Eso de que las cosas son como son y no hay más que hablar es algo que ayuda mucho a afrontar el día, es cierto, pero también es verdad que hay cosas que no siempre se comprenden bien a pesar de todo, como por ejemplo, que los años de bienes no sean años de nieves; al revés sí, no hace falta que se lo cuente, pero al derecho no, y eso da mucho que pensar si uno se lo propone. Se lo digo a propósito de todo lo que ha nevado, y no le cuento más porque usted es de aldea y sabe de qué le hablo, pero es que hablar de lo de las nevadas de cada año por estas fechas es como caerse en un túnel del tiempo mientras se recogen setas con navajita de las de siglas de sindicato.

Y es que he de confesarle que la nieve es una de esas cosas de las que uno lo ignora casi todo, que también es una forma de saber pero a lo tártaro; uno sabe que es un fenómeno meteorológico, aunque eso en realidad no es saber mucho si es que el saber es algo, pero uno es capaz de repetir cómo se forma, cuaja y cae la nieve porque lo escucha cada año por estas fechas a unas mil personas; aunque para ser sincero eso tampoco sea saber mucho si es que saber algo es saber que algo sirve para algo, porque de lo contrario no es saber (o es no saber nada), y con la nieve sabemos, señora, que no hay caso. Por eso uno cree que la belleza de la nieve es proporcional a la distancia o la ubicación desde la que uno la contempla caer o amoldarse, cosa que es fácil de entender a pesar de todo; y uno cree, en fin, que la nieve es hielo, pero quema, y no sabe por qué ocurre eso, sabe que hay una explicación de la ciencia y eso nos basta, saber que no es cosa de brujas (¡ni siquiera de meigas!) sino de la ciencia da mucho descanso.

Uno también sabe que la nieve puede ser muchas más cosas que nieve, tantas como cosas ignora. La nieve puede ser tantas cosas que no es posible saberlas todas, por eso es nieve, y es bella, y si es bella es verdad y no es solo cosa de un tipo que hace aforismos tontos. Si la nieve existe es porque somos, y si somos es para algo, que la nieve al caer, dicen, nos crea un mundo que nace de nuevo, y nuestra pisada es así la primera, porque es de cristal y, salvo usted, no hay cosa más bella que el vidrio sin mácula; las huellas primeras de la nieve nunca se borran, pueden derretirse, o marcharse el frío, o que lo que parezca, pero esa huella será para siempre porque para alguien, una vez, fue un camino de vuelta, que todos sabemos ir a algún lado pero volver por el mismo sitio es cosa de dioses.

Sabemos que la nieve es verdad porque vemos que se viste de blanco pero no es verdad, es solo física (la de la naturaleza) y química, (la nuestra, la suya de usted y la mía); la nieve se finge de blanco para que la sepamos y luego resbalemos al querer atraparla, y para que los niños comprendan que con las manos, si se sabe jugar, se puede crear vida, o un muñeco con la forma que siempre quiso tener ese muñeco, y darle su alma, que es el jugar con él, y reír juntos cuando se cae, y apenarte cuando se desprende un trozo de su alma porque se hace hielo, o bola que vuela, viajando, a otro juego, a otra vida.

Entonces viene todo lo demás, que es tener que dejar lo que soñamos y amamos, tener que abandonar lo que fuimos juntos, cuando debe volver a su ser lo creado y todo lo que se pierde, es el hombre que es poco y, si se lo propone, menos aún; el hombre que se cree algo, un golem en su delirio, un algo sólo porque hace sombre un rato pero al fin, como todo principio, acaba deformado y dejando su sitio a otro; la nieve se va y no vemos adónde, se derrite lo que somos, lo que nos hizo reír, jugar, y solo en el alma que conservamos aterida, en las manos ardientes y los ojos cristalinos, en la risa de niño permanecerá para siempre lo que una vez, con esa nieve, amamos porque fue parte de nosotros, fue nosotros entonces y ahora lo es para siempre.

Es como haber visto sus ojos fríos y, cuando llega el hielo, quemar. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora.

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