Cuentos de Cuarentena (XVII): BURROS

Los niños dijeron que sí, que era distinto.

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Antes no se sabe, puede que sí, pero ahora no, ahora los niños no dicen siempre la verdad. Antes es posible que sí, eso es lo que se cuenta, pero ahora sabemos que no. No es que mientan, pero lo de decir la verdad siempre es seguro que no. Si antes decían siempre la verdad, me alegro, pero ahora no lo hacen, pueden preguntarle a quienes quieran, es algo que dicen ellos de sí mismos, pero ya se sabe que no. No sabemos qué  ha cambiado, lo más probables es que antes los mayores exageraran, es algo que se hacía con muchas cosas, pero nunca dijeron la razón; antes las cosas eran más tremendas, eso lo saben los mayores, y los niños eran todos sinceros. Ser sincero está bien, ser sincero es práctico, pero ser sincero no siempre hace buena persona al que lo es. Los borrachos también son sinceros, fíjese usted, pero la discusión sobre su bonhomía es más que encendida. También los hay enfermos que tampoco mienten jamás, y no son de fiar, menos que los borrachos, que solo dependen de una jaqueca y ya está. Las cosas son así aquí.

Lo de los niños es peor, decía, algunos adultos los creen solo cuando dicen cosas increíbles. Su sinceridad es insólita, es su privilegio. Por eso pasó lo que pasó en aquel pueblo. Los padres se alteraron algo, tampoco mucho, pero les dio que pensar. Los niños se reían, estaban contentos a pesar de todo, reían y aplaudían. Decían los niños que ese era su día, pero no podían salir de sus casas, tampoco sus padres. Se podía salir a algunas cosas, pocas y tristes, y ninguna de esas cosas eran los niños. A los niños no les importaba demasiado, pero los niños tienen varios días al año, y este día era uno de ellos, y nos los dejaban salir. Algunos padres lo sabían, y estaban tristes, pero otros no sabían nada de esos días porque no, porque ellos eran así. La amargura está muy mal repartida.

Los adultos estaban en sus cosas, como decía, y entonces escucharon aplausos, y risas de niños, y voces de asombro, y los mayores se asomaron y no vieron nada en la calle. Ellos, los mayores, si hubieran querido verlo no habrían podido, pero no lo sabían, ni tampoco importa, estaban en sus cosas de mayores. Pero escuchaban esas risas que algunos les sonaban de otras veces, de otros años, y oían saludos, y otras cosas más. Y así acabó el día.

-¿De qué os reíais esta mañana?

Los niños respondieron, todos, que de un burro que iba por la calle. Los padres les dijeron que eso no era posible, y los niños respondieron que ya sabían que no era posible, por eso aplaudieron cuando lo vieron pasar. Después algunos padres volvieron a sus cosas, más tristes que antes, pero otros oyeron decir a algunos niños, a los que les preguntaban por el burro, que por un momento parecía que a algunos mayores les interesaba saber cosas del burro que recorrió las calles del pueblo. En el pueblo no había burros, nunca los hubo.

-No es verdad, hay uno.

Los niños tenían razón, era el de la procesión, la que les gustaba a ellos.

-Pero ese burro es distinto.

Los niños dijeron que sí, que era distinto.

La mañana siguiente los mayores también comprobaron que sí, que el burro era distinto, pero ninguno sabía por qué había estiércol en la calle.

Los adultos no se atrevieron a preguntar nada más. Por si acaso.

Iván Robledo Ray

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