Uno nunca ha sabido a qué temperatura debe servirse el plato de la venganza. Muchos opinan que la venganza no debe servirse nunca, cosa de la que tampoco estoy demasiado seguro, pero no es eso de lo que se trata ahora, no, que más bien se habla de no ser además cruel a la hora de vengarse, de hacer bien las cosas malas para no añadir, además, negligencia sobre iniquidad. Si es verdad que hay un río donde van todos los que se pierden, un río al que se va de perdido como aseguran los sabios de hoy, a veces olvidamos que hasta ese río va a dar a la mar, acaso la última venganza. Uno no sabe, decía, la temperatura exacta a la que debe servirse el plato de la venganza, si bien la opinión mayoritaria es optar por una temperatura fresca, más bien fría. En efecto, suele aconsejarse que se la venganza se sirva fría, pero como hay gente para todo lo preferible será dejar que sean otros los que lo decidan.

Ella, tras la caja del supermercado, no sabía de estas temperaturas, tampoco de aquellos platos. Tampoco sabía de venganzas, todo hay que decirlo, o casi todo, pero sí sabía de otras muchas cosas, cosas que solo le importaban a ella, cosas que solo tenían valor para ella, cosas que eran ella todos los días, que lo eran a cualquier hora. Ella también tenía el pelo negro, tan negro que casi no se veía. Ella, tras la caja del supermercado, esperó. Nadie sabe cuánto tiempo esperó porque nadie sabe cuánto tiempo debemos esperar en estos casos, nadie sabe cuánto tiempo debemos esperar cuando queremos vengarnos. Cada cual espera lo que cree conveniente porque para algunos vengarse está bien, pero con demasiada frecuencia confundimos la venganza con otras cosas, como la revancha, por ejemplo, o el rencor. Y otras veces la gente se cansa, y desiste, o se aburre y abandona, o pierde la noción de lo que hace y vuelve a sus naderías. La venganza es otra cosa, es algo diferente, y detrás de una caja de supermercado se sabe bien. No todas las personas que están detrás de la caja de un supermercado lo sabe bien, eso es cierto, pero ella sí lo sabía, lo sabía bien, nadie tiene el pelo tan negro y tan hermoso por nada. Aguardó cuanto supo que debía aguardar, y después de aguardar esperó como solo saben esperar personas como ella, y cuando terminó de esperar aún dejó pasar un tiempo más.

Ahora no recordaba cuánto tiempo más pasó, ni cuánto aguardó, ni cuánto esperó. Pero sí sabía todo lo demás. Detrás de la caja de un supermercado el tiempo pasa a su manera, y eso es algo que los demás no podemos comprender. También pasa distinto cuando uno espera vengarse, también cuando además de vengarse se tiene el cabello negro, muy negro, del negro del que surgen todas las noches. Ella no sabía sumar el tiempo que había pasado, cuando uno va a vengarse el tiempo pasa, pero no transcurre igual para todos, y mucho menos detrás de la caja de un supermercado. El tiempo tiene vida propia en estos casos y en esos lugares. Por ese motivo para ella seguía siendo el mismo día, el mismo día aquel, cuando todo pasó, el mismo día en el que decidió que debía vengarse, no mucho, ni con crueldad, lo justo, una venganza cortés, señorial, gallarda. No conviene ser vil ni vulgar al vengarnos, deja mala imagen, esto lo sabe cualquiera, también ella.

No es fácil vengarse, a veces supone un sacrificio, hay quien se venga para no dejarse llevar por la pereza de no hacerlo, por la incomodidad o la gandulería de dejar la venganza para otro día. O se hace, y se hace bien, o es mejor no hacerlo.

Ella esperó. Solo tenía que lamerse discreta y letal un dedo y con este humedecerse los demás. Lo hizo. Después, al verla marchar, sonrió. El virus haría el resto.

Luego se lavó las manos para atusarse el cabello negro, tan negro que casi no se veía.

– ¿Quiere bolsa?+

Iván Robledo R.

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