Pepita Úriz Pi, símbolo de la República y la escuela moderna

Elisa Úriz Pi fue la impulsora de la propuesta para la ONU del Día Internacional de la Infancia.

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Elisa, a la sombra de Pepita. Dos vidas con un único objetivo y un proyecto común que las hizo pioneras de la educación en España

Según el filosófo:

La cultura es la vida y constituye la esencia de aquello que puede ser el ser humano, sin cultura seriamos únicamente animales. La cultura nos hace libres.

Emilio Lledó

Como defensora de la cultura en España, encontramos la figura de Josefa o Pepita Úriz Pi.

Josefa Úriz Pi, más conocida como Pepita, nació en Navarra casi a finales del siglo XIX. Diez años mayor que su hermana Elisa, ambas eran hijas de un capitán de Infantería que por su profesión cambió de lugar de residencia varias veces, por ese motivo empezó sus estudios en Navarra y acabó licenciándose en la sección de Ciencias de la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio en Madrid.

Josefa Úriz Pi (1883/ 1958)

¿Pero qué puede tener de particular la historia de una maestra de escuela para cincelar su nombre en la plaza de un pueblo?

Pepita ocupó una plaza como maestra en la Escuela de Maestros de Gerona, en la que más tarde tomará el cargo de directora. Fue entonces cuando obtuvo una especie de beca, otorgada por la JAE (Junta creada en apoyo para la ampliación de estudios y las investigaciones científicas) mediante la cual tiene la oportunidad de viajar hasta Bruselas. Allí conoció a Ovide Decroly, un psicólogo belga que sentó las bases de una nueva escuela, basada en el respeto al niño y dándole prioridad a su personalidad. Su objetivo era educar a los niños sin hacer diferencias de género, oponiéndose a la disciplina rígida de la antigua escuela y apostando por un ambiente motivador para que crecieran en plena libertad.

Pepita compaginó sus actividades políticas (perteneció al partido comunista de Cataluña y colaboró con la CNT) con su trabajo como docente. Su trabajo como maestra iba más allá de la simple enseñanza pues entre sus aspiraciones se hallaban el llevar a cabo mejoras en el sistema educativo vigente.

Cuando la Segunda República fue proclamada (1931-36) las escuelas quedaron unificadas por género y Pepita fue nombrada directora de la Escuela Unificada.

Fue entonces cuando ella quiso poner en práctica todo lo aprendido al lado de Ovide Decroly o María Montessori (entre otros) intentando darle un giro drástico y muy beneficioso al sistema educativo. Entre sus objetivos estuvo crear la escuela laica, modernizar la biblioteca de los colegios introduciendo el servicio de préstamo, asignando una sala de lectura y abriendo además una residencia laica para evitar a las jóvenes que tuvieran que alojarse forzosamente en los conventos.

Implicada públicamente como activa comunista, la Guerra Civil vino a poner en peligro su vida y la de su hermana Elisa, como la de tantos otros contrarios al bando fascista. Pese a todo y hasta que no terminó la guerra, ambas hermanas colaboraron en el bando republicano y juntas impulsaron la Unión de Mujeres Antifascistas. En 1938 y continuando con su labor como docente, fue nombrada Directora General de Evacuación y Refugiados del gobierno de la República, encargándose de los niños afectados por la guerra.

Finalizada la guerra, tuvieron que huir las dos hermanas a Francia para poner sus vidas a salvo tras la victoria fascista. Allí siguieron trabajando por la causa y cuando Francia fue ocupada por Hitler, ellas (que militaban con la resistencia francesa) se integraron en la Unión Nacional Española hasta que en 1950 se implantó la “Operación Bolero-Paprika” y los españoles exiliados en suelo extranjero comenzaron a ser perseguidos, huyendo ambas de nuevo al Berlín Oriental. Incansables y acogidas en el mismo suelo donde anteriormente se asentaron las tropas del Führer, siguieron trabajando en favor de los exiliados españoles. Esa sería la ciudad donde finalmente descansarían sus restos, pues Pepita nunca más volvió a España.

Pepita junto a su hermana Elisa (1893/1979)

Quizás no hubieran llamado tanto la atención, ni se hubieran atraído tantos problemas con el Estado ni la Iglesia, si no hubieran ido rompiendo normas arcaicas y obsoletas, ni revolucionando al alumnado con su visión de la vida. Pero fueron realmente una piedra incómoda en el zapato para el régimen fascista de la época y de ahí que tuvieran que huir y que por eso también solo alguno que otro, aparte de sus vecinos y familiares, las sigan recordando y alabando su labor en pro de una sociedad mejor.

Solo personas de la calidad humana que ellas demostraron son capaces de sacrificarse por los demás en su particular cruzada en pro de la educación y la defensa de los derechos sociales.

Isamar Cabeza

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