Ensayo y Biografía

La narrativa a principios del siglo XXI

Un planteamiento generacional debe entenderse como el conjunto de personas que, habiendo nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adoptan una actitud en cierto modo común en el ámbito del pensamiento o de la creación.

En primera instancia, lo anterior pudiera parecer algo específico a tenor de otros grupos precursores motivados por las artes en general. Algo común, en cierto modo o manera, nos llega impuesto por la diversidad, casi innumerable, de sensaciones y sucesos que trascurren en nuestro derredor y modulan el basamento cultural del individuo.

Siempre con referencias pretéritas, ahora vemos que la generación a fecha del presente no parece tener un ámbito común en cualquier sentido; existe no ya la pluralidad, sino una inquietante divergencia que ensalza lo individual y cercena por completo el concepto de grupo.

Pero lo más curioso, aunque latente, es una idéntica inquietud compartida que si bien examinamos con detenimiento e imparcialidad, nos apandilla en todos los terrenos creativos. Podemos suponer que el romanticismo es algo marchito, que de igual modo sucede con el surrealismo o el dadaísmo, que la abstracción y el arte pop pertenecen al ayer.

Lo cierto, sin embargo, es que todos esos movimientos, todas esas puertas, nunca fueron cerradas; prosiguen abiertas para bien de muchos que aun sin saberlo acarician los manifiestos y sus ideales, bebiendo de todas las fuentes que pese a ser muchas, pueden concretarse en sus términos concretos, aunque de muy amplios horizontes.

Así, la destrucción nihilista (dadá) versus toda creación romántica (surrealismo), constituyen los ejes fundamentales de la actual narrativa. ¿Hemos inventado «algo» ciertamente nuevo? No, evidentemente. Sigmund Freud, al igual que Alfred Jarry y Jacques Vaché, como sucede con Guillaume Apollinaire, prosiguen en su atmósfera infaliblemente inusitada, ofreciendo desarrollos y estructuras realmente admirables.

Y todos ellos, en demostración de que nada hay nuevo bajo el sol, tomaron los ideales de Heráclito, el Marqués de Sade y Charles Fourier, entre otros. En la plástica, Hieronymus Bosch (El Bosco), centrándonos en las siempre innovadoras representaciones tales como El jardín de las delicias o El carro de heno avalan la post modernidad y nos sitúan en el actual contexto narrativo y por ende artístico.

El jardín de las delicias es una de las obras más conocidas del pintor holandés Hieronymus Bosch (el Bosco)

El jardín de las delicias es una de las obras más conocidas del pintor holandés Hieronymus Bosch (el Bosco)

Innovar debe entenderse como mudar o alterar algo, introduciendo novedades. De igual modo es posible aceptar el hecho de retornar algo a su estado anterior. Y esto, que puede parecer monótono, es mucho más de lo inicialmente previsto.

Son muchos los senderos recorridos el pasado siglo en el plano de la narrativa, y de igual modo, el gran ámbito del arte en todas sus novedosas manifestaciones. La honestidad creativa, empero, se ha visto muy lacerada por la vileza y mediocridad que hábilmente llegó a suplir lo dogmáticamente nuevo.

Y entonces, debemos asumir que todas las inquietudes narrativas nos asocian en el contenido aunque su forma resulte dispersa. La generación, sin año determinado por el momento, no se va a constituir por homenajear a don Luis de Góngora o alzarle un monumento a Jorge Manrique, es evidente. Sin embargo, podemos aseverar que las líneas argumentales (el contenido) nos aproximan a una genealogía compartida subjetivamente.

La denuncia sociológica es tema ancestral (Don Quijote), pero se agregan ingredientes que jamás antes fueron usados. Cambiar por cambiar es estúpido, sobre todo teniendo en consideración los muchos resortes que la narrativa nos ofrece en nuestro excelso español.

Manuel Salvador Carmona - Don Quijote

Manuel Salvador Carmona – Don Quijote

Con excesiva frecuencia nos encontramos algunas obras aisladas que presumen de ser extremadamente originales. Dicha singularidad versa en el empleo de un léxico desconocido para no contar absolutamente nada. Las estafas narrativas son cosa muy vieja que por desgracia se encuentran en todas la épocas.

Hemos de reconocer, a pesar de las muchas inmundicias editadas con una divulgación repulsiva, que la honestidad de los nuevos autores ha tornado los diversos géneros en un conjunto admirable de joyas literarias. De nombres desconocidos, sin que asomen la jeta en algún deplorable programa televisivo, son los que están haciendo, en silencio y con un rigor laudable, la narrativa de nuestro presente. Son relatos, cuentos y novelas; son poemarios y ensayos, creaciones aparentemente sencillas con un alcance inefable. La Historia bien nos demuestra que los genios del presente fueron ignotos de su época.

La nueva, o mejor, coetánea narrativa, respira una actualidad vislumbrada desde prismas individuales que aportan la verdadera magia a una historia. Si no consciente sí subconscientemente, los autores silenciosos, los honestos y sensatos, aquellos que no buscan la fama sino la dignidad en sus escritos, han sembrado una estética formal ciertamente inusitada, y esto a costa de insertar nuevos y magníficos recursos dentro de la disertación narrativa.

En junio del pasado año, tuve la grata fortuna de ser entrevistado para el Canal Amarante. Fue don Carlos de Tomás quien formuló una pregunta intensa y verdaderamente sustanciosa, cosa habitual en él. « ¿Qué echa de menos en el panorama actual de las letras? » Añoro, dije y digo ahora, el entusiasmo por la narrativa, ese fervor por contar historias que tanto conmovía a Juan Carlos Onetti. No es fácil hallar novedades, honestas claro, en las librerías. Por el contrario vemos a autores ensalzados a costa de la exasperante mercadotecnia que les envuelve como sinónimo de indiscutible mediocridad. Cabe preguntar si existe un contubernio de interés político (hoy todo es política, sin excepción) para encumbrar a los falsos profetas de las letras. Es evidente que sí, no nos llamemos a engaño. Y esto sucede a nivel mundial. En España, cómo no, bien podemos descubrir a los letárgicos autores que entre sus muchas bizarrías cuentan los plagios, el más repugnante acto que un autor puede cometer.

Como nubarrones que siempre terminan desvaneciéndose (no hay mal que cien años dure), restan los verdaderos artífices de la prosa actual, disipados porque lo malo hace mucho ruido y lo bueno, invariablemente, transcurre en silencio.

Esa generación aún sin fecha ni nombre, decía, está fluyendo entre las sombras por puro amor al arte, cosa que pocas veces encontramos en el contexto narrativo. Tropezar con falacias vacuas y estériles resulta demasiado fácil para cualquier lector que busque una dimensión realmente novedosa en el terreno de la narrativa y la poesía. Hay que bucear en espacios discretos donde se expenden libros para hallar perlas muy suculentas que sin duda constituyen la continuidad de las grandes generaciones predecesoras.

Innovadores por derecho propio, amantes de las artes, receptores del tumultuoso contexto social donde habitamos (de golpe tenemos todas las idiosincrasias reunidas en poco más de una pantalla), la egregia literatura se cuece día a día, noche tras noche, sin una propaganda estruendosa, algo que se comparte casi por igual con los autores del ayer.

Porque hay de cierto que la inclusión de técnicas insólitas para focalizar temas inexplorados o que sólo se han acariciado con vanidosa torpeza, están arrojando resultados ciertamente imprevistos y, por qué no decirlo, maravillosos. Los más grandes ríos de nuestro planeta tienen un inicio que no llega ni a humilde; apenas un charquito en la arena, protegido por solemnes árboles y pinceladas de verde junto a rocas y musgo. Luego se engrandecen hasta sorprendernos con su caudal inmenso. ¿Y no siempre fue así?

Quizá debamos lamentar la reiteración del proceso: de las más altas cotas al trágico silencio (es la ausencia atormentada, esa añoranza tan triste como espantosa) pero en compensación, la Historia vuelve a repetirse, obtenemos narraciones fascinantes escritas con una pulcritud y esmero más que plausibles.

El tiempo hace implacable justicia sobre todas las cosas. Hoy vemos que el escandaloso panorama tiene, como una moneda, dos caras. Por fortuna ya estamos viendo ambas.

Francisco F. Micol

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