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Lo de pedir un deseo

Se sonríe porque ese mar existe, mientras se cierran los ojos para pedir ese deseo se puede ver ese mar, y acariciar su superficie de pinceles ya limpios, y la tinta entre valles de papel, y la niebla de esas caladas.

Déjeme que le diga, señora, que eso de pedir un deseo cuando te dicen que hay que pedirlo no es tan fácil como parece. Pasa que cuando llega el momento a uno se lo dicen y uno se lo piensa, y luego se lo piensa más, y se acaba el tiempo, y lo piensa más todavía, y se acaba la paciencia, y el barrante, y se van todos, y se queda uno todavía pensando, solo, y se acaba el mundo, dos veces, y sigue uno ahí, pensando. Que no es fácil, no, que uno cree que si los deseos se pueden pedir así es que tan deseo no serán, que lo de pedir un deseo porque es un día de esos, así sin más y si se piensa bien, es como para pensárselo tres veces. Pero algo hay que decir, claro, y pronto, y por eso a veces confundimos los deseos con lo primero que se nos ocurre, que también es una manera de desear a pesar de todos, y por eso hay gente que quiere volar, o tener ojos como los suyos, señora, y no saben que eso no puede ser. Y además es imposible.

Es sabido que al pedir un deseo se cierran los ojos, no se sabe la razón pero se hace, y una vez uno creyó que había un mar al que iban a parar todas las aguas en las que se enjuagaban los pinceles que usaban los que no sabemos pintar; que hasta allí llegaban esas aguas y deseó mojar los pies en ese mar que llenaban, cuando nadie miraba, esos ríos con el ámbar de esos pinceles. Uno imaginaba las aguas enmarañadas que bajaban por entre valles y riscos todavía sin color, y tristes, regando y tiñendo fragas y cañones, casi cañonazos, y cromando foces y barrancos y gargantas de todos los verdes posibles, y las aguas recorrían meandros y formaban regatos y se empapaban de esas aguas de todos los colores que aún no tienen nombre. Uno deseaba mojar los pies en esas aguas a las que también llegaban las tintas de las cartas de amor corridas por las lágrimas, lágrimas de tinta que tan altos y tan fuertes hacen a los carballos de las beiras por las que pasan y riegan; esas aguas de un mar al que llegan los últimos posos de las copas con las que se brinda en las despedidas. Uno deseó una vez mojar los pies, y las manos (para qué negarlo), en esas aguas que recorren los senderos de papeles que nuca fueron posibles, los valles antes blancos del papel que se escribió y se rasgó, de las páginas que se desecharon, que nadie quiso, que no gustaron, las que murieron de pena al saber que usted no las vio. Uno deseó mojar los pies, y mojarse la cara, en ese mar al que llegan las aguas de los ríos que cruzan las nieblas que forman los cigarrillos que una vez, y para siempre, se compartieron, las nieblas de esos cigarrillos que se consumieron esperándola alguna vez y porque sí, porque no había motivo.

Es sabido que al pedir un deseo se cierran los ojos, eso ya se ha dicho; pero también se sonríe, que eso no se ha dicho, y no es fácil saber el motivo. Se sonríe porque ese mar existe, mientras se cierran los ojos para pedir ese deseo se puede ver ese mar, y acariciar su superficie de pinceles ya limpios, y la tinta entre valles de papel, y la niebla de esas caladas. Uno cierra los ojos y sabe que ese mar existe y entonces pide el deseo, y entonces sabe que el deseo también es de verdad. Cuando se cierran los ojos al pedir ese deseo se comprenden los dibujos de esos pinceles, son dibujos de hombres que pintan por primera vez, paisajes que solo existían en esos pinceles hechos con las pestañas de aquel pintor que es de todos los rayitos; y es el color de la tinta que es negra porque se empapa de noche entre copas a medio brindar. A veces uno pide un deseo y cierra los ojos y ve el tiempo, pero mire que no se lo digo para que se ría, que bien sé que usted es de aldea y allí el tiempo no se atreve a entrar, sino que a veces uno pide un deseo, y el deseo es que anhele lo que de verdad se pueda cumplir.

Una vez uno deseó mojar los pies en ese mar en el que desembocan esas aguas, cuando abra los ojos sabrá. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora.

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