Alrededor del ocho de marzo una escritora se debe a su circunstancia de mujer, por lo que reconozco que la literatura y la historia nos deben muchos personajes a las mujeres, muchas protagonistas, muchas heroínas.

No queremos ser solo reinas consortes, monjas, esposas, criadas o prostitutas. Queremos ser salvadoras del mundo, dueñas del universo y profetas en nuestra tierra. El día que las mujeres aprendimos a leer, dimos con la clave para perfeccionar nuestro destino. Y ya no hubo vuelta atrás. Las madres que leen educan mejor a sus hijos. Las mujeres que saben escribir estimulan su propia vida y la de sus familias. Están seguras de lo que dicen y amplían su pensamiento. Olvidan el aburrimiento y buscan soluciones a su desigualdad, que pasa por los siguientes puntos:

1. Agresiones y muerte

Debido a una tradición histórica de sumisión y a la menor fuerza física, las mujeres somos objeto de abusos por parte de ciertos miembros de nuestra familia, de nuestros jefes, de nuestros compañeros de vida, en una falta de lealtad absoluta, en una traición infame, que no se merece nuestra entrega constante. Somos víctimas de abusos sexuales, laborales. Víctimas de palizas. De humillaciones. De Muerte. De Muchas muertes. Somos víctimas inocentes del exceso de poder. Solo la voluntad de erradicar esta vergüenza y la formación en valores igualitarios en la escuela puede erradicar tanta ignominia.

2. Brecha salarial y política

Percibir salario igual al de nuestros compañeros, así como una representación paritaria y representativa de ambos sexos en los consejos de administración y de ministros, en las cúpulas de poder bancario, judicial, universitario o eclesial solo es posible por decreto ley dotando económicamente a las campañas y proyectos que lo refuerzan. No es bastante para ello la buena voluntad ni la inspección laboral rutinaria.

3. Pleno empleo

Ampliar al máximo nuestro potencial laboral es una obligación moral como seres humanos para construir un mundo mejor, para progresar económica y socialmente. Conseguir más y mejores empleos, perfectamente remunerados para las mujeres es una propuesta de total justicia social y avance como especie.

4. Plena educación

Ampliar a toda la sociedad la alfabetización, el acceso a la universidad, así como posibilitar las mismas horas de estudio a las niñas que a los niños, sin recargo de cuidados familiares o domésticos, es un reto que tenemos casi en la mano, con la colaboración estrecha de las familias y la comunidad educativa.

5. Signos de cambio

Las agresiones sexuales y la violencia de género pueden velar el horizonte, pero hay algunas señales de cambio. Son muestra de ellas las leyes de igualdad promulgadas recientemente en distintos países, los decretos contra la violencia de género, la huelga feminista de este 8 de marzo de 2018, impensable hace un año, la protesta de #Metoo en el glamuroso Hollywood al que el mundo adora y desde luego, en España el Pacto de estado contra la violencia de género, aparcado sine die por falta de presupuesto.

6. Estadísticas evidentes

Hay más mujeres autoras, artistas, militares, ministras, catedráticas hoy día que nunca. Hallamos ingenio femenino aplicado como jamás se consiguió en nuestra sociedad Incluso existen actualmente más estudiantes universitarias que estudiantes universitarios, pero no se reconoce lo suficiente, ni se paga bastante, ni hay mujeres en todos los puestos de poder, incluidas la banca, la universidad, la ciencia, la cultura, la educación, el ejército, etcétera.

El avance en sanidad ha mejorado nuestra existencia cotidiana, especialmente en anticoncepción, obstetricia y esperanza de vida, pero la salud de las mujeres tiene mucho que ver con la justicia, el empleo y el reconocimiento social. Aquí las estadísticas chirrían espantosamente. Las mujeres occidentales tenemos más libertad de movimientos, expresión, vestimenta y trabajo remunerado que las mujeres orientales, ancladas en costumbres y religiones que no les dejan respirar.

Es preciso que la jurisprudencia, las redes sociales, la cultura y en definitiva la costumbre tengan la igualdad entre mujeres y hombres en su punto de mira como objetivo primordial, pero mientras esto ocurre, un hilo de luz se introduce en los hogares: los libros, leídos por ocio, por placer, por ansia de conocimiento. Los libros son instrumentos de progreso. Y hay millones de mujeres leyéndolos, y mucho, en todas partes. Miremos a nuestro alrededor.

La literatura moldea relatos sociales, pone frente a frente a los distintos tipos humanos y brinda a lectoras y lectores tramas criticables y también admirables de comportamiento injusto, moral, justo, generoso, solidario, egoísta o retrogrado.

Mi homenaje en este Día de la Mujeres es:

1) a las autodidactas que sacan tiempo, entre sus innumerables obligaciones familiares para aprender,

2) a las maestras rurales y urbanas que forman a la infancia,

3) a las lectoras que descubren el feminismo leyendo novelas sociales, y

4) por supuesto a las poetisas, dramaturgas, guionistas y periodistas que ahora y siempre nos enseñaron a luchar por una sociedad más integrada, más feliz, más justa.

Permitidme referirme a las prosistas, pero reconociendo el esfuerzo de las autoras en todos los demás géneros literarios: Agatha Christie, Isabel Allende, Ana María Matute, Doris Lessing, Julia Navarro, Joanne Harris, Asa Larssson, Almudena Grandes, J. K. Rowling, Jane Austen, Virginia Woolf, Elena Poniatowska, Alice Munro, Laura Esquivel, Elena Quiroga, Corín Tellado, Carmen Laforet, Emilia Pardo Bazán, Patricia Higsmith, Pearl S. Buck y tantas otras. Un abrazo sincero a todas ellas.

Un abrazo fraternal también a todas las mujeres que soñaron el mundo, lo imaginaron y lo sintieron desde el momento en que escucharon el primer cuento de boca de su madre.

Teresa Álvarez Olías

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