Isamar Cabeza Opinión Redactores

Amor y literatura, vínculo imperecedero

Hablar de amor es abarcar mucho. El amor, esa palabra que dulcifica el ambiente y apela a la armonía, al entendimiento, a la paz incluso.

Hablar de amor es abarcar mucho. El amor, esa palabra que dulcifica el ambiente y apela a la armonía, al entendimiento, a la paz incluso.

En cualquier época y género literario hemos podido encontrar textos que centraran su discurso en torno a ese vocablo y las consecuencias que derivan de su existencia o de su inexistencia. Tan remoto es el dirigir los escritos de cualquier autor o autora al amplio tema amoroso, que podemos encontrarlo en uno de los poemas hindúes más antiguos como es el Bhagavad-gītā, como en cualquier poema contemporáneo. Habrá sin embargo que conocer el amplio significado de la palabra amor, para poder entender su magnitud. No suele ser raro que las palabras adquieran connotaciones añadidas a su significado primigenio, pero tampoco que sufran un proceso de involución que consigue delimitarlas y empobrecerlas. Tal es el caso, a mi entender, de la palabra amor.

El amor, ¿pero qué se entiende por “amor”?

Como primera y prioritaria acepción, solemos pensar en el amor de pareja, ese amor romántico tan enaltecido y explotado que hace soñar al más pintado con encontrar a la persona ideal con quien vivir ese idilio perfecto. Digamos que ocupa el primer lugar, cuando en verdad chico favor le hacemos al castrarlo de esa manera, pues su significado es tan amplio que no admite límites. Para colmo, suele ser este tipo de amor el más doloroso, el más sufrido, el más ingrato, pero también el más dulce, el más deseado y cuantos calificativos se le quiera añadir según la experiencia de cada cual.

¿Pero qué pasa si el amor excede los límites que nos han marcado como correctos? Me es imposible no pensar en el Marqués de Sade y en lo valiente que supo ser al desvelar su idea del amor y las relaciones (dejando al margen el calificar su vida, sus gustos o sus acciones), en una época en la que sobrepasar las normas sociales suponía herejía, escándalo y perversión.

De valentía también estuvo cargada la pluma de Jane Austen, que supo magistralmente retratar una época en la que la mujer nacía para ser esposa y madre, sin más libertad que la que sus parientes varones quisieran otorgarle. La dependencia económica marcaría las vidas de estas mujeres que se hallarían frente al amor sin descubrir su verdadero significado, porque el deber, la obligación, el honor y la supervivencia eran elementos prioritarios por los que la mayoría estaban condicionadas. Como una de las obras más reveladoras y transcendentales de Austen, está la de Orgullo y prejuicio, en la que la autora deja ver bien claro la situación de la mujer a finales del siglo XVIII y principios del XIX, los matrimonios de conveniencia, pero también da cabida al amor como nexo de unión entre los protagonistas.

Tan inmensa fue su obra y tan importante su legado, que aún hoy sus obras son elegidas y llevadas al cine, siempre con muy buena acogida.

Algunas décadas más tarde nacería otra mujer de gran importancia para las letras y el pensamiento femenino, como es la autora inglesa Virginia Woolf. Que el amor solo se dirija a otra persona deja de ser prioridad para ella y como pionera, mujer comprometida en la lucha por los derechos de la mujer, escribe su ensayo Una habitación propia.

Virginia Woolf (1882/1941)

La repercusión de esta obra aún sigue vigente, pues hoy más que nunca se empieza a desterrar la idea de ser egoísta por mimarnos un poco o por dejar de hacer cosas que por obligación hacemos a favor de alguien, perjudicándonos a nosotros mismos. No es egoísmo, es tenernos un poco de amor propio, es tener un espacio para nosotras y la suficiente liquidez como para poder descubrir nuestros talentos ocultos y seguidamente desarrollarlos. Es amor a nuestra vocación, a nuestro derecho a realizarnos y así, como acertada visionaria, Virginia nos lo adelantó en su obra, enseñándonos que en primer lugar debemos sentir amor hacia nosotros mismos y de ahí, al mundo.

Isamar Cabeza

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