Francisco F. Micol

“La muerte en Venecia” y su reprochable interpretación

Thomas Mann, (Lübeck, Imperio alemán, 6 de junio de 1875 – Zúrich, Suiza, 12 de agosto de 1955), ha sido mal, pésimamente interpretado, por esa ralea de pseudointelectuales que nunca supieron filosofía ni desde luego literatura. Para consuelo del tropezón, Mann no será el único en la Historia de la narrativa que sufre las deplorables consecuencias de una voz imbécil alentando a otras más estúpidas todavía.

Der Tod in Venedig (“La muerte en Venecia”), es una novela breve escrita por Mann en 1912. Dado su matiz de nouvelle, la lectura se realiza con excesiva facilidad, dejando los complejos resortes de la misma a una dudosa censura por parte de los necios lectores y no mucho después a la repugnante voz de críticos que fracasaron como autores.

Mann, ya digo, no será el único, por desgracia, malinterpretado por los colectivos que presumen de conocer su obra y hasta el perfil psicológico del genial autor.

Años después, Tierra de nadie, del no menos superlativo Juan Carlos Onetti, será condenada a la asquerosa consideración de primera novela larga del escritor uruguayo, «que toma prestada la técnica de la narrativa múltiple remedando, quizá, a la novela norteamericana». ¡Cuánto mejor estarían callados quienes no saben interpretar ni una noticia en los diarios!

La novela breve es uno de los géneros más fascinante de cuantos existen en el terreno de la prosa. Baltasar Gracián ya lo dice incansablemente: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». El problema estriba en que su contenido suele considerarse frugal por la exigua extensión del discurso.

El planteamiento de Mann al abordar La muerte en Venecia, constituye unos de los más grandes logros en la narrativa, y muy especialmente dentro del género novela breve. La sencillez, dice Marco Aurelio, es propia de la excelencia, de los grandes talentos.

El contexto elegido por Mann para afrontar sus maravillosos resortes trascendentales, no podría haber sido más acertado: la Venecia de 1911. Con peligrosa sencillez, ubica en tan glamuroso contexto a dos personajes que aún hoy continúan sin comprenderse acertadamente. Pero este escenario poético alberga a otro mucho más dinámico, pues el contraste entre ambos da título a la narración. Me refiero, para quienes no lo sepan, al excelso Hotel Lido, Gran Hotel des Bains.

Muerte en Venecia - vía Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Muerte_en_Venecia_(pel%C3%ADcula)

Muerte en Venecia – vía Wikipedia

Dos personajes foráneos; uno, el escritor Gustav von Aschenbach, destacado autor germano ya de madura edad que llega a Venecia buscando renovar la inspiración perdida, y el otro, un adolescente polaco de nombre Tadzio, dotado de una belleza extraordinaria, el cual termina convirtiéndose en objeto de silenciosa adoración para el escritor.

Los tontos, que abundan como la mala hierba, jamás podrán entender dos conceptos vitales expuestos por Mann de un modo alegórico: pureza y belleza.

Es difícil aprehender, con hache intercalada, estos conceptos, sobre todo cuando no se ha estudiado filosofía.

Pureza: cualidad de puro. Puro (cuarta acepción): casto, ajeno a la sensualidad; (quinta acepción): libre y exento de imperfecciones morales.

Belleza: cualidad de bello. Bello: que, por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por extensión, al espíritu.

Aschenbach se ha debatido toda su vida, repleta de adversidades y tragedias, entre ambos conceptos, llegando a enfrentarlos entre sí. La pregunta de Mann en boca de Gustav es si la pureza puede ser bella, porque la belleza mancilla, por norma, a la pureza. No es fácil, ¿verdad?

Para Peter Sloterdijk, ambos conceptos fluctúan en el alma de cada persona constituyendo una tortura que no cesa hasta la muerte. La pureza del alma es inmortal; la belleza, ya sabemos, sobradamente efímera. Pero la fugacidad del tiempo convierte en contrición todo aquello que fue hermoso y ha dejado de serlo.

Jorge Manrique nos lo recuerda en sus Coplas a la muerte de mi padre.

 (IX)

Dezidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
quando viene la vejez,
¿quál se para?
Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juuentud.
Todo se torna graueza
quando llega all arraual
de senectud.

Imperioso e inexorable. La belleza desaparece, se marchita, muere y de ella sólo nos resta el recuerdo de un recuerdo adulterado. Al examinar una fotografía realizada años atrás podemos comprobarlo. Aquella muchacha de lindos ojos y cabellos nos aparece ñoña, embutida aún en la infancia, supurando su cualidad de inocente. No se ajusta, ni por asomo, a la idea que de ella hemos ido renovando merced al mismo tiempo que la destruye. Ayer nos resultaba irresistible; hoy, años después, sólo logra suscitarnos lástima y conmiseración.

Cabe hacer una pregunta –es ineludible– para esos «sabios» que tanto saben e ignoran su propia ineptitud.

Gustav von Aschenbach inicia un enigmático juego de miradas convergentes en la figura del pubescente Tadzio. Y entonces, ¿por qué Tadzio escruta al escritor Aschenbach con el mismo fervor?

La aparente sencillez de tales gestos, dando lugar a una de las peores interpretaciones de los mismos en la Historia, parece no tener respuesta certera ni mucho menos específica. Podemos suponer, fortuitamente, que Aschenbach admira a Tadzio, se recrea mirándolo con la pudorosa fascinación que, al parecer, exigen las circunstancias. Pero nos resta explicar –cosa que nadie ha hecho– por qué Tadzio responde a tales observaciones dedicando las propias.

¿Qué descubre Aschenbach en Tadzio? ¿Pero qué fascinación le suscita a Tadzio la lacónica e hirsuta figura de Aschenbach?

La breve novela de Mann no habría de pasarle desapercibida a otro genio ítalo: el conde Luchino Visconti, inigualable director cinematográfico. Dedicado durante tres largos años al estudio y análisis de la obra, Visconti decide canjear, para una mejor comprensión del texto, la profesión de Gustav von Aschenbach, presentándolo como compositor.

El tema más latente y complejo de la obra no es precisamente ese inquietante intercambio de miradas que conjugan por igual Aschenbach y el joven Tadzio. Visconti, en su magistral interpretación de la novela, que tituló Muerte en Venecia, desgrana el contexto de Aschenbach y así mismo las circunstancias del púber Tadzio.

El profesor Gustav ha perdido a su hija y, se deduce, también a su encantadora esposa. Por otra parte, Tadzio es un huésped del Hotel Lido carente de padre; lo acompañan su madre, viuda (según la certera interpretación de Visconti), sus dos hermanas y la doncella.

La añoranza de la hija y una ausencia paterna harán más que cohesiva esa silenciosa admiración que surge entre Aschenbach y Tadzio, pues el primero vislumbra en el segundo la pureza muerta antes de tiempo.

Aschenbach ha ido caminando hasta la obsesión con dos temas que Mann conjuga en exclusiva, pues ningún autor anterior o posterior a bien tuvo proseguir en esos cauces de belleza y pureza, confrontándolas para lograr su lúcido discernimiento.

La pureza tampoco es imperecedera, pues la muerte se encarga de matarla y, a veces, demasiado pronto. Lo puro nos lleva a mirar el contexto divino, a los ángeles, a Dios. Y así, Tadzio se torna en un bellísimo querubín para el atormentado Aschenbach que durante toda su vida ha buscado la pureza relegando lo bello a sórdidos terrenos mundanos.

Poco antes de morir, el viejo profesor (según Visconti), el célebre escritor como lo describe Mann, resuelve las convergencias de pureza y belleza, concretadas en la angelical figura de Tadzio.

Muerte en Venecia - vía Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Muerte_en_Venecia_(pel%C3%ADcula)

Tadzio encarnado por Björn Andrésen en Muerte en Venecia – vía Wikipedia

Nos resta justificar –y desde luego no parece precisamente fácil– el proceder del jovencito Tadzio. ¿Por qué admira a ese hombre hosco, desaliñado y repelente?

Para Tadzio, Aschenbach es la pureza sin alamares. El escritor, el profesor, no presume de nada, se muestra tal cual es, acarreando su obsesión y así mismo la fatal enfermedad cardiovascular que será la encargada de destruirlo.

El Gran Hotel Lido se convierte en un ónfalo oclusivo para dos seres que se verán forzados a admirar lo que el uno para el otro representa. Así, la muerte, queda fuera de tal universo, vagando silenciosa por las callejas de Venecia, excusada por todos como una exageración desmesurada pese a los constantes avisos de la sanidad ciudadana.

No podemos dejar a un costado u otro las denominadas «costumbres de la época», esas que han confundido a tanto falso experto queriendo ver en ambos personajes, Aschenbach y Tadzio, un apropiado terreno para la homosexualidad.

La muerte en Venecia es un profundo y trascendental estudio de la pureza y la belleza, disímiles, embrolladas azarosamente en virtud de las percepciones sensoriales y los engranajes incomprensibles del alma.

Pureza, belleza y muerte. Quizá porque hay bastante de las dos primeras, aunque nos aterre reconocerlo, en la última.

Francisco F. Micol

1 reply »

  1. Señor Francisco F. Micol, referido a esta pequeña joya de la literatura que es “La muerte en Venecia”, pienso que tan erróneo es circunscribirla como una novela sobre la homosexualidad como intentar obviar que la atracción que siente el personaje central por el efebo va más allá de un sentimiento puro.
    Para Gustav, Tadzio representa la liberación. El autor (músico en la película) ha conseguido el éxito profesional gracias a la disciplina, a seguir unas normas estrictas. En su fuero interno, él repudia esas ataduras. Un saludo.

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