Cuentos de Cuarentena (XVIII): PINTORA

Ella era pintora, pero sus ojos no. Frente al lienzo veía a las personas tal y como hubieran sido si aquella circunstancia personal hubiera sido otra.

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De Picasso decían algunos, y ella también lo decía porque lo había escuchado, que pintaba como un niño, un niño pequeño se entiende, un niño que se supone que no sabe pintar aún. Si uno lo piensa verá que eso es algo difícil de saber, aunque también es cierto que ella nunca escuchó hablar de ningún niño que, al contrario, pintara como Picasso cuando este ya era adulto. Ella cree que las cosas del pintar son muy personales, es lo que cree cualquiera, y que sobre gustos está dicho que no hay nada escrito, pero eso es mentira, una mentira piadosa en realidad, poco pero piadosa. Ella es pintora, pero no es lo mismo pintar que ser pintora; tampoco es lo mismo ser poeta que escribir poesías, ni siquiera versos, eso es otra cosa. Ella era pintora, y además pintaba.

Pero también le pasaban cosas, otras cosas, la mayoría eran cosas normales pero otras no, y una de las cosas que le pasaba era una cosa del pintar.

-No se parece a mí.

Esto se lo decían al acabar cada retrato, se lo decían una y otra vez. En realidad sí se parecían, sus retratos sí se parecían a los que posaban, lo que ocurría era que los modelos esperaban otra cosa. Cuando veían otros cuadros suyos esperaban algo parecido, y el resultado nunca era el ansiado. Al principio no se sabía la razón, y algunos incluso se molestaron, pero esos eran los de siempre, ella lo sabía bien, eran los que iban a molestarse de todas formas. El resto no, el resto solo se extrañaba.

-No se parece a mí.

En realidad sí se parecía, eso lo pensaban después, pero casi siempre lo callaban porque la apreciaban. Miraban sus ojos y no los comprendían, pero la apreciaban.

A ella le pasaban cosas, esta era una de esas cosas, la cosa del pintar. Pintaba retratos y no se parecían a las personas a las que pintaba. Los rostros eran alegres, o tristes, o despistados, o imposibles, siempre hermosos, pero a veces no se parecían a la persona retratada.

-No lo entiendo. Sé que soy yo, pero no se parece a mí.

-Lo sé.

Ella era pintora y tenía esos ojos, le hubiera gustado explicar qué ocurría, pero era como explicar lo de sus ojos. O también explicar cómo miraba, que era casi lo mismo. Podía decirlo, contarlo, pero nadie lo entendería, tampoco ella, lo sabía pero no lo entendía, eso era lo que le pasaba. También conocía la verdad, la misma verdad que conocían las personas a las que pintaba, por eso decían que no se les parecía, y ella les deba la razón.

Casi nadie se llevaba a su casa el cuadro. Se lo llevaban, sí, pero no a su casa, se lo llevaban para que no lo viera nadie más. Las personas retratadas lloraban después, solas, y escondían el cuadro, o lo quemaban.

Ella era pintora, pero sus ojos no. Frente al lienzo veía a las personas tal y como hubieran sido si aquella circunstancia personal hubiera sido otra. Cada cual tenía su circunstancia personal, su decir sí, o no, hablar o callar, esa circunstancia solo la conocía la persona que posaba, y la vida que hubiera llevado esa persona la había transformado también en lo físico, también su faz. Ella era pintora, pero sus ojos no, y sus ojos solo veían el rostro de la persona que hubiera sido su modelo de no haber decidido lo que decidió en aquella ocasión, la que solo conocía la persona que posaba.

-No se parece a mí.

-Lo sé.

Pero a veces sí se parecía, o era más hermosa, y entonces ella, que era pintora, reía alegre toda la noche.

Iván Robledo Ray

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