El fracaso escolar o la mala educación

Culpar al otro de sus fracasos es un acto malvado y hasta podría catalogarse de vengativo, pero si el culpable al que crucificamos es nuestro propio hijo o hija, entonces el asunto adquiere una relevancia vital y de suma importancia.

Culpar al otro de sus fracasos es un acto malvado y hasta podría catalogarse de vengativo, pero si el culpable al que crucificamos es nuestro propio hijo o hija, entonces el asunto adquiere una relevancia vital y de suma importancia.

¿Quién no ha presenciado alguna vez a un niño o una niña llorando por no querer ir al colegio?

Suele ocurrirle a los más pequeños, lloran y se desesperan, patalean y hacen rabietas todo con el único fin de llegar tarde al colegio y no tener que entrar. Como consecuencia lo único que consiguen es que el adulto que los acompaña al colegio, ya sea su madre, su padre, una hermana mayor, los abuelos o una vecina dispuesta a la labor, se enfaden mucho con ellos y acaben llevándoles a rastras, malhumorados, amenazándoles con dejarlos sin merienda, sin su juguete favorito y algunos hasta se llevan alguna cachetada en el culo.

Con la edad la cosa no mejora, dejan de llorar y patalear, pero no porque le tomen gusto al colegio sino porque sienten vergüenza de llorar en público o porque descubren su pundonor y no están dispuestos a que nadie descubra sus debilidades. No es que tengan ganas de ir, sino que se resignan a que es lo único que pueden hacer, pero para contrarrestar esta obligación se vuelven impermeables a todo lo que puedan recibir de bueno en las clases. Son horas de obligada asistencia que sobrellevan como pueden, pero a las que les sacan poco provecho. Pero entonces, ¿qué hacemos con ellos? ¿Dejamos que hagan su santa voluntad y hacemos de ellos unos vagos sin oficio ni beneficio? ¡Cuántas veces no habremos oído esos tópicos sobre la educación de nuestros niños y niñas!

¿Pero y si el asunto no es que dejen de asistir al colegio, sino otro aún más delicado? ¿Por qué no cambiamos el foco? ¿Por qué en lugar de ensañarnos con ellos, no buscamos el malestar que les causa ir al colegio?

Recuerdo que cuando niña las clases de matemáticas para mí eran terribles pesadillas. Era como si de repente el profesor hablara un idioma distinto al mío y no era capaz de entenderle dos palabras seguidas. La frustración era tan grande que jamás creí poder hacer bien uno de aquellos ejercicios que, sin embargo, mi compañera de mesa hacia con una soltura que a mí me maravillaba. Está visto que no todos tenemos las mismas habilidades, porque cuando se trataba de hacer comentarios de texto yo casi había terminado el mío cuando ella ni siquiera lo había empezado. Quizás esté ahí el motivo de todo, quizás sea tan sólo descubrir en cada uno sus verdaderas habilidades, lo que haga posible que el fracaso se convierta en éxito y los menores se sientan más felices y realizados. ¡Tremenda tarea, para los gobernantes! Ya me puedo imaginar réplicas a esta proposición, ¡mil y una! Pero no hay que pensar en los incovenientes para hacerlo, sino solamente en el bien que le vamos a hacer a esta generación que crece en un total desamparo emocional, tan hábilmente camuflado por objetos materiales que intentan distraerles de su malestar interno.

Sentirse realizados, hacer aquello que les gusta (aunque esto no quita que reciban nociones básicas de todas las asignaturas), es más que motivo suficiente para emprender cada nuevo día con ganas e ilusión por aprender, por acudir al colegio sin que eso suponga una imposición. Cada cual llevamos dentro un genio y por desgracia, muchos nunca llegamos a descubrirlo, lo cual sólo consigue anclarnos en la insatisfacción y el vacío. La felicidad tiene mucho que ver con la posibilidad de conocernos realmente, tal cual somos.

Isamar Cabeza

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