“Aponía del dolor”, de Libia Arias

Libia Arias

El título de esta obra de venas y entrañas que se enzarzan en agonía bajo la piel nos hace una pequeña señal, una mirada cómplice de a qué nos enfrentamos, pero no llega a abarcar el océano de emociones al que vamos a arrojarnos sin bote salvavidas.

Sentir dolor es algo que nos ocurre a todos. Pero saber expresarlo de manera que los demás lo experimenten como suyo, eso ya es un poco más complicado.

El título de esta obra de venas y entrañas que se enzarzan en agonía bajo la piel nos hace una pequeña señal, una mirada cómplice de a qué nos enfrentamos, pero no llega a abarcar el océano de emociones al que vamos a arrojarnos sin bote salvavidas. Pero, ciertamente, sólo es justo que sea de esta manera, porque así lo hizo Libia, la autora de esta obra viva: se entrega a la vida con fuerza inquebrantable y nos ofrece su corazón entre las manos.

La obra, dividida en cuatro actos o pilares, transita evolucionando a través de los amores y desamores de Libia, con crudeza, sin compasión, tal como los vivió ella. También nos regala su pensamiento social más crítico y determinado, ayudándonos a dibujar con mayor precisión la mirada pura de una escritora que no se deja atar y que adopta la rebeldía como estandarte y marca de identidad.

No se puede leer esta obra como quien pasa las hojas de un periódico. Hay que reposar cada estrofa, cada palabra, prestar atención a las repeticiones y a los hitos que elije para delimitar los lindes de sus poemas, como los colores y las estaciones. Libia nos está dejando mensajes en cada esquina. Palabras que contrastan con el tono general de los versos entre los que se esconden, como un mazazo, una campanada que resuena de golpe en nuestra cabeza, que nos revuelve y señala los momentos más destacados y las sensaciones más sinceras de la artista.

No quiero aventurar mucho más en esta reseña, porque una obra tan sentida se puede destrozar fácilmente para los lectores que aún no se han enfrentado cara a cara con la rabia y el dolor de Libia. Los sentimientos sólo se entienden mediante los sentidos, con nuestros ojos abiertos y la piel de gallina. Sí quisiera decir, no obstante, que me quedo especialmente con la capacidad de la autora de no dejarse amedrentar por la censura, especialmente la que viene de dentro de nosotros mismos. La protagonista universal es ella, y es decisión nuestra si nos atrevemos a seguirla por ese jardín lleno de rosas brillantes y espinas afiladas, porque ella no se detiene nunca. Debemos ser valientes, como ella, y no quedarnos atrás. Al final, es lo que he aprendido con esta obra: vivir, con fuerza y coraje, una y otra vez, tropezarse y no dejarse de levantar, cueste lo que cueste, vengan demonios oscuros o ángeles redentores. Abrazar la vida y exprimirla al máximo.

Mérida Miranda

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