¡Ay!, tengo una pena.

Por lo que, aunque haya penas más grandes, podemos quejarnos por esto; pero al quejarnos por esto, debemos pensar que hay penas más grandes que esta.

Desde que ha pasado esto, como todos he tenido altibajos. Esta situación es como viaje en montaña rusa. Nadie lo veía venir y es una situación extraña, tanto para quién haya asumido el panorama antes o después, a todos nos pilló de sorpresa.

Esta película de ciencia ficción que resulta ser realidad, se podría decir que la cogí a medias, ya empezada: primero tranquilizaba a aquellas amigas más nerviosas porque no era nada…, luego veía un problema pero lejano y de repente dije “¡Ostras!, vamos a tirar de sentido común –a intentarlo al menos–. Vamos a intentar no salir. Y como muchos otros “me encerré” cuando todavía era voluntario. Y ahora estoy en la fase en la que ya no sé qué cara poner cuando veo casos de personas inconscientes que se lo siguen tomando a risa.

Se rumoreó que iban a cerrar Madrid y a pesar de que le veía sentido a la medida, sentí claustrofobia, cómo cambian las cosas… A mí que me sigue sorprendiendo cuando veo a mi madre subir andado porque la idea de muchos en un ascensor digamos que no le atrae.

También, en una de esas fases yo pensé en mi padre. Otorgándole al universo en este momento de caos, descontrol e injusticia –aunque a veces pienso que los humanos somos tan tontos e inconscientes que casi casi parece que lo vamos buscando– pero eso, que intento encontrar algo de sentido, algo de bondad… Y pienso en mi padre. No sé consuela quién no quiere, pero pienso en la angustia que sentiría por él en estos momentos siendo población de alto riesgo –y el miedo que él y mi familia pasaría también– que no es que me alegre de que no esté –daría todo lo que tengo y haría cosas de las que yo misma no estaría orgullosa si a cambio me permitieran solo un abrazo más– pero sí, en este mundo loco y con lágrimas en los ojos pienso que en realidad, es una tranquilidad. Y como hago de vez en cuando –otro de esos yo nunca que la vida se encargó de desmontar– le digo al aire que “de menuda te has librado” entre otras cosas, con la esperanza de que me oiga o de que, en caso de que sea cierto que nos ven, cuando note que estoy bien, que en ningún momento se le ocurra pensar que no le recuerdo, que no me rompo un poquito al echarle de menos, que es siempre.

A ese batiburrillo de pensamientos habitual en mí, se le junta el encierro y el día del padre y no puedo evitar pensar que la cuarentena para abrazar a los que no están sí que es larga, la de quedarse en casa solo requiere un poco de esfuerzo.

Y en este texto donde vomito pensamientos que luego intentaré conectar en la noche, me asalta la duda de si ese comentario a pesar de cierto, es injusto y cruel. Intento encontrar el equilibrio entre el derecho individual a la queja, bueno a la queja no, al derecho del sufrimiento de cada uno, por los motivos que sean. Porque a cada uno le duele lo que le toca en ese momento, sea lo más grande o una nimiedad en comparación. Aunque también apelo al sentido común y a la empatía con el que tenemos enfrente.

Te puedes quejar por no llegar a fin de mes, porque un familiar haya muerto, porque tu gato esté enfermo, porque los zapatos se te han roto, porque no te entra ese vestido, porque no te llega el dinero para un viaje, porque te ha salido un grano, porque te encuentras mal, porque ese malestar sea a causa de una enfermedad o una resaca.

Y todo es lícito, y todo duele, y todo ello tiene derecho a una escucha, a una validación, a un apoyo, a un hombro.

Por lo que, aunque haya penas más grandes, podemos quejarnos por esto; pero al quejarnos por esto, debemos pensar que hay penas más grandes que esta.

Me refiero al hecho de no poder salir en sí, de que nos veamos con ese derecho cortado. De que nuestra libertad se haya visto suspendida. A esos placeres que dábamos por sentados, tanto, tanto, que a veces no éramos conscientes de que lo eran.

Porque hay momentos en los que nos quejaremos por no poder visitar a un familiar o a un amigo, porque nos agobiamos en casa, porque teníamos otros planes, porque queríamos estar yendo a trabajar junto con nuestros compañeros y no hacerlo desde casa, porque queríamos seguir esperando a nuestras parejas en la esquina de siempre para volver juntas a casa. Y es normal, y sano, y tenemos derecho.

Espera, incluso aunque luego veamos el número de casos, de muertos, de gente que se está dejando la piel, la gente que perderá trabajos o que verá reducidos sus ingresos; ¿tenemos derecho a quejarnos por simplemente estar en casa?

Yo creo que incluso ante este panorama tan incierto y tambaleante, existe derecho a la queja por el hecho concreto de quedarse en casa, al igual que existen momentos en los que teniendo en cuenta todo lo demás, no debemos decir “ni mú” por ese mismo hecho. Sino todo lo contrario y dar gracias.

Al final todo es cuestión de equilibrio, algo tan difícil de conseguir. A todos nos duele lo que nos duele y, aunque existen males mayores a cada uno le molesta la piedra de su propio zapato, incluso sabiendo que la del vecino es mucho más grande. Y nadie quiere una piedra por muy pequeña que sea, y es normal parar y quitarse el zapato para seguir caminando, porque si se puede, hay que hacerlo. Pero, a su vez, si se hace, que sea siendo conscientes de que la piedra del vecino es tan grande, tan grande, que tiene que andar sobre ella. Que aunque se limpie el zapato no se soluciona su problema porque, de hecho, ya camina descalzo.

Sara Carballal

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