Editorial Amarante Opinión Redactores Teresa Álvarez Olías

Navidad, ese único y solidario momento del año

En Navidad también hay momentos para la recapacitación, para la añoranza de un tiempo pasado, el de la propia infancia en muchos casos, el del amor o amores perdidos y también el de los sueños olvidados.

Costumbres familiares y sociales de esta universal y clásica fiesta religiosa, convertida en un evento de consumo y alegría compartida.

Símbolos de las Navidades: árboles y belenes

Una fiesta tan entrañable como la Navidad merece siempre un detallado comentario, ya que a todos nos evoca nuestra niñez en un halo de ilusión, fantasía y generosidad. Tal fecha, la madrugada del 25 de diciembre, conmemora el nacimiento de Jesucristo, Dios de los cristianos, hecho hombre hace ahora 2020 años, siempre aproximados, contando los atrasos y adelantos de los distintos calendarios aplicados en la Historia.

En el hemisferio norte, estas primeras jornadas de invierno son de frío intenso y días cortos, con noches largas y heladas. Asumiendo leyendas ancestrales del territorio septentrional europeo, un árbol, un abeto para ser exactos, cargado de regalos para toda la familia, preside el mejor lugar de la casa y augura felicidad para todos sus miembros en el año nuevo que no tardará en empezar.

Asumiendo, a su vez, la tradición cristiana en el territorio meridional europeo, y por extensión, en sus antiguas colonias americanas y australianas, un pueblo judío, semejante al de Belén, donde vio la luz Jesucristo, se reconstruye con figuras de barro o plástico y arcilla en cada vivienda y lugar de culto o reunión.

La simbiosis de culturas conduce a que ambos símbolos, el árbol de Navidad, profusamente adornado con bolas y cintas de espumillón de colores y el belén o nacimiento, con sus casas y figuras, se representan durante estas fechas en edificios públicos, centros de trabajo, colegios, hospitales, mercados y pisos particulares en todo su esplendor.

Arte y lujo se combinan en una industria que impregna hogares y calles, tiendas y oficinas. Películas, libros, artículos periodísticos, cuentos, las mismas vacaciones escolares, el menú de las reuniones familiares, los dulces con que se obsequia a los invitados, el ritmo y pulso de estos días de fin de diciembre giran, absolutamente, al compás de estas fiestas religiosas y familiares, que comparten los cinco continentes.

Emblemas de Navidad: familia y solidaridad

La Navidad simboliza la circunstancia de una familia pobre, emigrante, de paso en un país extranjero, que tiene un hijo en un soportal. Un hijo de Dios, nada menos. La pobreza se mezcla con la religión y la exaltación universal en una mezcla explosiva, que conmueve los corazones, pues nada parece más humano y deseado que recibir a un recién nacido, y así mismo nada debe resultar más penoso que no disponer de un lugar caliente donde atenderlo.

Esta fiesta se erige como la celebración de la solidaridad. El dinero, la hospitalidad y la alegría fluyen como agua entre miembros de las distintas familias, y tanto entre todas las clases sociales como de la más joven a la más longeva edad de sus miembros. La donación, el regalo, la celebración continua con unas y otras personas se vuelve constante a lo largo y ancho de los países de todo el mundo, hoy y durante los veinte siglos pasados, en una de las más arraigadas tradiciones.

La familia es el sustento de la fiesta, como anfitriona de los banquetes de celebración, donde la cocina se esmera hasta niveles insospechados en toda una demostración de arte, magníficos ingredientes y esfuerzo, tanto personal como colectivo.

En esta conmemoración del nacimiento de un niño, como en una boda o sepelio, igual que en un cumpleaños, la familia se reúne para festejar no solo una efemérides religiosa, sino su propia vida, su congénita felicidad por haberse conocido, por estar juntos un año más el 25 de diciembre. Es el momento de visitarse para cuñados, tíos y primos, hermanos y padres, incluso amigos o parientes que no se han reunido, o se han visto muy poco el resto del año, pues en nuestro complicado mundo cada cual vive en lugares y ciudades distintas, a las que le ha llevado el empleo o el estudio, quizá también el amor o el deseo de aventura.

De hecho, los viajes entre regiones y países en esta época aumentan de forma exponencial, ya que todo el mundo quiere volver a la casa de sus padres o hijos, allá donde esté. Los empleos están lejanos geográficamente, hay estudiantes extranjeros por todas las naciones y el nexo en común, que pueden ser los abuelos o progenitores, atrae con eficacia total en este tiempo navideño.

Tradiciones navideñas

No menos destacable es la exquisitez, variedad y esmerada elaboración de los platos de estas fiestas. Tiramos la casa por la ventana comprando frutas y verduras, pescado, dulces típicos, carne y mariscos de primera calidad pero precio prohibitivo. Prácticamente, todas las casas gastan en comida más que nunca y los guisos lentos, especiados y complicados perfuman patios, escaleras y calles en los días de fiesta clave, que en España comprenden Nochebuena y Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y los Reyes Magos, la fiesta de la infancia por antonomasia.

No sólo invertimos tiempo y dinero, a raudales, en platos contundentes en estas cenas y comidas, sino que los entrantes y aperitivos son de primera categoría. Por no hablar de los postres, en los que cada región se esmera y especializa, ofreciéndose con profusión en el mercado nacional, que surte de productos ad hoc todos los puntos de venta con casi dos meses de antelación.

Los regalos que nos entregamos entre familiares a los pies del árbol, entre compañeros en el juego del amigo invisible y a los propios niños el día de Navidad y el de los Reyes suponen un buen pico en nuestras economías, y de hecho, también un éxito de ventas para la industria juguetera, la editorial, la textil, la pastelería y la hostelería, entre otras. Sin olvidar jamás la extraordinaria costumbre de intercambiar lotería, en una ilusión magnífica, de que la suerte redistribuya la riqueza.

Resulta fascinante la contradicción en sí misma que encierra la Navidad, como es el encanto espiritual, la magia que provoca, y a la vez el consumismo material que conlleva. Como nuestra esencia humana, apenas podemos separar la mística del gasto.

La religión marca las normas de culto, de amor, de encandilamiento hacia la figura de una familia emigrante a punto de tener su primer hijo, junto con la compra masiva de artículos de consumo, sin reparar en precios, pues para eso se ahorra durante todo el año. Además, una paga salarial extraordinaria suele cobrarse hacia el veinte de diciembre, para que haya fondos suficientes en las economías domésticas a la hora de abastecerse de manjares y regalos escogidos con esmero para cada persona querida.

Navidad: tregua en los conflictos y felicitaciones

La excepcionalidad del tiempo de Navidad viste las últimas semanas de diciembre en días y horas de tregua en las rencillas familiares, vecinales o amistosas, también de recuerdo de los seres queridos que han fallecido y que echamos en falta ante la mesa de fiesta. Por supuesto también de felicitación, plasmada en brindis continuos con copas y licores de todos los tamaños, colores y grados, de emoción por disfrutar un año más de dicha compartida, y de alegría generalizada, ya que los banquetes de marras se prolongan en charlas, partidas de cartas, juegos de mesa, tertulias, debates o visionado de televisión durante horas y horas.

Las felicitaciones y los mensajes escritos con los mejores deseos llenan los teléfonos móviles, los correos electrónicos y algo menos las tarjetas postales o christmas, a los que el WhatsApp está desplazando.

Rendición de cuentas y reflexión en Navidad

El solsticio de invierno coincide con esta gran festividad religiosa y tierna, además de fin de ejercicio, de recogida y análisis de resultados empresariales, cerrando un círculo de doce meses plenos de incidencias, de cambios y esfuerzos, con lo que es imposible sentirse ajeno al jolgorio generalizado, a la fiesta en la calle, en la casa y en el bar. A su vez, cuando se ha sentido una pena reciente, la Navidad aviva la amargura individual, en contraste con la felicidad comunitaria, lo que resulta muy lacerante.

El río de fiesta no arrastra todo a su paso, sin embargo. En Navidad también hay momentos para la recapacitación, para la añoranza de un tiempo pasado, el de la propia infancia en muchos casos, el del amor o amores perdidos y también el de los sueños olvidados.

Por añadidura, es una sucesión de días donde los presidentes del gobierno rinden cuentas en contundentes discursos retransmitidos por televisión, donde la música popular de la época, los villancicos, inunda radios y tiendas. Estas canciones típicas traen una cadencia de concursos de colegio, sorteos de lotería y pensamientos dedicados a la familia.

Mis mejores deseos

En esta difícil Navidad de 2020, en la que las conmemoraciones de empresa, tan clásicas, están prohibidas, tampoco debemos reunirnos con familiares que vivan en otras viviendas, porque la pandemia de la Covid-19 acecha por todas partes, te envío mi felicitación más sincera por estar vivo/a, y te animo a cuidarte y protegerte como nunca, para que puedas celebrar la Navidad de 2021 con toda tu familia y amigos.

Deseo sinceramente que la solidaridad sea especialmente evidente estos días, en que muchas personas han fallecido o están enfermas, y otras tantas no podrán presentar, ni de lejos, una mesa tan esplendorosa como en años anteriores.

Puedes leer cómo se vivía esta fiesta hace algunas décadas, en el mundo rural español, en mi novela Campo de amapolas, publicada por Editorial Amarante.

Cuídate mucho.

Teresa Álvarez Olías

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