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La sonrisa más dulce y la despedida más amarga. Verónica Forqué y el adiós más doloroso.

Somos piezas con autonomía propia, pero interrelacionados inevitablemente. Es hora de que lo entendamos, es hora de que lo creamos, igual que creemos en la ley de la gravedad que no se ve, pero se sabe cierto que existe.

“Lo esencial es invisible a los ojos” frase que con mucho acierto el autor de El Principito, Antonie de Saint-Exupéry, intercala en su obra repleta de sentencias para tener muy en cuenta.

En ese reencuentro con nuestra esencia, en ese lugar tan cómodo y tan solo nuestro es cuando surge la sonrisa, es cuando los ojos brillan de ilusión, es cuando la paz inunda el alma y el rostro la refleja en un gesto de complacencia.

La suya era una sonrisa de cristal, la de ella… la de Verónica.

A toro pasado, ya no es momento de reproches, sino más bien de análisis. No es cuestión de echar la culpa a nadie, no es ese el planteamiento ni la solución. Quizás sí que deberíamos de detenernos en averiguar las causas o los motivos que han llevado a que nuestra realidad sea la que es y que se den cada vez más este tipo de infortunios, porque hasta los niños se ven afectados y eso es muy grave.

Lo que es preocupante es que no nos demos cuenta de que estamos inmersos en una dinámica que cada vez nos aleja más de nosotros mismos. Y si nos aleja de nosotros, de nuestra esencia, ¿cómo no nos va a alejar de los demás? ¿Qué nos va a importar el de enfrente si no nos importa nuestra propia persona?

La mirada es hacia dentro, para, paradójicamente, observar con nitidez el entorno que nos engulle y nos atrapa como araña en tela de acero cada vez más fuerte, cada vez más oprimente, cada vez más asfixiante…

Puede resultar anticuado hablar de buenos modales o buena educación en un siglo en el que prima la tecnología, el egocentrismo y la individualidad. Las redes sociales son el sitio ideal donde se ocultan personas que se salvaguardan tras un perfil ficticio (más frecuente de lo que pensamos), para despotricar contra todo aquel o aquella que se le tercie dando rienda suelta así a todas sus frustraciones, sus fobias y sus rencores.

La empatía está en desuso y se contagia una conducta agresiva contra todos. El que más y el que menos ha optado por aplicar aquella típica ley que afloraba en las míticas películas del Western americano mediante la cual cada uno se tomaba la venganza por su mano. Ojo por ojo y diente por diente. Esa es una de las características que define nuestra era, nuestra moderna e informatizada era.

Estamos atravesando una nueva etapa de glaciación, pero no se aprecia con el ojo humano, porque la temperatura del planeta va en aumento y sin embargo…

¡Qué paradoja! Los casquetes de hielo de los polos se están deshaciendo poco a poco, mientras el corazón de los seres humanos se congela. ¡Qué penoso devenir!

Y surgen comportamientos agresivos, descompensados y atroces. Y surgen nuevas enfermedades encapsuladas en siglas que definen trastornos realmente alarmantes. Afortunadamente, la palabra loco/a ha empezado a caer en desuso, y menos mal, pues suponía globalizar de manera injusta el malestar emocional en una inmensa variedad. De ahí que hayan surgido nuevos términos como: TDHA, TOC o TLP, ansiedad, depresión, trastorno bipolar… transtornos mentales.

Tiene lógica. Inmersos en esta dinámica frenética y despiadada lo raro sería que el ser humano no sufriera en su propio cuerpo las secuelas de tanta presión y desamor. La enfermedad no siempre es visible ni tan evidente como para que las personas del entorno tengan consideración con el enfermo. De hecho, las y los que padecen alguna enfermedad mental procuran que los demás no lo sepan. ¿El motivo? Incomprensión, intolerancia, incredulidad y el huir de estigmas que lo marquen como a reses de ganadería listas para ser degolladas.

Es mucho más fácil criticar, desconfiar y juzgar al que padece alguna de estas enfermedades, catalogadas como “nuevas” o “raras”, que intentar ponerse en el pellejo del otro. Eso supondría un esfuerzo que a la mayoría no parece merecerle la pena… ¿no?

Y mientras todos dudan y se cuestionan si el doliente dice la verdad o se está inventando el cuento para eludir cualquier situación, la persona en sí se mortifica, se aísla, se siente desamparada…

¡Pobre, Verónica! No quiero ni imaginar cuánta oscuridad la rodeó para llegar a cegarla por completo. ¡Qué terrible momento el suyo, qué trágica decisión!

Aparentemente era una persona exitosa, una celebridad aclamada y premiada por su labor artística y una bella persona según aquellos que tuvieron la dicha de conocerla. Hoy todo el mundo lamenta su pérdida y mucho más su partida tan inesperada y brutal. Hoy todo el mundo se hace eco de su ausencia y puede llegar a percatarse del sufrimiento que la llevó a cometer ese acto tan lamentable.

Su caso nos ha hecho reflexionar. Su fama a la postre ha servido para un bien social, al menos para visibilizar la gran tragedia personal de muchas personas que como ella ya les cansa la vida, no les satisface, ni le ven sentido. Por eso se fue, por falta de amor, por falta de ilusión, por falta de luz…

Y yo me pregunto: ¿Cuántos serán los que viven la misma situación de Verónica? ¿No es hora de que aceptemos que todo cambio provoca reacciones y que la salud mental, hoy más que nunca, es un gran trastorno que perjudica en mayor o menor medida a toda la población?

No estaría de más interiorizar el pensamiento de Jung al pronunciarse al respecto de la psique humana:

«Necesitamos más psicología, necesitamos más entendimiento de la naturaleza humana, porque el único verdadero peligro que existe es el hombre mismo y somos penosamente ignorantes de ello».

Carl Jung. Cuando tienes miedo quedas petrificado y mueres antes de tiempo.

Isamar Cabeza

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