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A río revuelto, ganancias de pescadores

Retrocedemos a pasos agigantados a aquella caverna de la que hablaba Platón, a la anulación de nuestra individualidad, a una época de oscurantismo.

Sentido frente a conocimiento. ¿Percibir o comprobar?

Tal como el poeta griego lo explicara en su República, el ser humano sin conocimiento solo percibe la parte de verdad o realidad a la que puede acceder. Si durante toda la vida se mantiene a alguien prisionero en una cueva, atados de pies y manos, no podrá imaginar nada distinto a esa situación, porque no la ha vivido. La imaginación en esto tiene su importancia, pero no todo el mundo hace uso de ella. Si durante toda la vida se le obliga a mirar a una pared donde se representa un juego de sombras y luces, no creerá que exista un paisaje distinto a aquello. De esa manera tan metafórica, Platón quiso explicar la diferencia entre la información que los sentidos nos ofrecen y el conocimiento de una realidad mucho más amplia.

El conocimiento para el ser humano es, como el fuego que Prometeo robó a los dioses para entregarlo a la humanidad, imprescindible e inestimable. De hecho, es tan valioso que desde siempre se ha querido reservar para los más privilegiados, para la élite, porque el que «conoce» tiene el camino iluminado para moverse con menos probabilidad de errar.

Lo peor de estar siempre encerrado en una cueva, en penumbras y con una visión reducida de la realidad, es que al salir la luz ciega y cuesta apreciar tanta información insospechada. Tan difícil es creer en lo nunca visto, que a veces hacen falta demostraciones para convencernos de que existe.

Hoy, volvemos a estar en la cueva.

La mirada no se enfoca en esa pared cavernosa cubierta de luces y sombras, hoy esa información viene en forma de pantalla táctil y nos ciegan por exceso de luz, que no de conocimiento fiable. Demasiada información que aturde, que nos desorienta, que nos manipula… Nuestros sentidos quedan sobrecargados de tantos estímulos que la mente padece un empacho del cual languidece y llega a enfermar. Y aparece el más temido de todos los males del espíritu, el señor don Miedo, con su halo de oscuridad terrorífica, con su voz potente y su seductor carácter persuasivo.

Él es el causante de una serie de consecuencias negativas que nos arrastran, y nos dejan sin voluntad. Él es quien consigue convertirse en líder de las emociones y se contagia y provoca reacciones que es muy difícil controlar. El miedo se enfunda guantes de acero y se convierte en un extorsionista instrumento de masas desplegada de mil maneras. ¿Qué debilita al miedo? ¿Cuál es el punto débil para acabar con él?

¿Quién mejor que un poeta para responder a esto? ¿Quién mejor que Lorca?

«Cultura porque solo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz. No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.

Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?»

Federico García Lorca. Fragmento del discurso de inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada). Septiembre de 1931.

La cultura, ¿qué sería de este mundo sin ella? ¡Defendámosla, difundámosla!

La cultura es esa gran madre que reúne a todos sus hijos a la mesa y les elogia y aplaude cada una de sus habilidades, esas que enriquecen al resto de los mortales, las que nos hacen llorar, soñar, disfrutar y engrandecer nuestra alma con el conocimiento que solo las artes nos ofrecen.

Espacio cultural Isamar Cabeza

Isamar Cabeza

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