Esos odiosos libros

La sensación de modernidad en la que vivimos es lo que ha provocado que el mar, que antes era el lugar al que iban a dar los ríos que eran nuestras vidas, sea ahora el destino preferido de veraneo para mucha gente y no otra cosa, como el siempre fastidioso morir. No es fácil imaginar la razón pero es así, y tal vez debamos encontrar su causa en la incesante llamada de la madre naturaleza en su pulsión atávica por llevarnos de vuelta al lugar en el que, dicen, surgió la vida, por mucho que al probar el agua del grifo dudemos de ello.

Lo cierto es que llegada la hora los arenales se ponen a rebosar de buenas gentes con mejores intenciones, y por eso no se puede estar de acuerdo con aquellos a los que les molesta ver tamaña muchedumbre, y mucho menos conformes con aquel poeta que pedía colocar espejos en la arena para evitar que se formasen tantas aglomeraciones con las no siempre agradecidas carnes al aire. Sea como fuere, lo llamativo no es tanto el ambiente de pequeña gran ciudad en bañador que allí se vive, sino las repetidas liturgias que llevan a los habitantes de esas arenas a repetir las mismas conductas año tras año apenan dejan el torso o las pantorrillas al albur de las olas y sus brisas.

Y luego están las medusas, claro, y las algas y los libros gordos, que no deben confundirse con los libros voluminosos. Los libros gordos son uno de los grandes inventos del veraneo, como el selfie o los insecticidas, cuya función de matar bichos asume a veces muy a su pesar. Los libros gordos son esos que encontramos en las librerías de las estaciones de autobuses y de trenes de largo recorrido, que no en los aeropuertos que ahora son lugares demasiado populares, y son los libros que nos prometemos leer durante las vacaciones, pero no. Son esos que el que al regresar a la rutina quedan en la mesa de la cocina durante un tiempo, un mes o dos, hasta que comienza el colegio, y después pasan a la salita donde está el televisor, junto a las revistas, y es ahí donde se le acaba perdiendo la pista. Pero aunque él no lo sepa, para entonces el libro gordo habrá cumplido su misión del brazo primero, y de la bolsa de playa después, de su comprador. Porque para entonces tendrá sus esquinas graciosamente rizadas y en su interior, lejos de encontrar flores adheridas, con suerte hallaremos arena y la melancólica nota del último chiringuito con manchas de gaseosa. Si eso no es costumbrismo entonces es que no sabemos qué será el devenir.

Venía todo esto a cuento, o no, del recuerdo de ciertos libreros como personajes a quienes con dulcísima frecuencia los investimos de un romántico halo resaltando su innegable sabiduría, su mejor hacer y, sobre todo, sus sapientísimos consejos. Pero no hay librero capaz de superar en su magisterio al estante de libros con el que nos recibe o despide una estación de tren o de autobús. Es en esos lugares donde se muestra la pericia del lector virtuoso o vacacional, pues ahí es donde se forja su carácter y nuestro espíritu, en esa soledad de títulos apabullantes, autoras con reminiscencias de telefilm de sobremesa, de grandes y pequeños éxitos. Hasta que encontramos, como quien sí quiere la cosa, un libro único, acaso un clásico, tal vez un desconocido autor para nosotros del que jamás volveremos a separarnos. Las estanterías de aquellos bulliciosos lugares, con su asepsia entre revistas para el colesterol y recuerdos de nuestra estancia (lo de suvenires queda algo sesentero), son el refugio de esos libros gordos, pero también inesperados manantiales de bisutería literaria para ciertos paladares exquisitos. Cuando uno se encuentra ante esas estanterías giratorias de mal metal, recuerda que los libreros en realidad juegan con nosotros a la hora de recomendarnos lecturas. Lo hacen porque sí, como un juego cuyas reglas solo ellos parecen conocer procurándose un divertimento gremial y arcano, secreto y perverso. Se trata sin más de recomendarnos libros odiosos y estúpidos en ocasiones, libros que, por mucho que juren lo contrario, a ellos no les han gustado ni jamás recomendarían a alguien a quien quieran bien. Antes al contrario, se solazan con nuestra debilidad indicándonos tal o cual volumen a sabiendas de la maldad que están a cometer, entregándonos a buen precio un tostón para reírse después, a solas o en compañía de otros gamberros como él, del plomo que adquirimos encantados de conocernos llevándonos de propina alguna cita de viva o un marcapáginas evocador.

Nada de eso ocurre en las estanterías con prisas de las estaciones donde todo es azar y gallardía, donde nos jugamos el libro que nunca leeremos a una sola carta marcada, eligiéndolo al azar por el grueso de su lomo, sin vocecitas que nos aconsejen ni amistades que nos cuenten cuánto les está gustando el que están leyendo ahora, que es el mismo que hace seis meses. Entonces damos una vuelta, quizá dos, giramos la estantería y, esto es fundamental, cerramos los ojos para coger uno del montón con el secreto deseo de que el autor tenga un apellido ininteligible por si coincidimos con alguien conocido toalla con toalla en la arena. Todo lo demás, en fin, poco importa, que bien saben las editoriales que esos libros gordos para la playa nunca pasan de la página veinte, y nadie va a descubrir que las setecientas restantes son siempre la misma repetida una y otra vez.

No hay verano sin libro gordo sobre una toalla para que no se vuele. Pero por ventura tampoco hay verano sin segundo amor escondido tras las cañas en el que la seducción ya no se encuentra en observar a una mujer que lee, sino en contemplar a esa otra que mira a la que lee. O eso creo, usted sabrá.

Iván Robledo

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