Santiago Ramon y Cajal - Acalanda - Editorial Amarante - Roberto Bustillo

Por muchas razones, tres de ellas suficientes por sí mismas. Una –obvia– porque fue premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906, y esto, en un país donde los premios Nobel no proliferan, bastaría; pero hay más. Dos, porque sus logros para el conocimiento humano no se obtuvieron en el rico caldo de cultivo de una potente universidad anglosajona, sino desde una sociedad española orgullosamente reacia a la investigación científica y tecnológica (el mismo año en que D. Santiago recogía su Nobel, la pluma de Unamuno ponía en boca de un personaje: “Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”). Y, tres, porque Ramón y Cajal es (su vida y su obra, lo más conocido y lo que no tanto) paradigma de una etapa apasionante de la historia de la humanidad.

Y es que el siglo XIX (que comienza décadas antes de 1800, con las primeras aplicaciones productivas de la máquina de vapor, y termina con el estallido de la Primera Guerra Mundial) es una época apasionante. Es la época en la que, de la mano de la ciencia y la tecnología, por primera vez en la historia de la humanidad parecía que todo estaba al alcance de la mano: unir océanos a través de grandes obras de ingeniería, enviar mensajes en tiempo real a miles de kilómetros de distancia, comprender empírica y racionalmente los secretos de la naturaleza, luchar con éxito contra enfermedades hasta entonces incurables… Es la época en que nace la literatura de ciencia ficción, el Frankenstein de Mary Shelley en 1818, algunos relatos de Poe en la década de los treinta, Julio Verne en la segunda mitad de siglo, H.G. Wells a finales… Es la época en que los científicos descubren la existencia y el poder y el encanto de lo invisible, que existe una realidad que escapa a la percepción humana, cuyos efectos pueden confundirse con la magia o lo sobrenatural, pero que el estudio científico puede identificar, medir, analizar: los microorganismos, la electricidad, el magnetismo, la radiación, los rayos X… ¿y si también se pudieran identificar, medir, analizar otras posibles realidades invisibles…? ¿y si lo sobrenatural, lo esotérico, el más allá también existiera y pudiera ser objeto de estudio científico? No es de extrañar, en este contexto, que Thomas Alva Edison dedicara buena parte de su vida a diseñar un aparato para comunicarse con los muertos; o que no pocos científicos (incluyendo premios Nobel como Pierre y Marie Curie o Charles Robert Richet) sintieran al menos curiosidad (más que curiosidad en el caso de Richet) y participaran en sesiones espiritistas…

Y Santiago Ramón y Cajal, es, efectivamente una singular muestra de este atractivo mundo científico y tecnológico del XIX. Primero –y lo más importante-, porque sus aportaciones al conocimiento del sistema nervioso le convierten en uno de los grandes investigadores de su época. Segundo, porque escribió ciencia ficción, publicó (más bien autoeditó para su círculo íntimo) un total de cinco historias bajo el título de Cuentos de vacaciones: Narraciones pseudocientíficas. Y, por último, porque durante varios años se interesó vivamente por el fenómeno espiritista, lo practicó, lo estudió y, tras el descubrimiento de fraudes, se desengañó y llegó a la conclusión de que “a la luz de la más sencilla crítica, se disipaban cual humo todas las propiedades maravillosas de los médiums”.

En fin, un Museo Cajal serviría para conocer mejor a uno de los más destacados hombres de ciencia españoles, para conocer mejor una época y un mundo científico y tecnológico predecesores de nuestro siglo XXI y, con todo ello, comprender mejor el mundo científico y tecnológico en el que vivimos.

Roberto Bustillo, profesor de la Universidad de Vigo,
premio Juan Antonio Cebrián de Divulgación Histórica (2013).

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