Francisco F. Micol

Los sirvientes de la cibernética

El progreso siempre resulta sugerente, no lo vamos a negar. De alumbrarnos con velas, candiles y quinqués, a disfrutar de la lámpara incandescente, y luego los tubos con gases, como el neón, hasta llegar a los diodos emisores de luz, lo último de nuestro presente.

Las mejoras en cualquier ámbito empiezan a ser necesidad y no precisamente un capricho o un lujo. Todo ello al servicio de nuestras necesidades, se comprende. En una reflexión más profunda, podemos observar cómo la cibernética (control y comunicación en el animal y en la máquina) empaña nuestro día a día muy peligrosamente.

De la comodidad al ocio pasivo hay un largo trecho, el mismo que existe entre la creación y el aniquilamiento de toda idea. Las máquinas no pueden pensar, tengámoslo en cuenta. Y mucho menos inventar. El término proviene del francés y a su vez del inglés, aunque su raíz nace del griego y significa, literalmente, arte de gobernar una nave.

Pero, repito, dicha nave no piensa, no suscita ideas, no puede comunicarse ni ostenta sentimiento alguno. Es una herramienta, como pueda ser el martillo, un destornillador, un lápiz, la goma de borrar o el rotulador para plasmar conceptos.

Leonardo da Vinci - Francesco Melzi, Portrait of Leonardo da Vinci, c. 1510

Leonardo da Vinci – Francesco Melzi, Portrait of Leonardo da Vinci, c. 1510

La denominada regulación automática fue el inicio de todo este proceso que hoy nos satura sobremanera. El ingenio puede comenzar con el propio Leonardo da Vinci, el genial visionario, entre otras muchas virtudes, que vaticinó la máquina para una mayor productividad en el ser humano.

Pero de nuevo, ninguna máquina aporta ideas a un campo específico. En la antigua Grecia del gran Homero, el timonel era denominado kybernetes, lo que Norbert Wiener tradujo como cybernetics, en español cibernética.

Automatismos que no piensan, que no son capaces de crear ni una simple idea loable. Son muchos los que creen precisamente lo contrario. Frente a la pantalla del ordenador encontramos a un gran número de esperanzados en accionar una tecla o secuencia de ellas que logren alzarle al grado de creador ya en un campo u otro.

Una sierra no tala árboles; el mejor revólver no es capaz de matar a nadie; el lápiz no escribe; la tinta no dibuja; los pomos y pinceles son incapaces de pintar un lienzo.

Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la Cibernética. Pero sentimos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo, y que no tenga otro remedio, para no perecer como ser humano, que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial encontrará un público afectado por el mismo veneno que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible –lo vaticinamos con la seguridad de que nunca oiremos ser desmentidos– que ese supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la tierra. Y que evitará, también dentro de lo posible, mortificar a sus oyentes con literatosis.

(Juan Carlos Onetti, «Reflexión literaria», Acción, Montevideo. 13 noviembre 1966).

Literatosis es un término inventado por el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, que remitía a una enfermedad propia de los jóvenes escritores cuando descubren su amor por la literatura y empiezan a leer de forma incansable.

Retrato del escritor Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Retrato del escritor Juan Carlos Onetti (1909-1994)

La esencia del arte se simplifica como un arrebato existencial más allá de la divergente realidad donde todos habitamos. Máquinas y resortes no crean nada, ayudan, si acaso, a plasmar una historia, a gozar de ella por el mero placer al escribirla y leerla.

Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café. Durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino. Todo lo demás es duración física, un poco fatigosa, virtud común a las tortugas, las encinas y los errores.

(Juan Carlos Onetti, alias Periquito el Aguador, Marcha n° 6. Montevideo. 28 julio 1939).

Con los pies en el suelo vemos el absurdo que nos circunda, y no es defecto propio o ajeno, sino el prisma empleado para tal fin. El amor por las letras no tiene nombre concreto; surge o no, sin afán de gloria, fama o dinero. Entre el caos y un hipotético orden brota la idea como una necesidad sinceramente inexplicable. Fragmentos de lo imprevisible se convierten en realidad y la transforman. Ese es el milagro. No hay otro.

Hay sólo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro de él. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos.

(Juan Carlos Onetti, alias Periquito el Aguador, Marcha n° 11. Montevideo 1 septiembre 1939).

Difícilmente podemos entender la cibernética como una modalidad del arte. Se puede pensar que merced a ella es posible matizar hasta la supina podredura un fragmento determinado, casi siempre imperfecto, disgustante, poco menos que mediocre. La inspiración es una excusa versátil que sirve por igual para justificar lo escrito como la pereza para escribir. Todo es cuestión de tiempo, siempre, sin prisas ni apresuramientos lamidos, con exención de las ideas por muy turbadoras que resulten.

"Mujer con Frutilla" obra perteneciente al fotógrafo Francisco Javier Tenllado

“Mujer con Frutilla” obra perteneciente al fotógrafo Francisco Javier Tenllado

Hace tiempo descubrí que no hay malas o buenas ideas, pero sí acertados desarrollos o lo contrario. Evocar a las musas puede resultar provechoso cuando nada hay mejor que hacer, pero el esfuerzo –que es amor– y la pasión –como instrumento– acuden a la cita puntualmente, a veces para un parágrafo o ni eso, otras se extiende hasta completar un capítulo, incluso varios.

La literatura no es un acto racional, a Dios gracias. Pretender explicar los cómos y algún por qué siempre resulta inútil y hasta ridículo. Todo cobra forma por sí mismo, sin grandes luchas ni esfuerzos, aportando, sin ser conscientes de ello, esa llama azulada o bermeja que nos traslada a nuestra realidad, exclusiva, tan personal como capaces seamos de olvidar el hecho mismo y cuánto tiempo dedicamos a ello.

Francisco F. Micol

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