Iván Robledo Opinión Redactores Relatos Breves

Hoy, cumpleaños

No hay fuego que abrase más que el de una vela de cumpleaños.

Ha de saber, señora, que no hay fuego que abrase más que el de una vela de cumpleaños. Sí, ahí donde se la ve, sencilla hasta la humildad en la que reina soberana, pocas cosas hay que tanto calcinen, pero llegan los cumpleaños como ven los niños al despertar una nevada que cayera durante la noche, pura y limpia, y la vela de cumpleaños la convierte en risa. La vela de un cumpleaños alimenta cualquier rincón, cualquier calada, y hace tan real lo que ilumina que parece un sueño, como luego lo es la primera pisada en esa nieve de la noche. Será acaso que la luz de esa vela es el tesoro que permanece a la vista todo el año pero que se esconde en su cofre la mañana de la celebración, cuando el día del cumpleaños se transforma en la equis de un calendario que marca el punto exacto donde está el tesoro.

– ¿Qué tesoro?

Los tesoros que se quieren se guardan detrás de la oreja donde se recoge el mechón de una melena. Ocurre entonces que la vela de un cumpleaños se hace espada templada que derriba dragones y saltamontes, es un mástil del revés, una vela encendida que engendra las sombras de toda una mitología capaz de crear ojos que miran como nunca se han visto, como los suyos, señora; es cuando el fuego de esa vela, en fin, se hace lacre que sella la promesa siempre cumplida, admiración a su mente, sumisión a su carne. Sepa así, señora, que la luz de esa vela sabe a todos los vinos, que no los hay malos, y que alimenta y caldea todo vientre. Al final esa vela se nos hace a todos el título de todos los libros, es todos los caminos que no llevan a rimas, los mil borrones y cuento nuevo. Que esa vela es aprender a mirar con los ojos de quien ve por primera vez los ojos de quien ya vio el océano que siempre luce vestido con cola de gala y flecos de espuma; y es aprender a leer bajo los carvallos sus pisadas; aprender, sí, aprender siempre a agradecerla a los cielos, también a los estrellados, saber que hay velas de cumpleaños que iluminan de luna las noches con llama de plata. Lumbre de vela de cumpleaños que ilumina regatos, que bebe sus aguas, su Tambre y su Ulla, su Sar y su Sarela; luz de vela llena que hace a los cuartos crecientes. Todo lo que sus ojos ven adquiere sentido.

Le diré, señora, que hay cumpleaños en los que se celebra que el tiempo se detuvo, y eso es algo que se sabe por la luz de sus velas. Es cuando uno celebra a las personas que hubiera querido ser, cuando pide como regalo un espejo y unas hojas para escribir. Son cumpleaños en los que la vela no se sopla y se apaga, no, sino que con ella se prende fuego al mundo. Existen velas que, al arder, suenan a música de tacón sobre piedra, a encantamiento de abejas, a gamberrismo ilustrado. Hay cumpleaños que duran todos un mismo día y para siempre, y al acabar abrimos la caja de hojalata donde se guardan los pétalos ya secos de antaño, el sonido de los primeros besos, (cien o más), los suspiros de los primeros enamoramientos (mil o más), las tonterías que se han hecho (infinitas o más), que todo cabe en una caja si se sabe cerrar bien y guardar mejor debajo de la almohada, que para eso se inventaron.

Todo esto le contaba para que se sepa que las velas de cumpleaños iluminan el mar por dentro, y los bosques, y las calles de piedra. Y mire que no se lo digo para asombrarla, que bien sé que usted es de aldea, y tuvo que acabar la Creación con sus propias manos, como para andarle ahora con esas. Por eso, pero que también es verdad que hay ríos que no quieren morir, no de viejitos al menos; son ríos que van a dar a la mar, como todos, pero que antes cambian su curso y, como los salmones, remontan las aguas y los cantos rodados, y también los de sirena, y van de sur a norte para vivir, para conocer, para descubrir que sí, que era verdad, que existen esas personas. Desde entonces uno saca de aquel saco las enseñanzas y maldades con las que sigue medrando. O no.

Iván Robledo

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