamente, tiene más importancia, como esa aseveración de encontrar en los pequeños detalles todas las muestras de amor, profundidad y saber hacer; en esencia » en los detalles está la excelencia». Gracias Isamar por tus reseñas que sigo con mucho interés.

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