La soledad, epidemia silenciosa y mortífera

Soledad: carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Sinónimo de un sinfín de sensaciones que cada individuo afronta de manera diferente, según su entender, su experiencia y sus ganas de seguir viviendo.

Soledad: carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Sinónimo de un sinfín de sensaciones que cada individuo afronta de manera diferente, según su entender, su experiencia y sus ganas de seguir viviendo. Tema por excelencia al que el poeta claudica desbordando sus más íntimos y desveladores sentimientos.

Ausencia (Jorge Luis Borges)

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Sería enriquecedor hacer un alto en el camino, ese camino nuestro que hoy día a todos nos hace correr a gran velocidad o caer empicados por una pendiente de manera vertiginosa, desconociendo hacia dónde vamos la mayoría de las veces. El ritmo de vida, la apabullante tecnología y sus usos, la competencia a nivel laboral, los hándicaps a la hora de encontrar trabajo, las relaciones personales, las aspiraciones, los sueños, las frustraciones… un sinfín de motivos y circunstancias pueden conducirnos a un estado que a veces es deseado y otras no, a una situación que a veces adquiere tonos dramáticos sin ser consciente de ello.

La soledad cobra valor de epidemia en nuestros días, de monstruo que engulle sin piedad a cualquiera dejándolo a la merced de un destino vengativo y cruel. Las connotaciones de tan simple vocablo siempre han sido temidas, así se puede constatar al mirar épocas anteriores, cualquier época pasada y no hace falta remontarse a siglos remotos. Si nos situamos a mediados del siglo XX o más exactamente a la década de los setenta, por poder hablar con conocimiento de causa, podríamos corroborar que una de las metas, sino la principal y prioritaria, era la de casarse. La soledad no era opción elegida, sino más bien rechazada por unanimidad por una sociedad guiada por unas normas donde privaba ante todo formar una familia como eje de toda una vida correctamente construida. Se huía de la soledad como de la peste y no se tardaba en castigar, verbalmente hablando, a aquella persona que pasada una edad, que no tenía que sobrepasar los veinte y pocos, aún no había logrado contraer matrimonio.

Pero, la pregunta surge irremediablemente: ¿Por qué esa repulsa a la soledad? ¿Es que era una obligación social que respondía a una necesidad demográfica o laboral, un plan programado por el gobierno para que la mano de obra obrera estuviera asegurada? Si nos centramos en averiguar si existía o no una trama urgida en torno al crecimiento de la población o a cualquier otro motivo, nos desviamos del tema y es la soledad y lo que causa en las personas lo que tenemos como objetivo. De manera que, como parte de un proceso evolutivo, se pasó de una sociedad férreamente estructurada a otra en la que el estado civil no etiquetaba a las mujeres de veintidós años como “solteronas” o a las que pasaban de los treinta de “mocitas viejas”. Todo un glosario de vocablos peyorativos y destructivos que no hacían más que presionar, a las mujeres sobre todo, a aceptar unas normas “por su propio bien” que hoy día no tienen vigencia. Hoy, sin embargo, las relaciones personales no siguen ningún esquema social, no existe imposición en ese sentido pues hay más libertad o quizás importa menos el qué dirán de los demás, sálvese la excepción que cumple la regla, como en todo.

Sea como sea, fruto de esta nueva ramificación de posibilidades que se despliega en torno a la situación sentimental de nuestra sociedad, surge la opción de querer vivir sin compañía. Soledad aceptada a veces con plena conciencia, otras acatada por no tener más remedio, otras temida y otras tantas, fingidamente, aceptada cara al público. De todas la más tóxica o dañina es aquella que aparenta ser voluntaria ante el mundo, pero que en verdad oculta, camufla y enmascara un dolor, un desamor o una decepción tremenda que es el motivo real por lo que se ha tomado la decisión de vivir en soledad. Puede que sea más gratificante quejarse del comportamiento de la pareja, echarle la culpa o hasta sermonearle, que escuchar a nuestra propia conciencia culpándonos de nuestras meteduras de pata, de nuestras insensateces y de otros tantos reproches. Y es que afrontar nuestros propios juicios, en un vacío de palabras, donde lo único que fluye son pensamientos, es realmente duro. Puede sonar paradójico pero enfrentarnos a nosotros mismos es una de las pruebas más duras a las que el ser humano se puede enfrentar. Tanto así que la soledad se muestra como un estado de desgracia del que todo el mundo tiende a salir cuanto antes mejor. Más mientras mayor es la persona, menos mientras la persona más consciente es de que la soledad aparece para hacernos crecer y evolucionar y que no debe ser la excusa para recluirnos en un estado ermitaño cargado de resentimiento y frustración.

Soledad y felicidad parecen pues, elementos opuestos, simbiosis imposible que algunos se empeñan en demostrar a veces sin mucho éxito en una sociedad donde cada vez prima más la individualidad. Lo cierto y concluyente es que somos seres sociales y que por mucho que pretendamos permanecer aislados del resto del mundo, no parece una actitud que nos conduzca hacia un estado de bienestar que nos reconforte y haga felices… ¿o quizás no?

Isamar Cabeza

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